Antiguo 16-abr-2017, 18:14   #1
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado La obra maestra (relato)

Algunos años atrás, aún casado con mi primera mujer -esto parece una historia de Woody Allen-, mi joven cuñada me traía por la calle de la amargura. Yo rondaba los treinta y ella veintipocos. Estaba como un tren de mercancías y era gélida como la sonrisa de un banquero. Me ponía a tope. No teníamos absolutamente nada en común. Yo quería hacerla jadear pero no quería serle infiel a mi chica... Con todo eso en la cabeza, surgió este relato, traviesamente escrito desde la perspectiva de ella, cuya escritura completa me costó varias pajas.

Si os animáis a leerla, espero que os depare un rato agradable, algunas fantasías excitantes y algún que otro orgasmo autoinducido.

En cualquier caso, gracias por el interés.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 18:27.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:14   #2
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Cuando mi amiga Clara perdió la virginidad su madre se enteró –mi amiga Clara siempre fue muy descuidada- y no tardó en tener con ella la dichosa charla temida por cualquier adolescente. En su caso, además, aderezada con una contundente regañina. “Hija, ten cuidado –le dijo-, porque el sexo puede ser más complicado de lo que parece”. Clara recordó para mí aquella frase y otras tantas, pero es ésa la que ahora me ronda la mente. Ella me lo dijo con una sonrisa sobrada, al tiempo que recordaba las maravillas de Pedro y la ausencia de complicaciones gracias a su pericia como amante. Hoy sé que mentía, porque he conocido a muy poca gente que hable de su primera vez en términos de “maravilla”, pero ya se sabe que a las buenas amigas se les perdona todo. Hoy pienso en esa frase de la madre de Clara porque por fin he entendido a qué se refería.

Cuando ocurrió aquello yo tenía dieciocho años. Sobrellevaba mis estudios en el instituto y me peleaba cada vez menos con mi hermana Isabel. Perdón, no lo he dicho, me llamo Irene. Mi hermano Enrique andaba de erasmus por Italia. Estudiando poco y ligando mucho, “que para eso se ha inventado lo de los erasmus”, que decía mi madre. Isabel, la mayor, tenía veinticuatro años y en aquella época estaba preparando oposiciones para profesora de Literatura; aún lo intenta. Salía con Silvio, un argentino de veintiséis, “aprendiz de todo y maestro de nada”, como lo definía mi padre. Había estudiado publicidad, luego hizo unos cursos de cine y acabó en algo de arte; pintura, escultura y todo eso. Era muy simpático y educado, bastante hippy, con su melena rubia, sus coloridas camisas y pantalones bombachos. A mi madre se la había ganado con la lengua, como a mi hermana. Perdón por la grosería; con el acento, quería decir. Y a mi padre, médico inflexible, le costó, pero qué remedio. Acabamos convenciendo a Silvio entre las tres para que hiciese el esfuerzo de fingir que le gustaba el fútbol y que, además, era del mismo equipo que él. Y funcionó.

En cuanto a mí, como digo, Silvio siempre me pareció majete. Era cariñoso, y siempre me daba la razón cuando discutía con mi hermana. Y nada más. No era para nada mi tipo. Para empezar, muy mayor para mí. Sí, había tíos guapos que salían en las pelis que tenían su edad, o incluso mayores, pero era un rollo diferente. Además, ese desaliño natural no me iba nada. No voy a negarlo, yo era una víctima de la moda de los pies a la cabeza.

Richy, Ricardo, sí que me gustaba. Era un compañero del instituto, repetidor, fuerte y con unos ojos verdes de infarto. No le daré vueltas al asunto: estaba bueno de morirse. Mis amigas me tenían una envidia que les corroía. Desde el día en que nos enrollamos en el cine –veíamos la última de Ryan Gosling- me mareaban a preguntas cada vez que se enteraban de que pasábamos un rato a solas. En el grupo había chicos guapos, no todos eran unos cayos, pero la verdad, como Richy, ninguno. Iba al gimnasio, y tenía unos músculos que me entraban calores pensando lo que podía hacer con ellos, y unos abdominales bien marcados que lucía con las camisetas ajustadas que se compraba. Porque además, tenía una cantidad de ropa que ya quería para mí. Creo que eso era lo que más rabia le daba a mis amigas, que yo saliese con un tío que en vez de refunfuñar cuando yo quería ir de tiendas, o quedarse fuera fumando, Richy me ponía por condición que, a cambio, había que ir también a ver unos pantalones o unos zapatos que él se quería comprar. Tenía mil conjuntos diferentes.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 19:19.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:15   #3
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Claro que si quiero ser sincera, creo que cuando a mis amigas de verdad se le descolgaba la boca de envidia realmente era cuando les describía los aspectos menos conocidos de Richy, como los casi diecinueve centímetros que guardaba bajo el pantalón –digo casi porque los medí varias veces y variaba-, o su capacidad para aguantar hasta que yo estuviese lista para terminar. ¡Amiga, eso sí que era babear de envidia!

Recuerdo todas estas cosas y sonrío al pensar lo absurdas que me parecen ahora. Es fantástico cómo una persona puede cambiar de pronto, como lo que creas real y certero puede cambiar como lo hace la noche con cada salida del sol. Pero para entender a lo que me refiero creo que debería explicar mi situación cuando aquello ocurrió.

Como decía, yo salía con Richy. Teníamos la enorme suerte de que sus padres tenían una casa en la sierra y los míos un apartamento en la playa, por lo que un fin de semana sí y otro también teníamos casa libre. Y eso, a los diecisiete… No sé si fui precoz en materia sexual. Si me comparo con mis amigas, desde luego que no, ¡pero si me comparo con mi madre…! A los trece años convencí a mi vecino, Jose, para que me explicase que era eso de “meneársela”, de lo que hablaban los chicos de mi clase. Yo ya lo sabía, pero sentía un agradable cosquilleo en cierto sitio al hablar del tema con Jose, y sobre todo cuando empezó a hablar, balbuceando y cada vez más colorado. Unos días después, tras terminar los deberes, le propuse que me enseñase lo suyo y yo a cambio le enseñaría lo mío. Lo hicimos. Y la verdad, aquel tubito esmirriado no me pareció gran cosa, aunque creo que más indiferente se quedó él con lo que vio. Ahora veo que con el sexo suele ocurrir siempre igual. Una alimenta unas expectativas que van engordando poco a poco, y cuando llega la hora de confirmarlas, la realidad no suele estar a la altura de lo imaginado.

En la piscina de mis primos, con uno amigo de ellos, en el camino cubierto que subía de la playa, fue mi primer beso en serio. Tendría yo quince. Él se lanzó muy en plan película y nos hicimos un poco de lío con las lenguas. Además, los bañadores húmedos nos jugaron una mala pasada a ambos, y tuvimos que esperar allí un rato, sonrojado él y aguantando la risa yo, hasta que estuvo en condiciones de reunirse de nuevo con el grupo. Aquella misma noche, muy guapo él con su camisa roja de lino, volvimos a intentarlo. Esta vez fue mejor, y le dejé probar a meter su mano bajo mi camiseta. Al principio fue emocionante, creo que más por el nerviosismo de la primera vez, pero después de notarle frotar mi pecho –solo uno- de forma mecánica, como si esperase ver salir al genio de la lámpara, aquello empezó a resultarme monótono, pesado y nada erótico.

Un par de meses después del veraneo cumplí los dieciséis, mi edad de iniciación sexual, si queremos llamarla así. Aquel otoño hice por primera vez trabajos manuales con un chico –conmigo lo harían más tarde-, Enrique, de la academia de inglés, con el que estuve saliendo unos meses. Él se lió con otra de la misma clase, una tal María, que tenía melones en vez de tetas, con los que los tíos a su paso meneaban la cabeza de un lado a otro como los perritos esos de los coches con un muelle por cuello. En primavera, con Rafa, el mejor amigo del rollete que tenía Clara –con el que… eso-, bueno, pues con Rafa probé por primera vez el sexo oral. Hacerlo, digo, porque yo no lo experimenté hasta más adelante -¿Por qué nosotras solemos estar más dispuestas a dar que ha recibir?-, y tengo que reconocer que sentí una cierta superioridad al hacerlo. Los chicos están todo el día pensando en ese “mini yo” que llevan con ellos, siempre hablando de él, siempre comprobando que sigue en su sitio… así que cuando tienes eso entre tus manos, y no digamos en tu boca, tienes cierta sensación de que controlas también a su dueño. Me gustaba pensar eso. Digamos que era parte de la tontería –muy profunda en mi caso- que se vive a esa edad.

Lo de hacer el amor no llegó hasta tiempo después, a punto de cumplir los diecisiete. ¿Qué puedo decir? Que me reafirmo en lo que antes dije. Cuando alguien me dice que su primera vez fue genial, no acabo de confiar en esa persona hasta descubrir si se trata de una mentirosa o bien ha tenido mucha suerte en la vida. A ver, aclaremos. A mí me gustó, disfruté, pero todo fue por el ambiente, la larga espera, la excitación, la sensación de ser mayor… ¿disfrute sexual? Ni de lejos. Ahora lo sé, porque ahora soy consciente del auténtico torrente de sensaciones que puede proporcionar la conexión sexual con otra persona, que va mucho –bastante- más allá de una torpe y desesperada búsqueda del orgasmo.

Ver a Richy desnudo me ponía a cien, pero verlo con su vaqueros blancos marcapaquetes y su camisa celeste a rallas, eso me ponía a mil. ¡Dios, que vulgar y chabacana era yo por aquel entonces! Richy era muy dulce conmigo. Me trataba con ternura al desnudarme, recorría con sus besos cada centímetro de mi piel, y a mi me encantaba corresponderle, y verle disfrutar con cada cosa que le hacía. Y además, su “mini yo” era bastante bonito para lo que suelen ser esas cosas. Yo era feliz con mi vida sexual, y mucho más cuando veía cada tío salido, insensible y caradura que tenían que aguantar mis amigas. Pero entonces no entendía que lo que hacía en realidad era como admirar la grandeza de una ciudad desde la octava planta de un edificio de treinta. Richy era guapo y bueno, pero seamos sinceros: no era mucho más que eso. Claro, que tampoco yo era Madame Curie. Después de hacer el amor, cuando reposaba mi cabeza sobre el robusto pecho de Richy y hacía interminables círculos con mi dedo alrededor de su pezón, pensaba que no podía haber nada mejor.
En su gimnasio, seguramente no.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 18:25.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:15   #4
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Esta historia ocurrió una tarde de finales de abril. Richy se había quedado en casa. Me dijo que estaba bastante mal con la alergia, pero en realidad creo que las cosas ya habían empezado a fallar entre nosotros. Yo tenía que devolverle a mi hermana una camisa que me había prestado para la fiesta de Nochevieja. Sí, cuatro meses, ya sé que soy bastante desastre. La necesitaba para no sé qué cosa del trabajo, así que fui a llevársela a casa. No estaba. Silvio me abrió la puerta.

Al contrario de lo que yo había supuesto, mis padres no presentaron ninguna objeción al hecho de que los dos se fueran a vivir juntos, así sin estar casados ni nada. La preocupación de mi padre era que, “bohemiadas aparte”, pudiesen vivir “como Dios manda”. Se esmeraron y lo consiguieron. A Silvio no se le cayeron los anillos por aceptar un empleo en un supermercado mientras mi hermana iba de traje de chaqueta a dar unas clases particulares de inglés a unos ejecutivos. Mi futuro cuñado –¿o ya lo era?- estaba obsesionado por aquel entonces con la pintura, y no quería emplearse en ninguna otra ocupación que “consumiese su capacidad creativa”. Me hacía gracia cuando decía cosas como aquwlla. Pero bueno, si era lo que quería, por mí, guay. No lo entendía, pero en fin. Había llegado a exponer un par de veces en la galería de una amiga, y logró vender varias obras, sin contar los lienzos que compró mi madre para la entrada de casa y para regalar a mi abuela. “¿Cuáles son los más pequeños, hija?”, le preguntó a mi hermana en la inauguración cuando Silvio andaba hablando con un periodista. “Pregunta mejor por los más baratos”, intervino mi padre.

Aquel día de la camisa fue la primera vez que estuve en el piso en el que vivían. Era un apartamento pequeño del centro, una buhardilla. Se las habían apañado para sacarle partido y resultaba bastante acogedor. Cocina, baño, y una sala en forma de ele que tenían repartida entre zona de estar y dormitorio. Para los dos era más que suficiente, sobre todo teniendo en cuenta que contaban también con una terraza bastante amplia, cubierta en buena parte, lo que suponía un espacio más, llamémoslo “multiusos”. Cuando llamé a la puesta fue Silvio quien abrió. Mi hermana le había advertido que comería con una amiga y después irían juntas a visitar a una compañera del colegio que acababa de tener un bebé. ¿Para eso tanta urgencia con la dichosa camisa?

Pero Silvio se había olvidado mi visita. Así me lo dijo, aunque yo lo había adivinado ya al ver su expresión de sorpresa. Me invitó a pasar y me dio dos besos con esa manera tan cariñosa que tenía de hacerlo, llevando su mano hasta mi cara y apoyando en ella la yema de sus dedos, como si le preocupase hacerme algún daño al besar una y otra mejilla.

Me preguntó qué tal me iba, cómo estaba Richy y ese tipo de cosas que uno, en realidad, puede seguir viviendo sin saber. Le respondí con la rutina de rigor y me lancé al interior. Estaba deseando ver la casa. Creo que siempre estamos deseando ver la primera casa de una hermana o una amiga, su primer hogar tras abandonar el nido, lo que sin duda confiere ya un estatus de vida propia por el que todas mis amigas estábamos suspirando.

Silvio ejerció de guía complaciente. Lo que más llamó mi atención fue aquel pequeño armario para los dos. Me moriría si tuviese que meter tan solo mis cosas en un hueco tan pequeño. Acabamos rápido. Dejó para el final la terraza, realmente era grande. Con el buen tiempo se podía permitir trabajar allí, dejar los lienzos al aire sin miedo a que se estropeasen. Allí, decía, trabajaba mejor, se inspiraba más. Y no había problemas de vecinos o mirones, dado que la ausencia de edificios cercanos –daba a una callejuela con una iglesia al otro lado- y la relativa altura ofrecían una apreciable intimidad. Tenía varias obras acabadas, apoyadas contra la pared. Eran, diría, tamaño medio; metro y medio por uno o algo así. Pero en la que estaba trabajando, ¡qué pasada! Podía medir como tres o cuatro metros de largo y cerca de dos de alto. Más grande que yo, desde luego.

Me di cuenta de pronto de que Silvio me estaba hablando, mientras enredaba en una destartalada mesa de trabajo donde tenía los pinceles, tubos de pintura, tarros con agua y disolvente y demás. Pero no sé qué me decía. Me había quedado embobada con aquel lienzo en el que estaba trabajando. No he ido a muchos museos –quiero decir que en aquella época no lo había hecho aún-, y desde luego ninguna pintura me había producido nunca ninguna reacción. Qué bonita o qué fea era el comentario más elaborado que podía haber hecho ante cualquier cuadro. Habría gente que podría perder el… que podría quedarse lela viendo una composición, pero a mí más allá de algo decorativo, no le veía el chiste. Hasta aquel día, claro, aquel día sí que me quedé lela.

Eran dos cuerpos desnudos, un hombre y una mujer, abrazados, entrelazados, casi fundidos. Dos cuerpos y un fondo de pinceladas en tonos cálidos de diversa intensidad: naranjas, rojos y amarillos. ¿Eso era lo que llamaban pasión? A mí, desde luego, me lo parecía. No era fuego lo que representaban esa gama cromática. Porque la visión del fuego siempre inquieta, y en cambio a mí me producía una gran placidez. Apenas se veían los rostros, y sin embargo llegué a sentir hasta un poco de vergüenza por estar mirando la escena, como si invadiese la intimidad de los amantes, como aquella vez que miré por la puerta entreabierta del cuarto de mis padres.

Silvio repitió mi nombre elevando el tono de voz. Dejé entonces a la pareja y me volví hacia él. Sonreía –Silvio siempre sonreía-, y me preguntó si me gustaba. Le dije que sí, mucho, tanto como nunca me había gustado un cuadro. Pensó que mentía, que lo hacía por cumplir. Y lo entiendo, es lo que yo hubiese hecho normalmente, pero aquella vez, como el cuento de Pedro y el lobo, aquella vez era verdad. Se acercó a mí y me agarró con cariño la cara para zarandearla con mimo, como se hace a los niños pequeños, que al fin y al cabo era como él debía verme, y me dijo que no tenía que andarme con cumplidos de cortesía. Pero le insistí. Porque era verdad: me gustaba, me emocionaba, me había dado como un pellizco por dentro. No, un pellizco, no; un escalofrío más bien, pero suave, como las yemas de sus dedos en mi cara. Y nunca había imaginado que contemplar una obra de arte pudiese producir un efecto físico en mí. Estaba algo desconcertada y fascinada a un tiempo. Casi como cuando advertí las primeras y por entonces inocentes “cosquillas” sexuales.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 18:24.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:15   #5
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Silvio levantó una ceja –lo recuerdo porque se puso muy gracioso- y recortó su sonrisa. Creo que le halagó mi sinceridad. Entonces dijo que a lo mejor me había ocurrido como a uno de la Biblia que se cayó del caballo y entonces empezó a creer en Dios. A lo mejor a partir de entonces empezaba a interesarme el arte. Yo sonreí y no contesté. La verdad es que me parecía una conversación un poco rara. Que me gustase aquel cuadro era una cosa, y que me fuese a convertir en una bohemia gafapasta o algo así, era muy diferente. Pero no podía quitar de mi cabeza el recuerdo de la primera impresión de aquella pintura que, aún a su lado, reclamaba mi atención con sus retales de color asaltando mi mirada de soslayo.

Silvio dijo entonces que el arte podía llegar a ser algo mágico y maravilloso, de un modo que yo, seguro, ni siquiera podía imaginar. No sé cómo me lo dijo, pero bajé la cabeza y creo que hasta me sonrojé. Me hablaba de arte, pero para mí fue como si hubiese dicho algo sobre mis pechos. Y no soy nada fácil de intimidar. Reconozco que estaba un poco desconcertada con aquellas nuevas sensaciones, y creo que él lo intuía.

Cogió un trapo de la mesa para limpiarse las manos y a continuación frotó una de ellas sobre la camiseta que llevaba, tan raída y llena de manchas de pintura como los vaqueros claros, que casi le cubrían por completo las sandalias de cuero. No era la primera vez que lo veía con ese aspecto, pero sí fue la primera que no pensé que debía cuidar un poco más su indumentaria. Debía llevar un par de días sin afeitar y tenía recogido el pelo en una pequeña coleta. Para mi gusto –entonces-, un guarro, pero ya digo que, aquel día, nada de eso parecía tener importancia.

Tras la mesa, encima de un taburete, tenía un viejo radio-cd, manchado de pintura hasta la antena. Subió el volumen. Sonaba una trompeta con un quejido que me transmitía tristeza, con un piano y una batería muy sutiles acompañando.

Silvio me miró un instante y vino hacia mí. Dijo que suponía que no me gustaría el jazz. Asentí con un gesto que al mismo tiempo casi quería resultar una disculpa. Entonces dijo que, más bien, ni siquiera habría escuchado nunca en serio algo de jazz para saber si me gustaba. Sonreí. Me tenía bien calada. Iba a resultar que con ese aire de indiferencia, se fijaba mucho más en mí y en mis cosas de lo que yo creía.

Vamos a probar una cosa, dijo entonces. ¿Confías en mí?, preguntó. Claro, respondí. Pues dame sólo tres minutos. Intenta olvidarte de todo, incluso de ti y de mí. Después, si te parece una tontería, te metes conmigo y yo me iré a llorar un rato, ¿trato hecho? Me reí, en parte porque me había hecho gracia, y en parte como acto reflejo para intentar ganar tiempo para pensar. ¿De qué estaba hablando?

Me cogió de los hombros e hizo una ligera presión para hacerme girar, poniéndome de cara al cuadro. Se colocó a mi espalda, manteniendo las manos sobre mí. Las bajó un poco hasta dejarlas sobre mis antebrazo.

Primero, dijo, mira el cuadro.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 18:24.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Visita nuestro sponsor
Antiguo 16-abr-2017, 18:16   #6
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Pero yo intenté girar mis ojos tanto como podía para ver a Silvio, cuyo aliento cálido me había hecho estremecer al notarlo por sorpresa acariciando mi oreja. Tenía su rostro junto al mío, a escasos centímetros, ligeramente atrás.

Y ahora, volvió a susurrar, sintonízate con la música.

¿Sintonízate? ¿Se suponía que íbamos a hacer algo en plan meditación zen o algo así? Silvio debió notar que no andaba muy metida en el juego y me recordó el trato: tres minutos entregada al asunto y después le daría mi opinión. Tenía, así que me concentré.

La trompeta continuaba con su melancólico relato. La melodía fluía despacio pero continua, como el agua brotando del caño de una vieja fuente centenaria. Pesé en la propuesta de Silvio y cerré los ojos para escucharla mejor. Al principio sólo era una trompeta, pero poco después estaba el lamento. Te cogía un pellizco en el corazón, casi me hace llorar. No sé por qué, pero llegué a sentir pena por el tipo que tocaba, y eso que ni siquiera sabía quién era. Debía de haberle ocurrido algo muy grave para estar tan triste.

Irene, abre los ojos.

Esta vez el susurro de Silvio fue aún más suave, y yo estaba tan afectada por la música que no me produjo impresión. Su voz fue como una mano que me guiaba, que me conducía a un mundo que ni siquiera podía imaginar.

Al abrir los ojos y encontrarme con la pareja del cuadro, mientras el hombre de la trompeta desgranaba su triste historia, fue como dar un salto en el espacio y en el tiempo, como hacían en la película Mary Poppins al meterse en el dibujo de un paisaje pintado en el suelo. Ya no estaba en casa de mi hermana, preocupada por si quedarían blusas de mi talla en las rebajas de una tienda de moda que quedaba cerca, sino en algún lugar impreciso, compartiendo toda la pasión del hombre y la mujer del cuadro, que se amaban con la rotundidad de todos los hombres y todas las mujeres.
Pensé que aquél era el secreto de su atractivo. Aquello no era una escena de amor vulgar. Eran El Hombre y La Mujer, haciendo uno de sus cuerpos para… no sé, para revitalizar cada día El Amor en el Universo.

Nunca se me dio bien filosofar. Pero desde luego era lo que sentía, algo total, completo, universal. Y la trompeta continuaba. Y me pareció que los cuerpos se movían, que los brazos subían y bajaban, como empujados con dulzura por la suave brisa con la que caen las hojas en otoño. También las piernas se agitaban, o eso me parecía, como si hombre y mujer luchasen por intentar fundirse aún más de lo que ya estaban, por ser ella él y él, ella; y los dos, uno mismo.

Entonces empecé a comprender al hombre que tocaba la trompeta. Seguro que a él le había ocurrido como a la pareja de la pintura. Había estado enamorado, probablemente aún lo estuviese. Quería tanto a la otra persona que necesitaba estar con ella. Y no me refiero a estar hablando, ni siquiera a estar haciendo el amor. Hablo de mucho más. Hablo de estar como en la lengua inglesa: estar para ser. To be or not to be. Hablo de amor de verdad, de sentir lo que siente la otra persona, de reír cuando es feliz y de llorar cuando siente dolor. Hablo de no poder respirar cuando el corazón siente que ya no están tan cerca el uno del otro, que ya los ojos sólo miran, que ya los dedos sólo tocan. El hombre de la trompeta contaba su triste historia, y creo que la pareja del cuadro la escuchaba, y creo que por eso se movían cada vez con más pasión, y por eso me pareció que los colores se volvían cada vez más y más intensos.

Porque la mujer y el hombre del cuadro no querían que les ocurriese como al trompetista. Ellos no querían que aquel fuego –ahora sí que me lo parecía- se apagase nunca.

Sentía tanta angustia por ellos que se me escapó una lágrima. Era maravilloso llegar a querer así a alguien, pero al mismo tiempo era muy triste la idea de llegar a perder a la persona amada. Resultaba desolador. La nada terrible.

Fue entonces cuando concluí que el amor, si era de verdad, debía ser siempre felicidad y tristeza. La clave estaba en saber mantener la balanza del lado apropiado.
El dedo de Silvio rescató la lágrima a mitad de su descenso y mi mente en medio de su divagación.

Lo siento, Irene. No quería que te pusieras triste. Me dijo aquello con otro susurro como si temiese despertarme con brusquedad de un sueño. No, no te preocupes, respondí.

No sabía cómo expresar mis sensaciones, pero era importante, muy importante para mí, que él supiera lo que ocurría. Ha sido… yo nunca…

Pero no tenía palabras.

Con sus manos aún en mis brazos, me mantuvo frente a la pintura. La melodía había cambiado, era un nuevo tema. Muy bonito, pero ya no era tan profundo.
No tienes que decirme nada, afirmó. Tu estremecimiento hace un segundo, el bello erizado de los brazos… Tu cuerpo me ha expresado lo que sentías mucho mejor de lo que podrías intentar con meras palabras.

Me giró y me miró fijamente, con una dulce expresión en el rostro. ¿Te has dado cuenta?, preguntó. A esto me refería antes cuando te hablaba del poder del arte, de su capacidad para provocar sensaciones absolutamente increíbles. Y como verás, no hablo sólo de pintura, sino de cualquier tipo de arte.

Aún siento en las piernas como si me acercasen un cable de alta tensión, igual que ocurrió entonces. Y también del mismo modo, también me asalta un pudoroso sentimiento de culpabilidad. Porque en aquel instante, por primera vez, sentí por Silvio una poderosa atracción sexual. No es que de pronto lo viese guapo. Todo lo físico, de pronto, me resultaba completamente ajeno. Era él, la situación, la conexión, su capacidad para descubrirme un mundo que me parecía imposible y que, intuía, podía llegar más allá.

Así que, no pude evitarlo. Imitando a la más vulgar de las Lolitas, me mordí el labio inferior y di un pequeño paso hasta que nuestros cuerpos casi se rozaron. También nuestros rostros estaban peligrosamente cerca. ¿Mi hermana? ¿Tenía una hermana? Una parte de mí clamaba por recuperar algo de sentido común, pero la otra parte hacía tiempo que había dejado de oír, de ver, de oler todo lo que no fuera Silvio.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html

Última edición por Hotwriter fecha: 16-abr-2017 a las 18:23.
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:17   #7
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Él inclinó la cabeza para mirarme. Me pareció bastante tranquilo dada la situación. ¿Me abrazaría y me besaría con pasión desenfrenada (que decían en las novelas que le gustaba leer a mi madre)? ¿Haríamos el amor sobre su mesa de trabajo arrojando al suelo pinturas y pinceles? ¡Qué ilusa! Si Silvio fuese tan vulgar como todo eso no estaría en aquel momento tan hechizada por su magia. ¿Y qué buscaba yo entonces, sorprenderle? Creo que adivinaba cada uno de mis gestos mucho antes de que yo llegase si quiera a planteármelo.

Es una situación complicada, ¿no crees, cuñadilla?

Cuando me dijo eso me disgustó fugazmente. ¿Resultaba ahora que yo era una niña? Pero cada una de sus palabras era tan certera como espontánea. Me dijo que se sentía muy alagado por aquella expresión de deseo que acababa de regalarle, y me preguntó si pensaba que merecía la pena que echásemos a perder nuestra buena relación por una tórrida aventura sexual que, más allá del orgasmo, quedaría en nada. Creo que era la primera vez en mi vida que hablaba de sexo como de una cuestión filosófica.

Me avergoncé por mi actuación, bastante, pero no me dio ocasión de disculparme.

No te sonrojes, no pasa nada. Eres muy bonita, y te quiero mucho, pero el sexo entre nosotros significaría mucho menos de lo que acaba de ocurrir. Bajé la mirada al escuchar esas palabras, y el me tomó de la barbilla y me obligó a atenderle. Vi en sus ojos algo que me fascinó, que mantenía vivo el hechizo a pesar de aquel traspié. De pronto, parecieron iluminarse.

¿Confías en mí?, me preguntó una vez más. Asentí. Dijo entonces que suponía que yo había tenido ya relaciones con chicos, ante lo que volví a hincar la cabeza.
¿Y sientes que disfrutas, disfrutar de verdad? Aquella pregunta me hizo enrojecer. Dudo que la aparición de mi padre en mi dormitorio en un momento íntimo me hubiese avergonzado más.

Naturalmente, no supe qué responder.

Haremos algo, me susurró al oído. Sólo te ruego que en el momento en el que te sientas incómoda, lo digas, y lo dejaremos. Pero será fundamental, como antes, que te olvides de todo y de todos, que no pienses en nada. Apaga la mente y deja que los sentidos tomen el control de tu cuerpo. ¿Quieres probar?

No lo pensé. Tampoco diré que estaba plenamente segura, pero hacía ya un buen rato que me sentía como la primera vez que fumé un cigarrillo de marihuana, unos pocos meses atrás: no tenía claro lo que estaba ocurriendo, pero era sorprendente y placentero. Y quería más.

Con una sonrisa pareció pedirme que le esperase allí, quieta. Se volvió y retiró la mesa de trabajo. Después, abrió un mueble de madera y sacó algunos botes de pinturas. Los dejó en el suelo. Fue hasta la radio, quitó el CD que estaba sonando y puso otro.

Una guitarra eléctrica de sonido afilado comenzó a volar sobre una batería algo destartalada. Enseguida otra guitarra y un bajo surgieron para acompañarles. Y finalmente, una voz que desgranaba las palabras como si se tratase de la propia guitarra. Tiró la caja del disco sobre la mesa y pude leer el nombre: Jimi Hendrix. Allí mismo, junto a la radio, Silvio se quitó la camiseta, sin dejar de mirarme, al tiempo que se descalzaba. Cuando cayeron los pantalones, su cuerpo quedó completamente desnudo, pero la expresión de su cara seguía siendo la de un joven que aguarda ante la puerta de su novia a que ésta terminase de arreglarse.

Su pecho no era demasiado belludo, ni su torso musculoso. Su tripa dibujaba una incipiente curva que aún no resultaba antiestética. Menos mal que pude controlarme, tal vez la música volvía a engancharme, porque la visión de su “miniyo”, tan pequeño y encogido como una almendra estuvo a punto de robarme una estúpida carcajada infantil. Y toda aquella situación estaba muy por encima de esa actitud.

Caminó hacia mí, y al pasar junto a la mesa cogió un trozo de tela aún sin ensuciar. Pasó a mi lado, con movimientos lentos, casi flotando sobre las notas de la guitarra, y me rodeó. De pronto vi aparecer el trozo de tela, que cayó ante mis ojos hasta descansar en mi pecho. Y un nuevo susurro. Puedes tocar, puedes acariciar, pero nada más.

La batería paró, También la guitarra rítmica, el bajo y la voz. Sólo estaba el fraseo de la guitarra, llenando de fuerza el aire con su trazado, arriba y abajo, como una abeja polinizando un campo de flores.

La tela entonces subió sobre mis ojos y ya no pude ver nada.

Jimi Hendrix cantaba de nuevo cuando Silvio pasó sus manos bajo mi blusa y comenzó a subirlas en contacto con mi piel, mientras iba plegando la prenda sobre sí misma. Levanté los brazos y la blusa cayó al suelo. Con una mano tocaba mi costado mientras con la otra soltaba el sujetador. Chico mañoso. ¿Qué había querido decir como eso de “pero nada más”? Me había dicho que nada de sexo, ¡pero lo tenía ante mí, desnudo, y dejándome en la misma situación!

Creo que nunca había bajado una cremallera con tanta lentitud como hizo él con la de mis pantalones. Eso me obligó a dejar de pensar, a no hacer nada. Estaba muy nerviosa. El corazón me iba a mil por hora. ¿Qué debía hacer? ¿Qué me iba a hacer? De nuevo estaba en otra cosa cuando me sentí desnuda por completo ante el novio de mi hermana. Y, ya sé que es una locura, pero juraría que al dejar a su vista mi pubis, su rostro se iluminó con otra de esas irresistibles sonrisas.

Confía en mí, dijo por tercera vez, y matizó: No te asustes ahora.

Un ruido raro, algo de plástico, y de pronto un frío inesperado me alcanzó el interior del muslo. Era su mano, pero empapada en algo que me extendía por la pierna en un masaje suave que comenzó a hacerme flaquear. En seguida, otra mano en la otra pierna. Arriba y abajo, hacia dentro y hacia fuera, en círculos y en elipsis. Y el frío de aquella materia viscosa pronto dejó paso a la calidez de sus palmas, que me quemaban a cada trazo que dibujaban sobre mi piel. Todo en un movimiento general que iba subiendo progresivamente.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 18:18   #8
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Fui consciente de repente de que tenía la boca abierta, de que casi jadeaba, pero no me importó. Aquello era increíble.

Hubo una breve pausa, y al instante note ese frescor, ya agradable, aferrado con energía a mis nalgas. ¿Aquello no era sexo? Me avergoncé al pensar en mi hermana, pero aquel remordimiento duró un suspiro. Otro. Y pasé a decirme que necesitaba quitarme la venda y lanzarme hacia el pequeño Silvio para jugar con él y hacerlo crecer. Pero esos no eran los planes del gran Silvio. Sus manos fueron subiendo por mi espalda, en los mismos movimientos suaves y calculados.

Era Silvio. O eran Silvios. Sus manos se movían con tanta presteza alrededor de mi cuerpo, acariciándolo, pasajeándolo, jugando muy suavemente con mis pezones, mi ombligo, los dedos de mis pies… No sabía si estaba de pie o echada, de día o de noche, él o yo, uno o muchos.

Y cuando ya me aproximaba a alcanzar otro estado de sensaciones, la venda cayó de pronto.

No podía verlo, estaba a mi espalda. Entre mis brazos y mi busto se colaron dos manos, manos cubiertas de trazos rojos, azules y amarillos, que se abrazaron con fuerza a mí y comenzaron a acariciar mis pechos, tiñéndolos de la misma de la misma variedad cromática.

Miraba hacia abajo y veía aquellas manos y mi cuerpo, todo un estallido de color. Más abajo, mi recortado bello púbico, aún en un aburrido tono natural.

Silvio me giró. ¿Estas bien?, preguntó. Sí, respondí. Sonrió y se agachó. Cuando se puso en pie llevaba varios tubos de pintura en las manos. Me hizo extender las mías y las colmó de pegotones. Es tu turno, dijo.

Dio un paso atrás, me sonrió y cerró los ojos. Relajó su cuerpo y me esperó.

Miré mis manos, y a Silvio a continuación. Y me lancé.

Comencé por su pecho. Al principio incluso me reí, me resultaba un poco ridículo, la verdad, lo que denotaba lo estúpida que era, dado lo que había disfrutado instantes antes. En cuanto hube extendido bien el movimiento de mis manos, el busto de Silvio se convirtió en un recital de color realmente atractivo. Más rojo, más amarillo, más azul… Baje la mirada, y no pude evitarlo. Agarré su pene, que ya no era tan pequeño, y Silvio mantuvo su plácida sonrisa. Empezaba a comprender. Lo masajeé, sólo un instante, hasta que noté un ligero brinco y su grosor comenzó a presionar mi mano cerrada. Silvio estuvo a punto de hablar pero esta vez yo me adelanté. Solté su pene y llevé un dedo a sus labios. ¡Sssh!, ¿confías en mí? Le dije.

Me entregué a recorrer todo su cuerpo, palmo a palmo, empezando por sus piernas, con aquellos muslos fuertes, y pasé a continuación a un trasero que descubrí mucho más firme de lo que imaginaba. Tras repasar bien su espalda, decidí terminar por la única parte aún no pintada a conciencia, pero al agacharme, su pene erecto, palpitante, ya me esperaba reclamando atención. Aun así, y sin querer sobrepasarme, introduje la mano bajo él entre sus piernas, y empapé bien sus testículos, suaves y colgones, en un amarillo de sol de domingo, ayudándome de un cuidado masaje.
Me asusté al ver que abría los ojos y me tomaba de los hombros para ponerme en pie. ¿Había hecho algo mal? No, sólo había llegado el turno de dar un nuevo paso.
Me hizo mirar el cuadro, y hablamos de las dos figuras que se hacían una, con todo el color alrededor. Ahora, me explicó, nosotros también nos haríamos uno, gracias al color.

Fue a un extremo de la terraza y empujó contra el suelo un viejo colchón, que cubrió con una vieja sábana que también empleaba para trabajar. Nos arrodillamos sobre el colchón. Tomó los tubos de pintura y llenó mis manos hasta que los colores las desbordaron, chorreando por cada apertura entre mis dedos. Hizo lo mismo con él, y para finalizar estrujó bien todos los tubos desde lo alto dejando que una catarata de color inundase nuestros cuerpos.

Nos miramos, sonreímos, y nos fundimos en un abrazo.

Las manos subían y bajaban. Pasaban del cuello a las piernas, de la espalda al pecho. La cara, la entrepierna. Permanecimos arrodillados apenas un par de minutos. Luego, cuando Jimi Hendrix estallaba en otro solo de guitarra, nos dejamos caer sobre el colchón.

En un momento dado pude cerrar los ojos y seguía viendo la pintura, sintiéndola. Cuando los abría, era maravilloso perderme entre aquellos brazos, aquellas piernas, que casi no podía identificar. ¿Suyos o míos? En verdad éramos un solo cuerpo, fundido por aquellos colores. Fue entonces cuando pensé que nos habíamos convertido en una obra de arte.

Y nos besamos. Nos besamos tan apasionadamente que juro que estuve a punto de tener un orgasmo. Pero fue mejor aún, porque la sensación de excitante cosquilleo previo se instaló en mi pubes, en mi estómago, en mi espina dorsal, y no me abandonaba. Entre caricia y masaje me crucé con su pene, rebosante de vitalidad, con el corazón de Silvio latiendo hasta el extremo de su cabeza. Lo agarré fuerte, y me excité tanto que me hice daño al morderme el labio. Necesitaba hacer algo con eso. Y Silvio debió intuirlo y, con dulzura, apartó mi mano y la llevó hacia su pecho. Era verdad, había unas reglas.

Con las irresistibles yemas de los dedos de Silvio de nuevo en mi muslo, cerca de mi sexo, y otra en mi cuello, jugando con mi lóbulo, noté que el cosquilleo que me invadía desde tiempo atrás se acrecentaba. El corazón se había disparado, me costaba respirar. ¡Más pintura! Necesitaba ver pintura saltar, empapar toda aquella terraza, el apartamento, el mundo entero. Me costaba respirar. No podía… Sentía… Silvio… la obra de arte… Sus manos cálidas, sus dedos expertos. Pintura en mi interior. Toda yo de un rojo intenso, revolviéndome con un temblor que se extendía por todo mi cuerpo.

Un gemido ahogado fue el colofón del mayor orgasmo que había tenido en mi vida y, por ahora, en lo que va de ella. No hubiese creído a nadie que me hubiese contado aquello. Silvio se había acercado un millón de veces a mi sexo, pero en ningún caso, ni por equivocación, había llegado a rozarlo. Y ahí estaba yo, temblando en sus brazos como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

Él no apartó su mirada de mi cara mientras gozaba de aquel instante infinito. No necesitó más para lograr un estado similar de placer, y de pronto, notando una de sus manos en mi cara y la otra en uno de mis pechos, alcancé a ver cómo todo su vigor contribuía a nuestra obra maestra con unas anárquicas y desbordantes pinceladas de un hermoso color blanco como las gotas de rocío de la mañana.

Caímos sobre el colchón enlazados en un abrazo, jadeando, confundidos nosotros con los amantes del cuadro.

Silvio y yo nunca volvimos a hacer nada parecido. Se casó con mi hermana y nuestra relación es fantástica. Gracias a él ahora escucho mucha música diferente y valoro cualquier tipo de arte en lo que vale. Pero, ¿sexo? Silvio me arruinó mi vida sexual. He conocido a varios chicos interesantes; guapos, buenos, todo eso. Pero para ellos, el sexo es lo que es. No se lo puedo reprochar, ni tampoco esperar otra cosa. Tal y como me advirtió Silvio, lo nuestro no fue sexo, sino una relación cósmica entre dos personas a través del arte; tan fantástica, tan placentera, que nuestros cuerpos acabaron estallando de placer.

Así que sigo sin más, como aquel trompetista con su melancólica melodía, esperando encontrar al protagonista de mi nueva obra maestra.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 16-abr-2017, 19:04   #9
CHARON
Moderador sección Relatos
 
Avatar de CHARON
 
Fecha de Ingreso: abr-2008
Ubicación: EN UN PENTAGRAMA
Mensajes: 22.230
Gracias 15.395 Veces en 7.799 Posts
Predeterminado Moderación...

Moderación... Moderación... Moderación...

Vamos a ver, en la segunda entrega de este relato haces referencia a que tenías 17 años... Corrígelo por favor; porque en caso contrario me veré obligado a cerrarte el relato, cosa que no me gustaría tener que hacer y que quiero evitar.

Te recuerdo que las normas del foro hacen expresa prohibición de hacer referencia a sexo con o de menores, aunque seamos nosotros mismos. Y como sabes no se alcanza la mayoría de edad hasta los 18.

Así que por favor corrige ese detalle... Y ante cualquier duda o pregunta dirígete a la moderación que gustosamente te ayudaremos.

Un saludo y gracias por tu colaboración...

Charón...
__________________
LA MUSICA ES LA FORMA DE LAS FORMAS.....


visita mi hilo: http://www.pajilleros.com/showthread...ferrerid205900
CHARON is offline   Citar -
Antiguo 16-abr-2017, 19:18   #10
Hotwriter
Pajillero
 
Fecha de Ingreso: mar-2017
Ubicación: Madrid
Mensajes: 39
Gracias 175 Veces en 30 Posts
Predeterminado

Sin problema, corregido. Aunque técnicamente no llega a haber sexo con ninguna persona menor de edad. Ni mayor. De hecho, ahí reside la clave del relato: en alcanzar el éxtasis sexual llegando al límite de exitación pero sin llegar a tener relaciones. Pero corregido queda para evitar conflictos. Muchas gracias por la advertencia.
__________________
Gustándome el sexo y escribir, hago lo que puedo para sobrevivir. Y éste es mi hilo: http://pajilleros.com/chicos/125699-...io-lengua.html
Hotwriter is offline   Citar -
El siguiente Usuario da las gracias a Hotwriter por este Post:
Antiguo 17-abr-2017, 14:02   #11
elefant
Dios Pajillero
 
Avatar de elefant
 
Fecha de Ingreso: dic-2012
Ubicación: Barcelona
Mensajes: 2.420
Gracias 4.240 Veces en 1.308 Posts
Predeterminado

Muy buen relato. ¡Felicidades!
__________________
Acaríciame las palabras
elefant is offline   Citar -