Antiguo 27-jul-2017, 07:15   #1
Konejota
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Predeterminado Relato A Mi Manera

Yo me había afiliado a esa WEB, como quien viaja a un país que no conoce y donde cualquier aventura era posible. Valoraba sobre todo la seguridad de que nada malo podría ocurrirme, y de que yo era la única responsable de cuanto sucediera y nada podía quitarme el control. Mi presunto amador no era, evidentemente, un hombre del montón, pues no en vano lo había elegido y se había dejado escoger entre miles de posibles aspirantes a los que algunos cursis llamaban mis favores.

Cuando entre una mujer y un hombre hay esa clase de intimidad y esa sensación de complicidad, que presagia la inminencia de lo sexual, el favor es mutuo y cada uno debe de ser honesto y entregar a cambio lo mejor que posea. Sólo se tiene sensación de buen negocio cuando lo que se entrega se compensa con lo que se recibe. Es lo único que no llego a justificar de las chicas de alquiler. Aunque no pongan su alma, me molesta que se les pague sólo con dinero. Un acto sexual entre dos seres humanos es, o debería ser, toda una ceremonia y como tal, contar con su propia liturgia. Cualquier cosa puede ayudar a esa unión, que para mí, debe estar siempre presidida por un sentimiento amoroso. Excretar semen por haberse masturbado con un cuerpo de mujer es siempre una insatisfactoria experiencia, propia, pero indigna de humanos. Sentir repeluco por el manoseo, lo mismo...

Mi ser había estado anhelando este momento, desde que logré hacerme a la idea de que debería dormir sola, y que podía usar la cama en los dos sentidos, sin obstáculos. Nunca más ya esas gotas de orina sobre el inodoro, o su tapa y el fresco olor mentolado de la espuma de afeitar. No era ya el tiempo de los desayunos en la cama, o la ducha compartida, pero no echaba de menos nada de todo aquello, porque había ganado a cambio algo de inconmensurable valor...

El hombre que había elegido para saborear un placer por largo tiempo anhelado, reunía para mí todos los requisitos, pues la relación cibernética había ido desvelando los más sutiles matices y nuestras personalidades, aunque fuertes, no chocarían por ser parecidas, sino que se complementarían, al neutralizarse sus diferencias. La mayor parte de la gente busca a la otra persona basándose en la coincidencia, pero ésta sólo debe ser en asuntos materiales, o intrascendentes y sin relación con la intimidad. Agua y viento mezclan muy bien...

Era viernes, lo cual aseguraba no encontrarse con un disfrutador compulsivo de fines de semana, pues un hombre interesante debe ser, a cierta edad, dueño de todos sus tiempos y no esperar a que ningún jefe le dé suelta, como se le da a un toro, antes de lidiarle. Tampoco queda muy "glamoroso" que te pregunte por la boca de metro más cercana, aunque esto es una exageración que nunca me ha ocurrido. A mí me gusta jugar en mi campo, pues así tengo constantemente la sensación de que nada escapará a mi control. Además, la presencia de la chica de servicio añade a las situaciones una nota que muchos se obstinan en llamar morbosa y yo califico sólo de picante... Mi muchacha es de una belleza natural y casi salvaje, pues sus rasgos de otras tierras lejanas, sus ojos almendrados y el tono de su piel, a pesar de su escasa altura, atraen las golosas miradas de cuantos hombres la contemplan y parecen soñar por un instante con palpar la turgencia insolente de sus pechos y lo rotundo del final de su espalda... Mi perrito ya no está conmigo y los peces azulados y amarillos del lago Malawi no consiguen atraer la atención más que los otros adornos africanos, que se mezclan con los bronces asiáticos. Hace un día de esos en que no reparamos en la temperatura, porque como la música de las buenas películas, no es ni demasiado alta, ni en exceso baja. Ayer estuve regalándome un masaje balínés con mi chica favorita de FUSIOM y mi piel está fragante y sensibilizada.

No recuerdo ya cuando han sido las manos de un hombre las que me han acariciado y mis zonas más íntimas han vuelto casi a ser de nuevo vírgenes, si es que no se han cerrado en falso. Me he puesto las mismas bragas que he estado usando para dormir toda la semana, pues creo que no hay mejor y más afrodisíaco aroma que el de los efluvios del sexo de una mujer, cuidadosa de su higiene y no es cosa de desperdiciar el innegable tirón y la inestimable ayuda de las "feromonas". Esto es algo que no suelen saber los amantes domingueros...

Unos jeans de chica antigua, o sea, desgastados y cortos, en vez de rotos y arrastrando y una camiseta blanca de algodón, sin sujetador, va a ser mi envoltorio para esta pequeña travesura, que tenemos programada. Mis senos han respondido de maravilla al tratamiento de una crema elaborada con un tipo especial de hierbas, que me recomendó mi amigo del herbolario y aunque el sostén no ha sido nunca prenda de mi devoción, su uso se me hace últimamente más innecesario y dos graciosos botoncitos hacen las veces de semáforo natural, pues llevo días sometiéndolos a la dulce tortura del cubito de hielo... El pelo lo llevo sujeto por una goma de "todo a cien" y mi calzado es regalo de una amiga americana, y se trata de unas sandalias tan ligeras que no se acuerda una de si las lleva, a no ser que mire de refilón su casi fosforescente color fucsia, que no "furcia", como gustaba decir mi ex.
Mi pelo huele a té verde y en el ambiente se empieza a dejar sentir la fragancia de los dos tipos de incienso, que guardo para estas ocasiones... La cara lavada y el rouge más tecnológico, junto a un leve toque de "pringue" de pestañas y lápiz de ojos, me han parecido suficientes. ¡Ah! Se me olvidaba mi mejor truquito: Un rociado de spray desodorante masculino en la axila derecha y otro femenino en la izquierda. El tipo de la barrera está ya avisado y a la exacta hora convenida, oigo el erotizante sonido de un motor germano de alta cilindrada, que ruge ante la puerta de mi jardín, mientras busco el mando a distancia, para permitirle a mi protagonista el paso de la segunda puerta. Por la ventana veo su Boxter azulado y me viene a la memoria la discusión en la que nos enzarzamos, mientras yo fingía no compartir las cualidades de la máquina, que le tenía tan encantado. Todo terminó con la risa que le produjo el que yo dijera que lo único bueno del modelo es que tenía el tubo en el centro, como los hombres...

Permito que toque el timbre y aparece por delante un pequeño ramo de rosas, rojas y azules, que le había retado a conseguir, cuando supo que me hechizaban... "Soy Pascal", dijo mientras tomaba delicadamente mi mano y hacía intención de llevarla a sus labios…

Él había sido puntual, con la exactitud de los caballeros con educación. Le sonreí con esa sonrisa taoísta, que tanto me había costado entender y aprender, hace ya años. Todo estaba bien y si no, no importaba nada, porque estábamos dispuestos a que lo estuviera de todas maneras. Yo soy perfeccionista por horóscopo y genética, por lo que cuando decido hacer algo, y este algo hoy era desvirtualizarme con un conocido, extraído de forma poco casual de un archivo de absolutos desconocidos, estaba dispuesta a montar las mejores escenas, en los más adecuados decorados, y con la protagonista lo más radiante y seductora posible. Los preámbulos son la mitad del gozo, y como decía el Principito, yo había estado disfrutando desde las diez, sabiendo que vendría a las doce. Le invité a traspasar el vestíbulo y comenzó a andar, sin separar los ojos de mí, mientras yo empezaba a reparar en su aspecto e indumentaria.

Mi compañero para esta ocasión era un hombre de aire maduro, con cabello y barba plateados, al estilo de un abogado que sale a veces en los coloquios de la TV, o también del ex-marido de una conocida vedette.

Llevaba una camisa de cuadros pequeños, un pantalón de algodón entonado y una cazadora de una piel muy fina. Calzaba unos mocasines con suela rara, o antideslizante, a juzgar por el ruido que hacían en el pavimento de mármol. Con un gesto, le indiqué que se sentase, de forma que no viera si alguien entraba. "¿Te apetece un vermouth?", le pregunté cómo siguiendo un clásico guión. Y él respondió: "Lo que tú tomes..." Hice un gesto a mi chica, que estaba discretamente observando y tenía instrucciones precisas. "Bueno, pues ya nos estamos conociendo. ¿Te apetece una zambullida? No hace mal tiempo hoy y la piscina está también templada". Ese también lo dejé caer con cierta picardía, pues no era en absoluto necesario. Me gustaba esa sensación de verle hacer las cosas que yo quisiera. "¿No habrás traído bañador? No importa, puedo dejarte algo. Bety: Acompaña al señor a cambiarse y dale esa prenda que he dejado sobre el arcón". La prenda en cuestión era un calzón corto de secado rápido y cintura muy elástica, que yo había supuesto perfecto para la ocasión, y en el aseo había cuidado de dejar unas sandalias japonesas unisexo y multitalla, entonadas al color violeta del short y una toalla jugando con todo, que él anudó a su cintura, a modo de pareo.
Yo ya estaba en el porche trasero, sentada en el "love seat" de teka, cuyo mecanismo de columpio, había cuidado de aceitar con unos toques de spray. Nos sentamos como dos amiguitos y mientras oscilábamos, nuestra conversación fue derivando hacia donde debía. "Es curioso. Eres exactamente como imaginé. Todavía no hay nada en tí que me sorprenda..." Los martinis estaban sobre la mesa en sus copas, cónicas y poco profundas y con sus aceitunas, rellena de Orfidal la suya y de nada la mía, ensartadas en unos palillos de Plus. Después de hablar unos minutos, hasta que surgiera la deseada naturalidad, pregunté: "¿Vamos al agua?" Sin más gestos, cogió mi mano y yo dejé caer el velo, que me había cubierto el pecho. Con un mohín pudoroso, empleé el antebrazo izquierdo para cubrir y sujetar mis senos, hasta que el agua los cubriera y me lancé de pie, mientras él buscaba la parte profunda, para tirarse de forma más deportiva. Dimos unas brazadas, yo con cuidado de no mojarme la cabeza y él con un estilo crawll, más que aceptable. Cuando emergía su rostro, con un movimiento un tanto equívoco, apartaba el cabello de sus ojos, después de haber sacudido con gracia su cabeza. Su cuerpo era proporcionado y no excesivamente musculoso, pero denotaba haber frecuentado gimnasios, o practicado algún deporte en su juventud, Tenía vello, pero no demasiado abundante, o así me pareció, pues debía ser fino y rubio. Solo entre sus pectorales parecía enmarañarse y notarse más.
Desde luego no estaba depilado y tenía una piel sonrosada, como de cochinillo segoviano, muy graciosa y apetecible, incluso a pesar de su aspecto crudo. Después de cansarnos y oxigenar los pulmones y una vez tomado aliento, se aproximó a mí y yo le ofrecí mis labios, colocándome perpendicular a él, con mi hombro rozando su esternón y cuidando de que el agua cubriera mis pechos a su vista. De reojo, contemplé a mi sirvienta, que no perdía detalle, y con una seña, le pedí que me acercara mi pareo. Yo había previsto un menú informal, para tomar tal cual estábamos y en el exterior. Mi bañador, aparentemente monopieza, era de color amarillo, o más bien azafrán y podía extenderse hasta adoptar el aspecto de un body con tirantes. Ensalada con gambas, ahumados, ostras, aguacate y frutas, con mucho jengibre y costillitas asadas con vino, soja y azúcar moreno. Vino blanco italiano ligeramente espumoso y un Ribera. De postre, copas de chocolate con ron, nata montada y ralladuras de fondant. Para la sobremesa, agua sin gas Glaciar de Eklutna y San Pellegrino, con su característico gas... La ligera brisa que sopla, hace sonar las diferentes campanas de viento, de cerámica y bambú, que cuelgan en ángulos estratégicos y los aspersores saltan, iniciando su trabajo, mientras nos mecemos y conversamos en el diván. Pronto los manjares afrodisíacos hacen su efecto y sin una palabra, nos dirigimos a la planta alta, no sin antes mostrarle el aseo, donde un set dental de algún hotel, invita a ser desprecintado y usado. En los altavoces suena un CD de REIKI, que parece marcar los tiempos de un masaje, o la duración de los besos, a los que nos entregamos con afición cómplice y con la luz tenue que filtran unas venecianas de madera, cuidadosamente graduadas... Una sensación de sueño nos invade y caemos en el lecho de mi cuarto, contrapuestos nuestros cuerpos en una especie de yin yang ... No faltará quien encuentre absurdo posponer el encuentro de sexo recreativo, para después de una voluntaria y apetecida siesta, pero el caso es que sin apenas ponernos de acuerdo y en la confianza de un prometedor despertar, seguido de una sensual y placentera velada, nuestros cuerpos cayeron en un éxtasis, similar al de los niños la Noche de Reyes, aunque seguramente y a diferencia de ellos, propiciado por las libaciones, más que por la ilusión… De todos modos, el orden lógico de la satisfacción de necesidades, es para mí, el que había someramente programado. Comer con la persona de tu agrado, beber y dormir junto a ella, no me parecía nada disparatado. El caso era no quemar las etapas, como acuciados por las prisas y por supuesto incurrir en escarceos apresurados de adolescentes con las hormonas desbordadas.
Yo, más que dormir, me limité a sumirme en el nivel mental alfa, como muchos años antes aprendiera en un famoso curso y desde el que habría de ir visualizando, en una especie de programación ensayada, lo que iba a suceder inevitablemente después. Con aparente pero calculado descaro me apliqué a palpar el arma amistosa de estas batallas y con movimientos certeros, en pocos instantes y sin brusquedades, la tuve en mi mano, como se sujeta a un pájaro. Si él se dio cuenta, nunca lo voy a saber, pero el caso es que se comportó como todos los hombres, a los que se les saca el farmacéutico a la puerta de la farmacia. No solo no mostró oposición alguna, sino que el muy pillo, fingió seguir durmiendo, o eso me pareció. Nunca dejará de maravillarme, desde el punto de vista biónico, el perfecto diseño del pene humano, perfectamente conformado para el placer de la hembra de su especie. Me cuesta trabajo pensar en las partidarias de la zoofilia equina, introduciendo en sus vaginas instrumentos que la naturaleza reserva a las yeguas y así con todas las especies animales, pues cada cosa es para lo suyo.

Siempre me hizo sonreír la amistosa apariencia de la parte del cuerpo que incluso cambia de tamaño y dureza paulatinamente, para no asustar a la receptora. Con un ligero toque de índice y pulgar, remangué la piel de feo nombre ‒prepucio- que quedó retenida detrás del anillo que el precioso glande tiene a tal efecto. Ignoro por falta de experiencia, si el funcionamiento del hermano menor es automático y autónomo de la voluntad del sujeto y capaz por tanto de ponerse terso con el hombre dormido, pero mi juguete estaba reaccionando y ya me servía incluso para tomarle el pulso. Acerqué mis labios y lo introduje suavemente en la boca, sintiendo esa textura única de los lichis chinos, que a veces había comentado entre risas con alguna amiga. Estamos hablando de la piel más fina del cuerpo. No quiero pensar en como sería una penetración, si el tejido exterior del pene, se pareciera a la piel de un tiburón…Ayyy

Con un reflejo instintivo, le prodigué un movimiento circular a mi lengua y restregué la saliva en la mano izquierda, para no apreciar el primer sabor, que rara vez es bueno. Luego y con delicadeza entrenada en piruletas esféricas de marca que no cito, para no hacer propaganda, lamí y chupé aquel capullo, que parece hecho para servir de golosina y que por otro prodigio de la adaptación, presenta su parte más sensible, que es la inserción de su capuchón, a la parte más sensible de la lengua.

Me entretuve con delectación en ese peculiar lavado de cabecita, observando el agradecimiento del llamado pincel del amor, pues se fue endureciendo y cambiando de color hasta un tono casi como de uva tinta y ya le quedaba pequeña la protección que la naturaleza había proporcionado a tan delicado instrumento y que algunos insensatos, estropean con la llamada circuncisión, que convierte a la parte más sensible del cuerpo en una morcilla de Burgos, con el pretexto de la higiene. El mandato bíblico se refería a sitios donde no abundaba el agua y no se podía dedicar a limpiar las cosas de jugar. Es como raparse el pelo, para evitar el champú y los piojos. Bien es verdad que la autofelación que puede hacer un perro, le resulta imposible a un humano, aunque hay contorsionistas capaces de efectuarla. No sé el tiempo que estuve haciendo de ternerita, pero cuando se avecinaba el tsunami lácteo, anunciado por unas convulsiones de fácil apreciación, lo recogí en mis manos y me apresuré a aplicármelo en la piel del cuello, que dicen que es la que antes envejece y agradece mucho este tipo de crema. Desde el día que en mi adolescencia me estrené saboreando un "orgasmo", como decía una compañera un poco despistada, entre acción y resultado, no volví a dejar que mis papilas sintieran ese sabor y olor a lejía, capaz de restar toda gracia, a una caricia total… Ni que decir tiene, que antes de todo este desenlace, mi compañero ya se había despertado, o había dejado de fingir estar dormido y había enredado su barba en el escaso vello de mi pubis, para devolver mi caricia, o corresponder a mi atención, sorbiendo y dando lengüetazos al capuchón de mi clítoris y zonas colaterales, mientras con evidente experiencia y las uñas bien cortadas, había hecho conmigo, como con un paquete de seis cervezas. Metiendo dos deditos por un agujero y uno por el otro… que quizás para eso y siguiendo con el diseño, están a la precisa distancia.

Mi primer orgasmo, fue desatrancador. Quería reír, llorar, gritar, las fuerzas del universo entero están fijas en tí en ese preciso instante en el que todo a tu alrededor carece de sentido. Ya llega. Notas cómo la sangre se agolpa paulatinamente en tu cabeza con una fuerza incalculable, dolorosa, y cuando crees que vas a estallar, es entonces cuando tu espíritu, tu alma, se evade hacia un plano distinto, mientras los sonidos a tu alrededor se distorsionan, reverberan en miles de ecos, o simplemente desaparecen.

La vista falla, ves una poderosa luz blanca que lo inunda todo, para posteriormente quedarte a ciegas durante unos instantes, debido a que tus propios ojos, desean también abstraerse de la realidad y tratan de enfocar tu propia mente...

Nuestros respectivos cuerpos, estaban encendidos, pero era solo el principio… Habíamos traspasado el punto, donde ya nuestra desnudez carecía de significado y nuestras pieles brillaban al compás de nuestras auras... Tomé su mano, que enseguida cambié por ese mango natural que tienen los hombres, tirando del cual, se les puede llevar a cualquier parte. Entramos al jacuzzi y el agua se dejó sentir, gracias a mi costumbre de regular su temperatura, por debajo de los 33 grados. Los jets de aire, hacían su masaje y el cuerpo parecía deselectrizarse, mientras una luz verde azulada nos bañaba, gracias a la ducha de cromoterapia casera, que yo había diseñado con un viejo filtro de escenografía. Bastaba girarlo con una varilla, para que cada uno de los colores del arco iris, tiñese a voluntad la luz halógena de un proyector normal de iluminar jardines.

Me senté enfrente de él y con los pies, apresé su miembro que había vuelto a su estado de reposo. Unos cuidadosos restregoncitos y otra vez asumía la obligación de ponerse como es debido. Nunca entenderé que los hombres no puedan hacer lo que quieran, con una parte de ellos mismos, que parece ir por libre. Después de los veinte minutos de costumbre, le pedí que saliéramos y se tumbara sobre un césped artificial, que tengo para tomar el sol. Siempre he odiado la postura del misionero, por lo que supone de dominio para el que está encima, que normalmente suele ser el compañero, pues desconozco si alguna mujer puede disfrutar de un buen rollo de primavera, mientras sus pechos se aprietan sobre los de él.

A mí me gusta sentarme mirando su cara y subir y bajar bien empalada, como me pida el cuerpo en cada momento, mientras mis pechos oscilan violentamente hasta el dolor, ofreciendo un espectáculo interesante para el que yace con la espalda en el suelo, pues la sangre no se va de donde debe estar y la ausencia de dureza, no se produce. Por contra, si como a veces me apetece, me clavo mirando sus pies, aunque la postura parece más anatómica, la desagradable, e inoportuna blandura aparece. La verdad es que un miembro viril, solo es medianamente estético, cuando está en todo su esplendor y la habilidad de la amante, está en no dejarlo decaer. Mi cabalgada resultó divertida y agradable y aunque yo no culminase el clímax, mi compañero debió de llegar al segundo orgasmo, dado que entró en estado refractario, como un ladrillo. Yo había tomado hace tiempo, clases de danza del vientre y no las tenía muy amortizadas.

Puse en mi sistema de sonido danés un CD a propósito y empecé como una Salomé cualquiera, a contonearme y hacer quiebros de cadera, mientras las moneditas de los velos, que me había colocado, se movían y tintineaban muy eficazmente. Los brazos en alto, daban realce al pecho y el ombligo trazaba espirales imaginarias, que animaban cada vez más a mi hombre. Este es el pasado, le dije y ahora vayamos a la tecnología. "¿Te gusta la electricidad?" Le pregunté. "Bueno", dijo él. "Sólo conozco sus usos normales…" Mi amigo ya se había dado cuenta hace un año, de mis aficiones investigadoras y mi gusto por la experimentación, especialmente en temas eróticos, así que se prestó sin mayores aspavientos, a que hiciera lo que me pareciese. "Verás que bien lo vas a pasar", le dije. "Túmbate boca abajo y separa las piernas…" Sin más explicaciones, saqué mi aparato de terapia TENS y coloqué los electrodos de silicona entre el orificio que todos tenemos y esa extraña sutura que en él empieza y recorre el escroto, separando ambos pequeños testigos. Luego, tomé uno de mis más pequeños dildos y después de untarlo en esa famosa crema, que todos hemos padecido en nuestros resfriados infantiles, procedí a internarlo entre sus varoniles glúteos, al tiempo que le daba al ON, en el controlador de los electrodos. De su boca salió algo que no era un grito, ni un susurro y mientras regulaba la intensidad de la corriente, hasta el umbral de lo soportable, le indiqué que aguantase un rato… Cuatro o cinco minutos después y vuelto boca arriba, comprobé que mis juguetes habían funcionado y presentaba una erección gloriosa, que recordaba a la Plaza de las Pirámides, que contrariamente a lo que su nombre indica, esta adornada por obeliscos… Con mi pie en los escalones de la bañera de masaje y puesta de espaldas, le pedí que me tomase por donde es debido, con violencia controlada, para sentir un masaje interior, que aliviase mis picores íntimos. Esta vez, tuve que pedirle que parase, pues la excesiva fricción, suele ser molesta y yo estaba casi saciada. Nos duchamos juntos en la piscina, ante la oculta mirada de mi doncella, que no estaba aún muy acostumbrada a espectáculos eróticos en directo y miraba entre las lamas de las persianas. Nos vestimos y esta vez me puse las fragantes bragas, que había estado aromatizando.
En el salón, puse la música adecuada: Un CD de New Age, con mucho sitar, en cuya carátula podía leerse que era para "instantes de amor y sexo" Ambos teníamos sed y nada mejor que un combinado afrodisíaco: Un tercio de ginebra, un tercio de licor de menta y un tercio de vermouth seco. Hielo picado y unas hojitas de hierbabuena, al estilo de los mojitos.

Antes y como trago largo y reconstituyente, nos servimos un batido a base de una fuerte infusión de perejil, yemas de huevo y leche condensada, en una copa inmensa… Ya estaba anocheciendo y aunque la música no era bailable, nos enlazamos en un tierno abrazo, mientras el ambiente era apenas iluminado, por la tenue llama de una velitas, dispuestas sobre los muebles. Nos besamos sin medida y recato, hasta el punto de que él, dejó al descubierto mis tetas y ensalivó mis pezones, jugando con ellos a su antojo. Cuando sus labios no tenían ya ninguna parte nueva por recorrer de cintura para arriba, me tendió en el sofá de piel, cuyos ruidos eran un perfecto señalizador del vaivén y el ritmo de nuestras caricias. Bajó su cara hacia el monte de Venus y tomó tres inspiraciones profundas, con la nariz presionando en mi botoncito y a través de la prenda, que me había colocado con la peor de las intenciones.

Noté como si llevase una pistola en el bolsillo y me dejé abandonar, permitiéndole por una vez la iniciativa. Mientras no dejaba de besarme en la boca, retiró a un lado la braguita y pude inmediatamente sentir el húmedo calor de su ariete, abriéndose paso. Entró en mí con suavidad y delicadeza, y comenzó a moverse al ritmo de la melodía que sonaba en ese momento. No puedo decir si fueron segundos, o minutos, pero de repente tensé mi cuerpo sobre el sofá y perdí por completo la noción del tiempo, del espacio y sobre todo de mi misma. Me traía sin cuidado que Bety nos observara desde su escondite.

Una verdadera explosión de percepciones, una descarga eléctrica sin precedentes, un irrefrenable y maravilloso torrente, recorrió cada milímetro de mi ser. Todo ello trastoca los límites de la condición humana, generando un idioma incomprensible y conduciendo al cerebro a la más absoluta locura, imprimiendo órdenes inconexas, que provocan espasmos musculares, imágenes y sensaciones, sin sentido coherente... Él, agotada su reserva de líquido seminal, conoció el "orgasmo seco", donde la energía se concentra en la producción de sensaciones, que supongo similares a las mías y no se desgasta en ordenar el derrame de esperma, que tanta vida contiene... Quedamos ambos sumidos en un estado de embriaguez, donde cada roce se convertía en celestial y una musicalidad que no provenía de fuera, hacia vibrar todo nuestro ser.

Debimos pasar así un largo tiempo, pues medio en sueños, sentí la tímida despedida de Bety y el ruido de la cancela. "Ha sido un día inolvidable, de los que hacen sentir que la vida vale la pena", dijo cortésmente mi ocasional compañero. Me has hecho sentir como nunca había tenido ocasión. Creo que no me apetece dejarte, pero no quiero apurar tanto y la vida tiene que devolvernos a nuestras respectivas realidades". Yo le respondí: "Lo mejor de lo bueno, es que se termina, pues lo placentero necesita del contraste..." Nos besamos en los labios con apenas un roce y él apretó cómplice uno de mis senos, mientras yo alargaba mi mano a su pistola, en un simulacro de "carezza"...

Salimos, abro con el mando la puerta y el monta en su deportivo, lo arranca, da tres acelerones y traspasa la salida, aleteando con la mano en un adiós, mientras mis ojos húmedos, siguen hasta que se desvanecen los rojos destellos…

"Merçi...Todo ha estado bien..."
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Antiguo 27-jul-2017, 10:46   #2
Daenerys95
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Wow, qué gran relato. Excitante y embriagador, enhorabuena!
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Konejota
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Wow, qué gran relato. Excitante y embriagador, enhorabuena!

Gracias Daenerys. Lo escribí hace tiempo ya y me apetecía compartirlo por estos lares,. Así que lo he rescatado de mi disco duro y aquí está.
😚😚
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Antiguo 28-jul-2017, 11:00   #4
lifevest
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Ufff!

lo mejor de lo mejor, muchas gracias por compartirlo con nosotros.

Mientras lo leía me he visto trasladado como a una película, con imágenes muy intensas.

Un besazo

Thanks!
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Antiguo 28-jul-2017, 11:34   #5
Daenerys95
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Gracias Daenerys. Lo escribí hace tiempo ya y me apetecía compartirlo por estos lares,. Así que lo he rescatado de mi disco duro y aquí está.
😚😚
Pues es genial. Creo que no es fácil escribir algo erotico sin caer en las típicas frases hechas o en la vulgaridad. Enhorabuena.
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Antiguo 28-jul-2017, 13:53   #6
Konejota
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Ufff!

lo mejor de lo mejor, muchas gracias por compartirlo con nosotros.

Mientras lo leía me he visto trasladado como a una película, con imágenes muy intensas.

Un besazo

Thanks!
De eso se trata !! Escribir algo y que seas capaz de trasladar y trasmitir..😚😚
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