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Tus Relatos y experiencias - Mi marido, mi cuñado y mi suegro Herramientas
Antiguo 26-jul-2017, 18:33   #301
adictoaellas
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Jodeeeerrrrrr que cosas te pasan!!
Las vacaciones prometen, que ganas de seguir leyéndote.

Un besazo guapa.
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Antiguo 26-jul-2017, 20:05   #302
elefant
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Al día siguiente, ayer, por la mañana, desayunamos todos juntos y sentí que nos íbamos acercando a lo que yo entiendo por una familia normal. Hablamos de nuestros respectivos trabajos, del pueblo y de la ciudad, de lo bien que habían quedado las obras… Y después los hombres se fueron al huerto y nosotras nos quedamos en la casa.

Ya sé que eso no parecen vacaciones pero es lo máximo a lo que podíamos aspirar. Y también entiendo que Juan necesita ver a su familia de vez en cuando. Y el huerto está en su apogeo, mucho que cosechar, y está bien que a Abelardo le ayuden sus hijos de vez en cuando.

Con Rosita nos entendimos muy bien y nos repartimos el trabajo de la casa. Me contó que ella había trabajado de masajista pero que lo había dejado al casarse. No me aclaró qué tipo de masajes daba ni cómo había conocido a mi suegro. A media mañana me dijo que había preparado un zumo fresco para los hombres y que si se lo podía llevar yo mientras ella se daba una ducha y empezaba a preparar la comida. No me pude negar, no tenía ninguna excusa clara que darle y salí al sol de julio.

Ir avanzando por el huerto, paso a paso, era como volver al pasado no tan lejano. Olía a tierra polvorienta, a hierba seca, a higuera, a tomatera y a hierbabuena. Se me hizo la boca agua. Por eso y porqué mi cuerpo recordaba muy bien todas las caricias y todo el placer que había sentido allí. Pero me propuse ser fuerte. No quería tener que salir corriendo de allí otra vez. Además, parecía que Abelardo ya tenía suficiente con Rosita.

Los hombres estaban arrancando cebollas y ligando manojos en una zona que tenía un poco de sombra gracias a unas acacias. Levantaron la cabeza, vieron que me acercaba y continuaron con el trabajo. Debía haber más de treinta grados en ese momento. Yo llevaba un vestido estampado, sin mangas, ni muy escotado, ni muy corto, ni muy ceñido. Pero por un momento me sentí desnuda a la vista de los tres. De hecho, los tres, sabían muy bien qué había debajo de mi vestido…

Me acerqué primero a Matías que en ese momento estaba cortando cordeles para atar las cebollas.

—Hola, Matías. ¿Quieres un poquito de zumo fresco que ha preparado Rosita? Lleva naranja, zanahoria y pepino –y le ofrecí la botella-termo. La tomó y bebió a morro, los tres iban a beber así. Eso me recordó el incidente de la noche anterior…

—Gracias, Elena. Elenita… Bonita camiseta la de anoche… -dijo Matías flojito, sin que los otros le oyeran.

Di un respingo. Así que él también me había visto. ¿Es que nadie dormía en esa casa? Bajé la mirada al suelo y tomé el termo de su mano sin decir nada.

Me fui para Juan, que bebió sin ni siquiera mirarme ni darme las gracias. No creo que estuviera enfadado conmigo, pero le debía resultar duro volver al trabajo del campo después de tantos meses y en pleno verano.

Seguí andando, pisando la tierra aterronada y escuchando a una cigarra cantar locamente. Mi suegro estaba a pleno sol, arrancando cebollas y aplanando la tierra con una azada. Tenía el torso desnudo, sudado, brillante. Poderoso. Apreté los dientes y le dije:

—Bebe un poco, Abelardo, que el calor aprieta.

El tomó el termo sin mirarme tampoco. Joder. Observé su cuello, como se ondulaba cada vez que tragaba un sorbo. Se bebió todo lo que quedaba pero no me devolvió la botella de inmediato. La retuvo en la mano y bajó la otra mano a su bragueta, hizo como que se rascaba los huevos. Sus hijos estaban de espaldas a nosotros. Su mano grande y abierta agarró todo su paquete, lo removió, lo apretó, sin quitarme los ojos de encima en ningún momento.

—Dile a Rosita que vendremos pronto a comer. Este solazo no hay quien lo soporte –yo me atraganté y tosí, por un momento me había quedado como hipnotizada. Fui a coger la botella, que al final sí que me la devolvía pero, cuando ya la tenía en la mano, él me agarró del brazo y me acercó más a él, entonces puso su otra mano sobre mi cara, la mano que había frotado sobre sus huevos y su polla. No me resistí. Vi por el rabillo del ojo que los otros dos seguían a lo suyo.

Su mano, enorme, encallecida, dura y caliente, sobre mí, haciéndome suya. Olía a cebolla, a macho, a semen y a sudor. Su dedo índice dibujó el contorno de mis labios y después entró en mi boca. Yo cerré los ojos.

—Mírame, Elenita, mírame –dijo mi suegro.

Y volví a abrir los ojos para ver su erección bajo la tela de los pantalones. Su dedo seguía penetrándome la boca. Se me escapó un gemido. Me aparté. Y salí andando rápido hacia la casa.

—¿Todo bien? –me dijo Rosita al llegar.
—Sí, se han bebido todo el zumo. Me ha dicho Abelardo que vendrán a comer pronto.
—¿Qué es eso? Tienes barro aquí en la comisura de los labios –dijo Rosita acercándose y limpiándome con el paño que llevaba en las manos.
—Me habré ensuciado sin querer, tocando los manojos de cebollas o qué sé yo…-dije con las mejillas encendidas.

Al cabo de una hora llegaron los hombres, agotados. Dijeron que comerían y dormirían la siesta. Que no saldrían otra vez hasta las seis de la tarde.

En la cocina no se estaba mal, la casa era más bien fresca, de paredes gruesas. Ellos comían con ganas, las pieles quemadas por el sol, oliendo a campo y a verano. Rosita parecía una muñequita de nieve al lado de mi suegro. Bromeamos, bebimos un poquito de vino y nos fuimos todos a dormir la siesta a nuestros respectivos dormitorios.
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Antiguo 27-jul-2017, 17:57   #303
LUDICO
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Que agradabilísima sorpresa encontrar que continuas este relato, a través del que entré en tu genial mundo de historias y morbo. Gracias por regalarnos esta inesperada continuación!
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Antiguo 28-jul-2017, 20:21   #304
elefant
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La habitación estaba en penumbra. Juan se desnudó del todo, se acostó boca arriba y al cabo de un momento ya estaba roncando. Yo me quité el vestido y el sujetador pero me dejé las braguitas de color rosa que llevaba ese día. El tío roncaba muy fuerte y me puse de espaldas a él, mirando hacia la pared, pero ahí estaba el dichoso agujero que nadie había tapado. Sin reflexionar, me levanté, me quité las bragas y las metí en el agujero, bloqueándolo, aunque no vi a nadie al otro lado, solo oscuridad. Me volví a acostar, pero no podía dormirme. De nuevo de espaldas a mi marido, pensando en si mi suegro y su mujer estarían durmiendo o no…

Al cabo de unos minutos Juan se despertó y se abrazó a mí. No era el mejor momento para hacer la cucharilla con ese calor, pero me dejé llevar. Me abrazó fuerte, pegando su cuerpo entero al mío, su polla dura entre mis nalgas, su glande a la entrada de mi vagina que quedaba ofrecida en esa postura. Su mano derecha buscó mis tetas, pellizcó mis pezones que se endurecieron rápidamente.

Apartó los cabellos de mi nuca y me mordió suavemente a la vez que presionaba con su pene, que me iba penetrando poco a poco, hasta entrar entero dentro de mí. Se quedó quieto. Yo apreté mis paredes vaginales, una vez, dos, tres veces… Hasta que él empezó a moverse, lentamente.

Empezamos a sudar y cada vez que Juan apartaba un poco su cuerpo y lo volvía a pegar a mí para metérmela hasta los huevos, sonaba en la habitación una serie de chasquidos de humedad. El cabello se me empezó a pegar en la frente, me corría el agua por entre las tetas, los muslos me resbalaban…

Juan bajó su mano de mis pechos a mi entrepierna. Estaba apretada, por la postura, por tener yo todo el culo echado hacia atrás para facilitar la penetración. Pero su dedo encontró el camino, se hundió al inicio de mi raja y localizó el clítoris, aprisionado entre la carne caliente y mojada. Empezó a masajearlo, en círculos, a la vez que sus caderas seguían guiando su polla dentro de mí, cada vez resbalando más.

Notaba su glande hinchado y suave, avanzando y retrocediendo, abriendo camino y dejando que se cerrara de nuevo, adelante y atrás. Su pene deslizándose dentro de mí como si tuviera vida propia. Y mi clítoris cada vez más duro y grande. Calor, sudor, mi saliva cayendo sobre la almohada y el tiempo entretenido jugando con el silencio.

Hasta que Juan clavó sus dientes en uno de mis omoplatos y aceleró su movimiento. Empezó a follarme duro y rápido a la vez que mantenía el capuchón de mi clítoris pellizcado con dos dedos. Comencé a gemir, casi a gritar, notaba que el orgasmo ya estaba naciendo en mí. Y en ese momento me di cuenta de que las bragas que yo había dejado metidas en el agujero estaban pasando a través de él, que había alguien al otro lado que estaba tirando de ellas. Quise parar a Juan, pero el entendió que le pedía más velocidad. Y aceleró. Y yo me iba a correr y sabía que alguien me iba a ver, no sé quién, pero me iba a ver como la perra ardiente que seguía siendo. No quería que me viera, quién fuera, pero el placer ya me estaba haciendo perder el norte. Grité y todo mi cuerpo se agitó en espasmos, el placer explotaba dentro de mi vagina y se expandía por todo mi ser, tomándome, convirtiéndome en un trozo de carne palpitante y entregada. Y Juan, gruñendo, se corrió dentro de mí al cabo de unos segundos.

Cerré los ojos, él ni siquiera retiró su pene de dentro de mí, jadeamos unos segundos más y nos quedamos dormidos.
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Antiguo 03-ago-2017, 19:21   #305
juanitotergal
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La habitación estaba en penumbra. Juan se desnudó del todo, se acostó boca arriba y al cabo de un momento ya estaba roncando. Yo me quité el vestido y el sujetador pero me dejé las braguitas de color rosa que llevaba ese día. El tío roncaba muy fuerte y me puse de espaldas a él, mirando hacia la pared, pero ahí estaba el dichoso agujero que nadie había tapado. Sin reflexionar, me levanté, me quité las bragas y las metí en el agujero, bloqueándolo, aunque no vi a nadie al otro lado, solo oscuridad. Me volví a acostar, pero no podía dormirme. De nuevo de espaldas a mi marido, pensando en si mi suegro y su mujer estarían durmiendo o no…

Al cabo de unos minutos Juan se despertó y se abrazó a mí. No era el mejor momento para hacer la cucharilla con ese calor, pero me dejé llevar. Me abrazó fuerte, pegando su cuerpo entero al mío, su polla dura entre mis nalgas, su glande a la entrada de mi vagina que quedaba ofrecida en esa postura. Su mano derecha buscó mis tetas, pellizcó mis pezones que se endurecieron rápidamente.

Apartó los cabellos de mi nuca y me mordió suavemente a la vez que presionaba con su pene, que me iba penetrando poco a poco, hasta entrar entero dentro de mí. Se quedó quieto. Yo apreté mis paredes vaginales, una vez, dos, tres veces… Hasta que él empezó a moverse, lentamente.

Empezamos a sudar y cada vez que Juan apartaba un poco su cuerpo y lo volvía a pegar a mí para metérmela hasta los huevos, sonaba en la habitación una serie de chasquidos de humedad. El cabello se me empezó a pegar en la frente, me corría el agua por entre las tetas, los muslos me resbalaban…

Juan bajó su mano de mis pechos a mi entrepierna. Estaba apretada, por la postura, por tener yo todo el culo echado hacia atrás para facilitar la penetración. Pero su dedo encontró el camino, se hundió al inicio de mi raja y localizó el clítoris, aprisionado entre la carne caliente y mojada. Empezó a masajearlo, en círculos, a la vez que sus caderas seguían guiando su polla dentro de mí, cada vez resbalando más.

Notaba su glande hinchado y suave, avanzando y retrocediendo, abriendo camino y dejando que se cerrara de nuevo, adelante y atrás. Su pene deslizándose dentro de mí como si tuviera vida propia. Y mi clítoris cada vez más duro y grande. Calor, sudor, mi saliva cayendo sobre la almohada y el tiempo entretenido jugando con el silencio.

Hasta que Juan clavó sus dientes en uno de mis omoplatos y aceleró su movimiento. Empezó a follarme duro y rápido a la vez que mantenía el capuchón de mi clítoris pellizcado con dos dedos. Comencé a gemir, casi a gritar, notaba que el orgasmo ya estaba naciendo en mí. Y en ese momento me di cuenta de que las bragas que yo había dejado metidas en el agujero estaban pasando a través de él, que había alguien al otro lado que estaba tirando de ellas. Quise parar a Juan, pero el entendió que le pedía más velocidad. Y aceleró. Y yo me iba a correr y sabía que alguien me iba a ver, no sé quién, pero me iba a ver como la perra ardiente que seguía siendo. No quería que me viera, quién fuera, pero el placer ya me estaba haciendo perder el norte. Grité y todo mi cuerpo se agitó en espasmos, el placer explotaba dentro de mi vagina y se expandía por todo mi ser, tomándome, convirtiéndome en un trozo de carne palpitante y entregada. Y Juan, gruñendo, se corrió dentro de mí al cabo de unos segundos.

Cerré los ojos, él ni siquiera retiró su pene de dentro de mí, jadeamos unos segundos más y nos quedamos dormidos.


Que forma de escribir!!!!! No me perderé ninguna entrega de este hilo.....
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Antiguo 04-ago-2017, 19:49   #306
elefant
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El domingo, que hubiéramos podido levantarnos un poco más tarde y los hombres descansar un poco, mi suegro propuso subir al Cerro de la Virgen porque dijo que había prometido que si las obras de la casa acababan bien, subiríamos todos a ponerle una vela a una virgencita pequeña que había dentro de una capillita.

Así que a las seis de la mañana, con las primeras luces del alba, estábamos los cinco caminando hacia el cerro. A esa hora aún no apretaba el calor y olía todo de maravilla. Nuestros pasos resonaban en el silencio del amanecer, esa hora en que los animales de la noche ya se han escondido y los del día aún se están desperezando. Todo quieto, parado… Y nuestros pasos resquebrajando la calma, como si todo fuera completamente nuevo y nosotros lo estrenáramos.

Al cabo de una hora y pico nos detuvimos a comer unas galletas y beber un poco de agua junto a una fuente que había al lado del camino. El agua salía tan fría que me dolieron los dientes. Me mojé la cara, los brazos, el escote… Mi suegro me miraba serio, yo hice como que no le veía. Todos nos habíamos vestido con ropa cómoda, pantalones cortos y camisetas. Pero tanto Rosita como yo nos habíamos puesto los pantalones apretadísimos, de esos que se llevan ahora, que se meten por la raja del culo y que marcan el coño. Ella llevaba una camiseta de tirantes de color rojo y la mía era parecida pero en blanco. Cuando me remojé en la fuente, se me mojó un poco la camiseta por delante pero como debajo estaba el sujetador, casi no se notaban los pezones, casi…

Rosita propuso que antes de emprender la marcha de nuevo fuéramos a mear detrás de unas matas, así que la acompañé. Se agachó delante de mí, se bajó los tejanitos y el tanga y empezó a mear tan tranquila. Yo estaba agachada delante de ella, a un par de metros, y no podía quitar ojo de ese coñito blanco, con los labios interiores rojo intenso, y ese chorro enorme que le salía y que caía entre los pies, formando un charquito. Me excité y no podía mear. Rosita se limpió con un pañuelo de papel, se levantó y se fue, me dijo que me esperaba en el camino. Tentada estuve de pasarme la mano por la raja y masturbarme. Me puso muy caliente la naturalidad con la que actuaba ella, como se había abierto de piernas, que le había visto hasta el agujero del coño.

Y en esas estaba, que aún no me había salido ni una gota de orina, cuando veo que las matas se mueven y a pocos metros de mí aparece mi suegro bajándose la cremallera de las bermudas. Él no me vio a mí, porque yo estaba agachada detrás de unas estepas, pero yo a él sí, le veía de rodillas para arriba. Vi como introducía su mano dentro de los pantalones, como rebuscaba, y como sacaba ese pollón enorme que tiene.

Yo seguía agachada, tragando saliva, que ya me empezaban a doler las piernas, con todo el coño abierto y sin mear. Observé el chorro que salía del pene de Abelardo, como cuando acabó se la sacudió y la volvió a guardar. Se le había puesto morcillona, le costó volverla a meter dentro y acomodarla. Después se fue.

No pude mear. Sentía el coño ardiendo, excitado, hinchado… Me levanté, me subí el tanga y los pantaloncitos y volví al camino, donde ellos ya habían empezado a andar de nuevo, los alcancé y seguimos nuestra caminata bajo la sombra de las encinas y los pinos. Mi suegro y su mujer iban de la mano. Juan y su hermano caminaban delante, hablando de fútbol. Y yo detrás de todos, con la costura de los pantalones apretándome el clítoris y dándome placer a cada paso. Me estaba mojando y el tanga era muy poca cosa para frenar mi flujo. Miré hacia abajo y vi la manchita de humedad entre mis piernas. Me sentí avergonzada y esperé que nadie se diera cuenta, o que si lo veían pensaran que era sudor.

Llegamos a la capillita hacia las diez de la mañana. Abelardo sacó una velita de su mochila y la encendió. La puso al lado de la figurita que no haría más de un palmo y que estaba pegada con cemento en una hornacina. Después nos comimos los bocadillos sentados sobre unas piedras.

Yo ya había olvidado mi mancha de humedad y me había sentado sobre una piedra enorme que me obligaba a separar las piernas. Estaba devorando mi bocadillo de tortilla de patatas y pimientos cuando me di cuenta de que mi suegro, sentado frente a mí, me miraba la entrepierna descaradamente. Bajé la vista, la mancha seguía allí y encima, con las piernas tan separadas, casi me asomaban los labios mayores por los lados de los diminutos pantalones. Salían algunos pelitos negros y rizados. Me sonrojé pero no me moví. Si lo hacía daría a entender que me había dado cuenta. Preferí disimular. Pero al cabo de un rato era mi cuñado el que me miraba la mancha, mis muslos separados…

Así que me levanté antes de acabar, hice como que tenía sed, busqué en mi mochila, saqué una botellita de agua, tomé un sorbo. Los tres hombres seguían mirando. Si me ponía de espaldas observaban los cachetes de mi culo que asomaban por debajo, si me daba la vuelta veían mi humedad… Rosita estaba entretenida con su bocadillo y además ella había tenido la precaución de sentarse con las piernas juntas y en una sombra un poco más intensa, un poco apartada de los demás. Su piel blanquísima era muy delicada, aunque antes de salir nos habíamos puesto todos protector solar.

No podía seguir comiendo. Se me habían endurecido los pezones y se marcaban en la camiseta, a pesar del sujetador. Guardé el trozo de bocata que me quedaba y volví delante de la capillita. Hice como que iba a rezar una oración.

—Ay, mi Elenita, pide por todos nosotros.

No me di la vuelta, seguí con la vista fija en la figura. Era la voz de mi suegro, muy pegado a mí, casi podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Yo me santigüé, me di la vuelta, dejé a mi suegro allí y volví con los demás.

—¿Volvemos? ¿Habéis acabado todos? Tendríamos que regresar antes de que el sol esté demasiado alto –dije intentando aparentar normalidad.

Y todos dijeron que sí, que volvíamos. Llegamos a casa para la hora de comer. Derrengados.
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Antiguo 05-ago-2017, 17:47   #307
tigre567
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Gracias por volver sigue
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Antiguo 08-ago-2017, 13:50   #308
TALONDELPIEAQUILES
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te esperaba
gracias por volver
zorrron
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Antiguo 12-ago-2017, 17:42   #309
elefant
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Ese domingo por la tarde la siesta fue una pura necesidad. Estábamos todos hechos polvo de la caminata. Fue un placer tumbarse en la cama, las sábanas frescas, el algodón crujiente. Y fuera el verano derramándose sin medida…

No sé cuánto tiempo dormí pero cuando me desperté Juan no estaba a mi lado. Había dormido completamente desnuda, me levanté, me puse un vestido encima y fui para la cocina. Había mucho silencio. Tenía sed, me serví agua y bebí ávidamente.

No sabía si los demás aún estaban durmiendo y dónde estaba Juan. Quizás había salido por la parte de atrás. Ahí daba la sombra y si corría el aire no se estaba mal. Al ir hacia ahí pasé por delante de las habitaciones de mi suegro y mi cuñado, ellos tampoco estaban. Qué raro…

Salí fuera y me senté en un banco que había arrimado a la pared. El vestido se me subió bastante y entonces recordé que no me había puesto ropa interior, pero como parecía que no había nadie, cerré los ojos y me desperecé, separé un poco más las piernas, noté el fresco del airecito en mi sexo húmedo del calor.

Bostecé y abrí de nuevo los ojos. Mi suegro estaba a unos cuatro metros de mí, de pie, mirándome fijamente, mirando entre mis piernas. Yo me quedé paralizada. No las cerré. Dirigí mi mirada al suelo y esperé la reprimenda. Pero no la hubo.

—¡Ya era hora, Elenita! ¡Anda que no has dormido! –dijo Abelardo sin quitar la vista de mi coño que ya se estaba humedeciendo muy a mi pesar. Él llevaba solo unos pantalones cortos de deporte, no parecía que hubiera calzoncillos debajo, se le marcaba el pene, grande, apetitoso. Cómo me odié por pensar eso, pero no lo podía evitar.

—Aaaaah, sí, es que me he cansado mucho esta mañana –dije yo con voz aún somnolienta.

—Los demás han ido al pueblo. A comprar helados y otras cosas para esta noche. A Rosita se le ha ocurrido hacer una cena especial –y sus ojos pasaron de mi coño a mis ojos y yo sentí que la piel se me ponía tirante y que me quemaba. Enrojecí. Y él se dio cuenta, pero no apartó la mirada.

Supuse que se habían ido los tres, mi marido, mi cuñado y Rosita, no me quedó muy claro. Y tampoco sabía si detrás de las palabras, aparentemente inocentes de Abelardo, había un mensaje escondido, de que estábamos solos, de que teníamos quizás una hora por delante, aunque yo no sabía si hacía mucho rato que se habían ido los otros.

—Te he echado mucho de menos durante este año, Elenita –dijo Abelardo con voz suave, acercándose un poquito más a mí.

Yo reaccioné y conseguí cerrar las piernas. Pero no tenía fuerzas para levantarme. Miré de nuevo hacia abajo y me di cuenta de lo mucho que se marcaban mis pezones duros bajo la tela de algodón. Enrojecí más, si es que eso era posible. Me sentía una niña traviesa, que se había portado mal, con lo que yo quería que todo saliera bien…

Mi suegro dio un paso más hacia mí, estaría a dos metros, su polla ya se marcaba descaradamente bajo la fina tela de los pantaloncillos. Estaba dura, grande, un cilindro enorme que hizo que se me llenara la boca de saliva. Pero mi cerebro seguía controlando. No podía derrumbarme. Tampoco sabía lo que el quería. Por mucho que se le endureciera el pene, quizás él también deseaba que fuéramos una familia normal.

—Yo también os he echado de menos, a ti y a Matías –dije con un hilo de voz. Puse a Matías en el mismo saco, para que quedara claro que hablaba de lazos familiares, de nada más.

—No deberías ir sin bragas por la casa –dijo mi suegro. Y en dos zancadas se plantó delante de mí, me cogió la cara con las dos manos y me apretó la cabeza sobre sus pantalones que estaban a punto de reventar.

Le olí, su aroma de hombre. Le sentí, el calor que desprendía. La tela tan finita no hacía sino remarcar las proporciones de su pene, incluso las venas. Lo sentía en mi mejilla y después en mis labios, que quedaron apretados sobre el tronco de la polla. Él me movió la cabeza, me restregó toda la cara por su paquete. Yo jadeaba, sentada, sentía que estaba mojando el banco.

Y entonces se oyó un coche a lo lejos. Los otros. Que volvían. Mi suegro no me apartó, al contrario, me hundió más la cara sobre su polla y sus huevos. Yo casi no podía respirar. Y lo peor es que me hubiera quedado horas en aquella posición.

—Qué puta eres…-dijo con una voz que delataba su deseo y a la vez su enojo.

Conseguí separarme de él, levantarme y correr a mi dormitorio. Un minuto más respirando el olor de la polla de mi suegro y me hubiera corrido.
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Antiguo 14-ago-2017, 17:31   #310
adictoaellas
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Joder Elenita!!
Es que es verdad, eres muy puta, te chorrea el coño por cualquier cosa.

PD: Hay alguna plaza vacante en tu familia??
Besos guapa!
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Antiguo 18-ago-2017, 10:29   #311
LUDICO
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Ay Elenita, Elenita, que morbosa historia y que bien nos la cuentas!!
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Antiguo 18-ago-2017, 14:41   #312
tigre567
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Como bien dice tu suegro eres una buena puta
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Antiguo 21-ago-2017, 10:19   #313
Madoz
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Tan deliciosa como puta.
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Antiguo 21-ago-2017, 18:51   #314
AnalTrainer
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llevo leyendo tu hilo unos días, excelentes relatos que acaban en una gran paja....
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Antiguo 23-ago-2017, 15:49   #315
elefant
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El lunes siguiente amaneció nublado y el bochorno era casi insoportable. Los hombres fueron al huerto igualmente y yo me quedé en casa con Rosita. Estuvimos limpiando y fregando en silencio. Esa chica no hablaba mucho. Se la veía alegre, satisfecha, pero mis intentos de entablar conversación se estrellaban contra sus monosílabos, que no sé si le salían de natural o habían sido aconsejados por mi suegro.

Al mediodía, el cielo negro amenazando lluvia, Rosita me pidió que fuera a llevarles a los hombres el zumito de rigor que había preparado ella. No me hacía mucha gracia, y menos después de lo que había pasado el día anterior con mi suegro, pero no me podía negar, yo era la invitada y no podía darle a la chica ninguna explicación plausible de porqué no quería ir al huerto.

Casi hubiera sido mejor que hiciera sol, el nivel de humedad era tan alto que solo dar cuatro pasos en el exterior y los cabellos se me pegaron a la nuca y el vestido finito de algodón al cuerpo. Sí que llevaba sujetador y bragas, que se transparentaban bajo la fina tela debido al sudor. Y encima ellos se habían ido al quinto pino. Tuve que andar unos diez minutos, el zumito se mantenía fresco pero yo parecía que estaba en una sauna.

Mi marido, mi cuñado y mi suegro estaban los tres con el torso desnudo, cavando, abriendo nuevas eras. Los tres se incorporaron y se me quedaron mirando mientras yo me acercaba. Sus ojos fijos en mi cuerpo, que temblaba a cada paso, mis tetas casi botando porque el terreno no era plano, mis caderas bamboleándose porque así soy yo, qué coño, cada uno anda a su manera.

Vinieron los tres a mí, me rodearon, podía sentir el calor de sus cuerpos, el olor a sudor del esfuerzo que estaban haciendo, sus torsos brillantes, sus miradas serias. No nos dijimos palabra. Es que me asusté. De que me rodearan. Juan me arrebató el termo de las manos y empezó a beber. Después se lo pasó a su hermano. Y por último a Abelardo. Pero ninguno se apartaba de mí. En círculo a mi alrededor. Yo estaba jadeando.

—Dile a Rosita que gracias, que estaba muy bueno –dijo mi suegro, como si yo no mereciera las gracias por hacer el puto esfuerzo de llegar hasta allí con esa calda, mientras la otra se había quedado preservando su blanquita piel.

En ese momento un relámpago nos deslumbró a los cuatro y el trueno que siguió fue como la llave que abrió la tormenta, que empezó a caer en forma de pequeñas gotas sobre nosotros. Pero ninguno de los tres hombres se movió. Los cuatro allí de pie, yo en el medio, y no se movían. Las gotas caían cada vez más grandes.

Mi marido se movió rápido, agachó un poco el cuerpo, me cogió el vestido por la parte de abajo de la falda y me lo quitó rápidamente por la cabeza.

—¡Eeeh, Juan, pero… ¿qué haces?! –grité yo. Mis bragas y mi sujetador, blancos, sencillos, se estaban empapando con la lluvia. Y ellos tres mirándome, moviéndose lentamente para poder mirarme por todos los lados. Bajé la cabeza. Mis pezones se marcaban descaradamente. Por efecto de la lluvia. Quedaría bien decir eso. Pero ya sabéis porqué era…

Juan deslizó una mano dentro de mis bragas y empezó a pasar sus dedos por mi raja.

—Uuuuuh esto resbala mucho, Elena –dijo mi marido. Y los tres hombres se rieron, mientras el agua nos seguía cayendo encima. No llovía a raudales, pero sí lo suficiente para empaparnos, para pegarnos el pelo a la cara, para hacer que yo viera borroso.

Se apretaron más contra mi cuerpo. La mano de Juan me masturbaba, me tocaba el clítoris, metía un par de dedos en mi coño, volvía al clítoris. Yo jadeaba. Mi cuñado me arremangó el sujetador, lo dejó bajo mi cuello. Mis tetas gordas tardaron dos segundos en relucir bajo la lluvia, mis pezones oscuros, me picaban, me dolían. Matías extendió las manos y sus dedos empezaron a pellizcarlos. Yo miré a Juan, parecía que no le importaba.

Mi suegro en ese momento estaba situado detrás de mí. Me apartó los cabellos de la nuca. Sentí su aliento y sus labios, sus dientes paseándose por mi piel. Y su mano grande y fuerte metiéndose por debajo de mis bragas, sobre mi culo, entre mis nalgas, uno de sus grandes dedos presionando mi ojete, empezando a penetrarlo…

Un nuevo relámpago y un trueno retumbando sobre nuestras cabezas. Y yo intentando pensar. Viendo como una vez más la situación se me iba de las manos. Diciéndome que lo que tenia que hacer era salir corriendo y volver a la casa. Intentar vivir esa normalidad que yo ansiaba. Pero ellos tres me acariciaban a la vez, me estaban haciendo perder la cabeza. Y lo que más me dolía era que a Juan le pareciera bien eso, que él estuviera de acuerdo en compartirme. Pensaba que habíamos dejado atrás todo eso.

Mi suegro me estaba metiendo un dedo entero en el culo, lo movía, lo sacaba y lo metía mientras dejaba que su aliento me quemara en la nuca. Mi cuñado me estaba retorciendo los pezones tan bien que hubiera podido correrme solo con eso. Y mi marido se estaba centrando en el clítoris, sabía hacerlo. Me flaqueaban las piernas. El agua de lluvia corría por toda mi piel… Abrí la boca, saqué un poquito la lengua, me relamí, me iba a correr de un momento a otro…

Y en ese momento apareció Rosita, a lo lejos, venía con un paraguas amarillo, por eso la vimos todos antes de que ella nos viera a nosotros. Los tres hombres se apartaron rápidamente de mí y caminaron hacia ella, de modo que me taparon mientras yo recogía el vestido y me lo ponía, no sin dificultades, porque estaba chorreando.

Mi suegro se fue bajo el mismo paraguas que su mujer. Mi cuñado tomó otro. Y Juan y yo fuimos bajo el tercero. Estábamos todos muy mojados pero por no hacerle el feo a Rosita nos cubrimos cuando ya no había nada seco en nuestros cuerpos.

—¿Qué ha pasado hace unos minutos, Juan? ¿Qué estábamos haciendo? –dije yo con voz trémula.
—Nada, absolutamente nada, no sé de qué me estás hablando –dijo él, que sujetaba el paraguas con una mano y la otra la tenía sobre mi hombro, agarrándome. Yo tenía esa mano muy cerca de la cara, olía a mí, a mi coño. Así que nada, no había ocurrido nada…
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Antiguo 25-ago-2017, 13:12   #316
Madoz
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La lluvia no mojaría tanto como tu entrepierna.
PUTA
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Antiguo 25-ago-2017, 13:42   #317
AnalTrainer
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mmm nuestra zorra ha vuelto
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Antiguo 26-ago-2017, 23:52   #318
soyde
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Leido....
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Antiguo 29-ago-2017, 17:53   #319
Madoz
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Antiguo 31-ago-2017, 14:10   #320
elefant
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Los siguientes días la vida continuó con normalidad. Estar en casa de mi suegro era eso. Una existencia sencilla, que podía llegar a parecer normal. Pero después estaban esos estallidos de lujuria. Que ocurrían en los momentos menos esperados. Que rompían el día a día en dos, que me arrastraban, que me recordaban que dentro de mí había otra mujer, por mucho que yo me empeñara en esconderla bajo capas y capas de gris monotonía, de pesada y tupida rutina…

—Qué bien entraba mi dedo en tu culo el otro día, Elenita –dijo mi suegro, como quien dice “qué bien te ha salido hoy el cocido”. Me sobresalté. Claro. Quién no. Estábamos los dos solos en la cocina. Los demás dormían la siesta. Yo me había levantado porque no me venía el sueño y me había ido a tomar un vaso de agua fresca. Él ya estaba allí cuando entré, pelando guisantes para la cena.

—Abelardo, no quiero problemas –dije yo con la mirada en el suelo. Iba en camiseta y bragas, pero la camiseta era larga y casi me tapaba las bragas del todo, casi… Se veía la entrepierna mojada, haciendo que el suave tejido se transparentara y se me notaran un poco los labios menores entre los mayores.

—Tráeme el aceite –me ordenó él. Y yo obedecí. Él estaba sentado junto a la mesa y yo le llevé una botellita que había rellenado esa misma mañana de otra garrafa más grande. Me quedé plantada delante de él. Sus manos grandes y fuertes pelaban hábilmente los guisantes. Su mirada concentrada en lo que hacía.

—Te estoy oliendo –dijo mascando las palabras. Apartó los guisantes.

—Ven, mi niña –y yo me acerqué más. Él estaba sentado en una silla, vestido con sus pantalones cortos y nada más. Se le notaba la polla debajo. Empecé a salivar.

—Bájame los pantalones –dijo mi suegro sin levantarse. Yo quería decirle que estábamos en la cocina, que todos los demás estaban durmiendo a pocos metros de nosotros, que aquello era una locura. Quería, quería… Lo que hice fue bajarle los pantalones, quitárselos del todo, y él continuó ahí sentado. Su polla dura del todo, entre sus piernas, señalando al techo, oscura, cruzada de venas, balanceándose ligeramente. Y yo salivando más, mucho más…

—Quítate las bragas –mi suegro ordenaba y yo obedecía. Mi cerebro aún luchaba por mantener la cordura, para suplicarme que saliera de la cocina, que me fuera al dormitorio con mi marido. Pero mi coño ganaba por goleada, mi coño quería quedarse y entregarse a mi suegro. Me las quité, mojadísimas. El olor de mi coño se esparció por la cocina.

—Date la vuelta –y mi suegro me cogió por los brazos, me sentó sobre su regazo, pero no de lado, sino completamente de espaldas a él, mi culo sentado sobre su polla, que quedó debajo, mis nalgas aguantándose sobre su pubis y sus ingles. La cucharita pero sentados en la silla. Entonces vi que cogía el aceite que me había pedido. Joder. Cómo no había caído… Le escuché untarse los dedos a mi espalda. Sentí sus manos separándome las nalgas, levantándome el culo, buscando mi ojete. Uno de sus dedos, resbaladizo, se hundió en mi culo, entero. Salió. Abelardo se echó un poco más de aceite y me penetró otra vez, un dedo, dos…

Yo llevaba la camiseta y aquello me hacía sentir más guarra aún, medio vestida, dejando que él me manipulara el ojete, sabiendo lo que iba a pasar a continuación.

—Si quieres mi polla, tómala –dijo mi suegro. Y se quedó quieto. Y la puta que hay en mí, la que ya conocemos todos, emergió. Apoyé bien los pies en el suelo, palpando cogí la polla de Abelardo (joder, qué caliente y qué dura, y qué grande…) y la dejé encarada con mi ojete. Entonces me fui dejando caer, poco a poco, el aceite facilitaba la penetración, pero costaba, me escocía, me dolía, me volvía loca de placer. Mis manos apoyadas en sus muslos, mi culo bajando y bajando, hasta que la tuve toda dentro.

—No olvides nunca, Elenita, que eres mía –dijo mi suegro, metiendo sus manos por debajo de mi camiseta, subiendo hasta mis tetas, agarrándolas fuerte, pellizcando los pezones. Y yo mordiéndome los labios para no gritar, para no jadear siquiera…

Empecé a moverme, empecé a follarme a mi suegro, sin verle la cara, de culo a él, haciendo que mi ojete resbalara alrededor de su pollón, subiendo y bajando. Él no se movía, dejaba que fuera yo la que me ensartara en su verga una y otra vez.

De mi boca caían hilos de saliva al suelo. Me ardía toda la piel y especialmente el culo, claro. Pero cada movimiento eran olas y olas de placer, de escalofríos caldosos que me recorrían entera. Empecé a gemir. No podía evitarlo. Entonces Abelardo me recogió la camiseta toda en la cabeza, me la envolvió con ella. Me imaginé la escena si alguien entraba. Los dos desnudos. Yo moviéndome como una perra sobre mi suegro, que debía estar viendo mi culo gordo temblando a cada embestida. Y mi cara tapada, toda la camiseta enrollada alrededor de mi cabeza, para sofocar mis gemidos de placer.

Sin previo aviso y sin salirse de mí, mi suegro se levantó, me empujó para que apoyara mis brazos sobre la mesa de la cocina. Y fue él quien a partir de ese momento empezó a moverse dentro de mí. Dándome duro, sin contemplaciones. Yo mordía la camiseta y lloraba a la vez. Él me agarraba de las caderas. Su polla cada vez entraba mejor en mi culo. Yo la sentía. Toda. Su glande terso. Sus venas hinchadas. Su tronco excepcionalmente gordo en la base.

Él también intentaba no hacer ruido. Por eso en la cocina solo se oía el roce lascivo de su carne en mi carne. El rugido ahogado de su pollón entrando en mi recto. El chasquido húmedo de mi coño cada vez que la polla de Abelardo lo comprimía al llenar mi culo. Y yo casi a oscuras, envuelta en la camiseta, percibiendo todo aún con más intensidad. Deseando que aquello no acabara nunca. Ofreciéndome. Abriéndome cada vez más.

Sin dejar de moverse, mi suegro pasó una mano aceitosa por mi entrepierna, mi clítoris se aplastó bajo sus dedos, volvió a ponerse en pie, endurecido, resbaladizo. Abelardo pasó de largo, pero luego volvió a él, cómo ignorarlo, tan gordito, tan duro, ahí en medio de ese charco… Le dio tres o cuatro golpecitos, lo pellizcó, me clavó la polla hasta los huevos y mi aullido traspasó la camiseta, las paredes de la cocina y la casa entera. Empecé a correrme como si fuera un juguete al que le habían dado cuerda y al que dejaban solo en el suelo, para que se moviera locamente. Me agitaba toda, y seguía gritando, y mi coño expulsaba flujo en cada espasmo y mi piel se ondulaba como si en vez de sangre corrieran gusanos por miss venas. Sentí que Abelardo también se corría. Pero él lo hizo en silencio. La vergüenza toda para mí. Eso aún me dio más estremecimientos de placer.

Cuando retiró su pene, llegó el dolor, poco, el escozor, bastante, más placer, más… Me incorporé, me puse bien la camiseta, tenía la cara completamente mojada de sudor, lágrimas y babas. Abelardo me miraba, completamente desnudo delante de mí. Joder, ese hombre parecía un dios griego esculpido en carne. Su polla seguía bastante dura, goteando, vibrando. No lo pude evitar, me arrodillé y me la metí en la boca. Él se dejó hacer, me miraba con ternura.

Se oyó una puerta, unos pasos. Joder. Yo había gritado… Pero no solté la polla de mi boca. En cuclillas sentía como el semen iba saliendo de mí.
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Antiguo 01-sep-2017, 16:11   #321
tigre567
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Elenita Elenita cada vez más putita
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Antiguo 01-sep-2017, 19:24   #322
elefant
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Elenita Elenita cada vez más putita
Yo diría que Abelardo supera a Elenita...
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Antiguo 02-sep-2017, 11:18   #323
escrota
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Yo diría que Abelardo supera a Elenita...
sí, el tal Abelardo es una cabrón del quince y por eso Elenita va detrás,

besos,
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Antiguo 05-sep-2017, 01:33   #324
TALONDELPIEAQUILES
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abelardo y elenita vaya parejita
abelardo el del nardo
elenita la putita
unas fotos de elenita solo por ver si es como me la imagino
gtracias elefant
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Antiguo 05-sep-2017, 01:37   #325
TALONDELPIEAQUILES
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se admiten apuestas
quien los sorprendera?
la mujer de abelardo ?
como reaccionara ?
le comera el coño a elenita ?

uuuuuuummmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm
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