Antiguo 16-nov-2017, 08:25   #26
escrota
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"Deleitarnos juntos". Dicen que la realidad supera siempre la ficción, pero te diré que en este caso lo que prometen mis relatos es mejor que la realidad .
¡Gracias!
permíteme que lo dude, pero em cualquier caso: mil gracias a ti!!!

besitos,
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Antiguo 16-nov-2017, 12:10   #27
erotin
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hola elefant, escribes con un erotismo muy sensual, nada procaz, que hace que el lector imagine claramente en su interior la situacion, enhorabuena, por cierto las tetas del avatar son tuyas?, yo me las imagino que son de tus protagonistas.
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Antiguo 17-nov-2017, 07:53   #28
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hola elefant, escribes con un erotismo muy sensual, nada procaz, que hace que el lector imagine claramente en su interior la situacion, enhorabuena, por cierto las tetas del avatar son tuyas?, yo me las imagino que son de tus protagonistas.
¡Gracias! Me alegra que te guste lo que escribo. Y sí, las tetas son mías y, a veces, depende de qué relato, son las de la protagonista .
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Última edición por elefant fecha: 18-nov-2017 a las 07:29.
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Antiguo 17-nov-2017, 07:58   #29
elefant
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Estoy tumbada en la cama bocabajo, estirada y con las piernas juntas, tú estás encima de mí, penetrándome desde atrás, exactamente no sé cómo lo haces, porque no te veo, porque además tengo los ojos cerrados. Tus manos inmovilizan mis brazos, tú polla entra en mi coño, gotas de tu sudor caen en mi espalda, jadeas. Me follas fuerte y rápido, me follas lento y dulce. La sábana bajo mi boca está empapada de saliva.

Antes te he pedido que no me hicieras gritar, por los vecinos… Pero sé que nunca me haces caso, que cuando me tienes haces de mí lo que te da la gana. Al final creo que te lo digo porque sé que te excita oírmelo decir.

Y sí, me haces gritar. Y en uno de esos gritos oigo tus gruñidos más fuertes, la ralentización de tus movimientos, tus brazos que me sueltan, tu polla que se queda en mí, tu orgasmo a mis espaldas…

Te tumbas a mi lado, sonriendo, cerrando los ojos, respirando rápido. Yo me doy la vuelta y te quito el preservativo con cuidado.

Nos quedamos los dos inmóviles, el uno al lado del otro. Sé que aún no duermes pero pronto lo harás. Lo estoy esperando. En esos momentos en que yaces exhausto, abandonado, inerme en mi cama, es cuando más mío te siento…

La luz de la tarde de primavera entra perezosa por los agujeros de las persianas. El dormitorio está bañado en una penumbra gris de paz y cotidianidad. Pero tú, a mi lado, brillas aún de sudor y placer, refulges como el objeto que habitualmente no está en un lugar y alguien lo ha puesto ahí…

Te observo, sabes que lo hago, tus cabellos cortos, con hebras rubias, tus largas pestañas, tus labios hinchados de mis mordiscos, tu barbilla que aún huele a mi coño…

Sé que aún no duermes, te doy un beso en el hombro, sonríes sin abrir los ojos, me dices “estoy bien” y un largo suspiro me dice que sí, que ahora sí duermes en mi cama, a mi lado, en mí.

Observo mi habitación, me la sé de memoria, pero mis ojos repasan cada mueble, cada cuadro, la butaca, las cortinas… Como si todo fuera un mero decorado desvaído, indefinido. En contrapunto con las formas rotundas de tu cuerpo.

Te beso en las sienes, no reaccionas, mis labios se pasean por tu cuello, tú roncas suavemente, mi boca baja por tu pecho, te chupo una tetilla, huelo tu axila, hundo mi cara en tu costado cálido y aún resbaladizo, enredo mi nariz en los rizos de tu pubis, empujo tu pene derrotado con la barbilla, huele a látex y a vagina, te lamo los huevos, te remueves, protestas, me paro, vuelves a roncar…

Y me quedo así, con mi cabeza recostada sobre tu pubis, observando tu polla, oyendo tu respiración, ausente de todo lo que no sea tu sueño y mi paz.

Pasan los minutos, quizás una hora. Una de tus manos se mueve y te acaricias el pene. Yo levanto la cabeza, te beso la mano que aguanta la polla. Te ensalivo los dedos y de ahí a tu prepucio, a tu glande, te como… Y sé que ya vuelves a estar despierto, noto tu carne en tensión, tus manos que se posan sobre mi cabello, tu voz somnolienta que me amenaza “esta vez te voy a partir en dos” y yo sonrío sin soltar tu polla de mi boca…
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Antiguo 19-nov-2017, 08:48   #30
Crisalida
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Por este también quiero pasarme que es más fresquito...
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Antiguo 19-nov-2017, 20:54   #31
elefant
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Predeterminado Ducha

Estoy desesperada. Hace meses que no trabajo. Al final me dejo de tonterías, nada de buscar exclusivamente trabajo de lo que he estudiado o del cual tengo experiencia. Voy a aceptar cualquier cosa.

En la web de trabajo que tiene creada el ayuntamiento del pueblo hay ofertas diarias. La mayoría son para cuidar a gente mayor, viviendo con ellos en sus domicilios. Eso no me sirve, pero cada día consulto las ofertas por si aparece algo.

Al final un anuncio llama mi atención. Una mujer busca a una persona para cuidar a su marido. No da muchos datos, solo una dirección de correo electrónico y, lo más interesante, son solo cuatro horas diarias, no tendría que quedarme en la casa.

Le envío un correo electrónico con mis datos y mi currículum pensando que contestarán cientos y que estoy perdiendo el tiempo. Pero al cabo de un rato recibo respuesta. La mujer me explica que su marido ha sufrido un accidente de tráfico, que físicamente ya está recuperado pero que tiene amnesia. Parece que los médicos confían en que recupere por completo la memoria pero de momento no ha sido así. Su esposa busca a alguien que le acompañe unas horas mientras ella trabaja.

La mujer no quiere una persona mayor, ni alguien con bajo nivel cultural. Pretende que saque a pasear a su marido cada día y que le hable de política, viajes, libros; para ver si de esa manera originamos el estímulo que despierte sus recuerdos.

No me parece mal el dinero que me ofrece. Cobrar por pasear y hablar. Le paso un número de cuenta y al cabo de unos minutos tengo una transferencia en mi cuenta, no es mucho dinero pero es una forma de sellar el acuerdo.

Al día siguiente me dirijo a la casa. La esposa ya me informó que ella no estaría. Parece ser que por las mañanas una asistenta levanta y asea al marido, después lo deja solo.

Miro debajo del felpudo y ahí está la llave tal como se me informó.

Entro, digo “hola” un par de veces. La casa no es muy grande, amueblada con sobriedad, limpia, huele a incienso. Avanzo por el recibidor hasta el comedor.

Ahí está él. Sentado en el sofá con la vista al frente. Mueve ligeramente su mirada cuando entro en la habitación pero no me devuelve el saludo. Ya me dijo su mujer que había perdido el habla junto con la memoria.

Es un chico de unos treinta y cinco años, alto, robusto, se adivina un buen cuerpo bajo los tejanos y la camisa que viste. Lleva el pelo muy cortito, pienso que quizás es debido al accidente, aunque no se observan daños exteriores, ni cicatrices ni hematomas.

Me sitúo delante de él. Me agacho un poco. Me presento. Él parece mirarme aunque no me contesta. Sonríe ligeramente. Yo le doy dos besos y me emociono un poco. Ojalá que ese hombre tan majo se recupere, sería una lástima que quedara así.

Empiezo a hablarle. Le cuento lo que he leído en el periódico y al cabo de un rato lo cojo del brazo, hago que se levante y salimos a la calle a pasear.

Vamos de la mano. Si lo suelto se para. Así que como un par de novios, aunque mi edad supera la suya en más de diez años, paseamos tranquilamente por las calles del pueblo, hasta el parque. Le hablo sobre la gala del balón de oro, pensando que quizás el fútbol esté entre sus temas preferidos.

Le cuento sobre mis viajes, lo que hacía en mi trabajo anterior, le explico de qué va el libro que estoy leyendo ahora.

Da igual. Hable de lo que hable él siempre tiene esa expresión soñadora, entre feliz y ausente. Su mano cálida reposa en la mía, se la aprieto, pero él no reacciona.

Volvemos a casa y lo siento de nuevo en el sofá. Pongo la tele, el canal de noticias, le comento los temas que van saliendo. Hasta que me doy cuenta de que ya han pasado las cuatro horas. Me levanto. Me despido de él con otro par de besos y salgo de la casa, dejando de nuevo las llaves bajo el felpudo. Atravieso el patio rodeado de un jardín medio muerto por las heladas.

Al día siguiente lo mismo. Otra vez yo hablando como un loro y él sin responder. No sé si me oye, si me escucha, si me entiende…

Al tercer día, bajo el felpudo, junto a las llaves, me encuentro una nota que me ha dejado su esposa. Parece ser que la asistenta no ha acudido esa mañana. La mujer me pide, como favor, solo por un día, que levante a su marido de la cama, que lo asee, le dé el desayuno y que después sigamos con nuestra rutina habitual.

Primero me enfado, ya empezamos a pedir más de lo acordado. Pero después me pongo en el lugar de la mujer y siento pena por ella. Supongo que a ella ya le gustaría cuidar personalmente a su marido, pero debe trabajar. Y solo será por hoy.

Entro en la casa, subo las escaleras y entro en la primera habitación que encuentro. Es un despacho. Sigo andando. En la siguiente estancia, un dormitorio, está él. Acostado pero despierto. Con la mirada perdida en el techo. Suena una suave música de fondo que supongo su mujer le ha dejado para que se sienta acompañado.

Me acerco. Pienso que es guapo. Le doy un beso en la mejilla y le deseo buenos días. Él no reacciona. Lo destapo. Lleva un elegante pijama de rallas negras y grises. Lo cojo de las manos y hago que se levante. De mi mano lo llevo al lavabo.

Se me ocurre que quizás tiene pipí u otras necesidades y muerta de vergüenza le bajo los pantalones y lo siento en el váter. Él sigue impasible, así que al cabo de unos minutos lo levanto, le quito la parte superior del pijama y hago que se meta en la bañera. Yo me quedo fuera. Me arremango la blusa. Él es alto y dentro de la bañera queda un poco más elevado del nivel del suelo.

Me pongo roja como un tomate, él delante de mí, de perfil, tal como lo he dejado, su polla delante de mi cara…

Tiene un cuerpo precioso. Se nota que antes del accidente acudía al gimnasio con regularidad. A mí me da igual cómo sean los cuerpos, me mueven las personas, pero no soy ajena a ese abdomen trabajado, a ese vientre plano, a los brazos fuertes y el culo de nalgas redondas, tersas y prominentes.

Abro el agua de la ducha, gradúo la temperatura y cogiendo la alcachofa le voy mojando el pelo, la cara, el pecho, la espalda…

Me estoy poniendo perdida de agua. Me quito la blusa y me quedo en sujetador y tejanos. Total, da lo mismo. Él sigue en la misma postura. De perfil delante de mí.

Me pongo jabón en las manos, empiezo a pasárselo por los hombros, el cuello…

Su cuerpo está caliente y tiene la piel muy suave, noto sus pezones erectos al frotar sus pechos, sigo bajando, le lleno el ombligo de espuma, le hablo en inglés, para practicar, porque su mujer me dijo que lo hiciera…

Pero ni sé lo que me digo, joder, está buenísimo, y está en mis manos…

Me pongo más jabón en las manos y se lo paso por los huevos, por la polla que, como su amo, no reacciona. Pero me da igual. Qué gusto deslizar la mano arriba y debajo de ese tronco. Apretar el prepucio y hacer que este resbale sobre el glande. Retroceder y acariciar los huevos, como si calculara su peso. Volver otra vez a la verga, pasar mi palma por el glande, bajar mis dedos hasta la base…

Sin soltar la polla, pongo mi otra mano en su culo. No lo puedo evitar, le doy un cachetazo que hace temblar la nalga, que me salpica de espuma y que me excita tanto que noto un líquido caliente saliendo del agujero de mi coño.

Lavo el culo. Una nalga, la otra, las hago vibrar con mi mano, paso los dedos por el apretado canal entre ellas.

Una mano pajeando la polla y la otra lavándole el ojete. Noto que me falta el aire, estoy jadeando y hace rato que he dejado la tontería de hablar en inglés.

Subo mi mirada y veo que él tiene la suya perdida en la pared de enfrente. Vuelvo a bajar la vista y me doy cuenta de que la polla ha crecido. Cada vez se está poniendo más dura y grande.

No sé qué hacer. ¿Y si cuando él se cure se acuerda de “esto”? ¿Y si “esto” que estoy haciendo es contraproducente para su recuperación?

En ese momento, la mano que tengo acariciándole el ojete, nota como éste está cada vez más relajado, más ofrecido. Y ya me dejo de tonterías y preguntas. Ya sabéis… ese punto de “no retorno” que tenemos las hembras cuando nos calentamos mucho.

Empiezo a pajearle a buen ritmo, con toda la mano, deslizándola hasta los huevos redondos y rugosos, subiéndola hasta el glande, cogiendo a la vez, con toda la palma y los dedos, tanto los testículos como el pene. Mientras le voy metiendo, poco a poco, un dedo en el culo, gracias al jabón entra fácil.

No lo puedo evitar, le digo “me encanta follarte este culazo con el dedo”. Y en ese momento su polla empieza a eyacular. Chorros largos y fuertes que van a parar sobre el alicatado. Su ojete me aprieta el dedo como si se lo fuera a quedar para siempre.

Él mueve su cabeza. La gira. ME MIRA. Y me dice sonriendo burlonamente “¿Te parece bonito lo que has hecho?”

Y me doy cuenta de que una vez más me han tomado el pelo.
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... te beso la mano que aguanta la polla. Te ensalivo los dedos y de ahí a tu prepucio, a tu glande, te como… Y sé que ya vuelves a estar despierto, noto tu carne en tensión, tus manos que se posan sobre mi cabello, tu voz somnolienta que me amenaza “esta vez te voy a partir en dos” y yo sonrío sin soltar tu polla de mi boca…
delicioso, así me gustan a mi los buenos polvos!
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Antiguo 20-nov-2017, 06:29   #33
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Él mueve su cabeza. La gira. ME MIRA. Y me dice sonriendo burlonamente “¿Te parece bonito lo que has hecho?”

Y me doy cuenta de que una vez más me han tomado el pelo.

Menudo corte!!!

anda que este era un cabronazo con pintas e imaginación!
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Antiguo 22-nov-2017, 12:32   #34
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Predeterminado Sandalias (1/3)

Yo tendría por aquella época unos veinticinco años y Juan unos cuarenta. Le conocí en la academia de idiomas donde los dos hacíamos un cursillo de inglés comercial que duró todo un año, de octubre a junio.

Hablábamos antes de entrar a clase y poco más porque durante las clases había que estar atento y a la hora de salir todos teníamos prisa por llegar a casa ya que las clases eran de nueve a diez de la noche.

Durante esos meses nos fuimos contando pequeños detalles de nuestra vida. Él era dueño de una zapatería que había heredado de una tía suya, soltero. Yo le conté que vivía con mis padres, que trabajaba en las oficinas de una multinacional, que tenía novio desde hacía cuatro años.

Había compañeros que quedaban para tomar algo los viernes o incluso algunos quedaban en el bar antes de las clases. Pero yo iba siempre escopeteada y Juan lo mismo. Nunca quedamos pero él me arrancó el compromiso de pasar por su zapatería cuando se acabara el curso. Dijo que le gustaría regalarme unos zapatos.

Sabía qué zapatería era la de Juan pero nunca había entrado porque era de las más caras de la ciudad y simplemente había chafardeado el escaparate. Reconozco que había zapatos muy bonitos y en aquella época yo ganaba bastante dinero pero prefería mantener un término medio a la hora de comprar.

El último día del curso celebramos una pequeña fiesta en la misma clase. Recuerdo que a pesar de lo tarde que era aún entraba luz natural de fuera a través de la ventana que daba a una concurrida calle. Incluso podía oír a la gente que estaba sentada en las mesas de las terrazas.

Mientras brindábamos con cava en vasos de plástico, Juan volvió a recordarme que yo le había prometido pasar por su zapatería. La verdad es que aunque le había dicho que sí no tenía intención de pasar porque me daba apuro presentarme ahí para que me regalara unos zapatos. Y supongo que él lo sospechaba porque me miró firmemente a los ojos y yo enrojecí y volví a decir que sí y entonces supe que tendría que ir.

Juan era un hombre muy educado, ni feo ni guapo, ni alto ni bajo, una persona normal pero que se notaba que trabajaba de cara al público porque tenía carisma para atraer a las personas, para convencerlas…

Así que al día siguiente, sábado, me levanté temprano, me duché y arreglé y me fui a la ciudad a visitar la zapatería de Juan.

Me puse un vestido amplio de flores, solo se pegaba al cuerpo en la parte del pecho y después caía ancho como si fuera premamá. El fondo era azul marino y las flores blancas y azul más claro, muy pequeñas, muchísimas flores (era la moda del momento). El vestido quedaba un palmo por encima de las rodillas.

Tuve que aparcar bastante lejos del centro y aproveché para ir callejeando y comprar algunas cosas. Hasta que me planté delante del aparador del establecimiento de Juan.

Era una zapatería pequeña, de esas de toda la vida, decoración clásica y material de primera calidad. Al ser verano había muchas sandalias, todas preciosas. Me miré los pies un poco avergonzada, las que yo llevaba, aunque también eran bonitas, eran sencillas, planas.

Empujé la puerta y un suave drink-drink anunció mi presencia. No había clientes. Una mujer de unos treinta años estaba detrás del mostrador y me sonrió a la vez que se le notaba cómo calculaba si yo pagaría por alguna de sus piezas…

Pero solo le dio tiempo de soltar un meloso “buenos días” y Juan apareció por una puerta lateral y me saludó con dos besos. Le dijo a “Amelia” que ya me atendería él.

Me hizo tomar asiento, me recordó que quería hacerme un regalo y que no me sintiera mal, que ya veía que precisamente lo que a él le sobraban eran zapatos.

Me preguntó si yo tenía alguna predilección y le dije que no sabía, unas sandalias… Que él me aconsejara.

En ese momento él miró mis pies y me dijo “¿Pero cómo? ¿Llevas las uñas sin pintar?” Y yo tragué saliva y dije “nunca me las pinto”, enrojeciendo como si confesara un pecado mortal.

Juan me cogió de la mano, me hizo levantar y me llevó, casi a rastras, a la habitación de dónde él había salido minutos antes. Amelia se quedó a cargo de la tienda ya que en ese momento entraron nuevos clientes.

La habitación era una especie de amplio despacho con mobiliario antiguo. Una de las paredes estaba completamente cubierta de estanterías repletas de cajas de zapatos. En otra pared había una ventana pequeña que parecía dar a un patio interior en el que se divisaba un arbolito, me pareció un naranjo o un limonero.

Había una gran mesa, casi completamente cubierta de papeles y archivos, también un televisor, una pequeña nevera…

Juan me hizo tomar de nuevo asiento en una butaca y me dijo “esto de las uñas hay que solucionarlo”. Y abrió un pequeño armario situado detrás de la puerta de entrada. Una de las repisas estaba abarrotada de botes de laca de uñas. Juan se puso a elegir, me miraba a mí y miraba su arsenal de colores. Y yo me decía “Niña, ¿dónde te has metido?”

Al final Juan se decidió por un suave salmón nacarado, se arrodilló sobre la alfombra, a mis pies, me descalzó, me separó los dedos con pequeñas bolitas de algodón y empezó a pintarme las uñas.

Toda la operación fue hecha en silencio, por su parte y por la mía. Supongo que él no se atrevía a decir nada para no asustarme más de lo que yo ya estaba y que me levantara y saliera corriendo. Y yo no decía nada porque precisamente me estaba preguntando porqué coño no me levantaba y salía pitando de ahí.

Pero el proceso tenía algo de hipnótico. La manera educada en que Juan me cogió del tobillo, situó mi pie sobre su muslo, abrió el bote de pintauñas… Para él parecía una especie de ritual y me lo transmitía a mí.

Yo le observaba, concentrado, yendo uña por uña y depositando la pequeña lengua de color. Se le notaba que disfrutaba.

Juan llevaba unos pantalones de vestir de color negro y una camisa de manga larga azul clarito con rayas blancas con las mangas arremangadas y dejando a la vista sus muñecas.

Mis pies, aún no bronceados, resaltaban sonrosados sobre el negro de la tela, era como algo impúdico y a la vez inocente.

Estuvimos en silencio todo el tiempo. Él con media sonrisa en los labios, con movimientos precisos, extasiado. Yo intentando poner el vestido entre mis piernas, para no mostrar la parte alta de mis muslos o las bragas.

Después de la primera pasada, Juan sopló suavemente sobre mis dedos para prepararlos para una segunda capa. Ahí fue cuando me di cuenta de que se me estaban mojando las bragas, de que me estaba excitando.

Sus manos estaban calientes, su pulso era firme, las aplicaciones de laca tan certeras que ni un profesional lo hubiera hecho mejor.

Cuando acabó recogió los algodones y el botecito. Me dijo que esperara y yo permanecí sentada con mis pies desnudos sobre la alfombra de color marrón oscuro. Mis uñas parecían pétalos recién caídos.

Seguía pensando en que debía irme de allí, pero tampoco habíamos hecho nada malo, raro sí, pero nada prohibido… Por una parte sabía que lo correcto era irme, pero me preguntaba cómo acabaría la cosa, me pudo la curiosidad…

Al cabo de unos minutos llegó Juan cargado de cajas de zapatos. Parece ser que aparte de las que ya había en esa sala, había otro almacén, supongo que en un sótano, porque la tienda no daba para más…

De nuevo Juan se arrodilló ante mí, me miró intensamente a los ojos con su mirada vivaz de color caramelo y me dijo “a ver si te gusta lo que he escogido para ti ¿el treinta y ocho, verdad?”

Y yo asentí con la cabeza y observé como de nuevo, como si fuera un prestidigitador efectuando un ritual, Juan abría la primera caja con delicadeza, dejando cuidadosamente la tapa en el suelo, apartando el suave y rosado papel del interior y extrayendo una sandalia de tiras plateadas y altísimo tacón.

Yo quise protestar, decirle que con tacones tan altos era muy patosa. Pero al ver la ilusión con que él cogía mi pie y lo deslizaba dentro de ella, me mantuve en silencio. Pensé que iba a ser un regalo y por tanto no tenía importancia si después no era capaz de ponérmelas ningún día más. Eran preciosas. Me puso las dos, abrochadas en el tobillo. Después me dio la mano y me hizo levantar.

Lo primero que noté es que con los taconazos me quedaba el culo más levantado, el coño más abierto. Fue así.

Mis piernas lucían más bonitas y esbeltas y el vestido, al lado de la sofistificación de las sandalias, parecía de niña.

Me hizo dar unos pasos sobre la alfombra, sin soltarme la mano en ningún momento. Descorrió una cortina y apareció un espejo de un metro de ancho que iba del techo al suelo.


Continuará…
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Antiguo 23-nov-2017, 13:11   #35
escrota
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con la excusa de los zapatitos ya verás la que se monta ;-)
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Antiguo 23-nov-2017, 18:23   #36
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Buena recopilación de relatos.
Descripciones muy interesantes que logran situar al lector en la escena y hacerlo más que un mero espectador.

Gracias Elefant,

Gmbr.
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Antiguo 24-nov-2017, 06:12   #37
abatuf
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El relato de las Sandalias promete!
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Cunilingus, ese placer compartido
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Antiguo 24-nov-2017, 08:23   #38
elefant
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Predeterminado Sandalias (2/3)

Estuvimos unos segundos los dos mirando el reflejo. Después él me soltó la mano, abrió otra caja y extrajo otras sandalias, de color rojo, con el tacón aún más alto si cabe. Se arrodilló a mi lado, me quitó la sandalia que llevaba y me puso la otra. Yo, para mantener el equilibrio, me agaché un poco, puse mi mano en su hombro. Veía su nuca, sus cabellos perfectamente recortados, me llegaba el olor de su perfume, algo así como una mezcla de resina de pino e incienso.

Mi mano, a través de su camisa, percibía el calor de su cuerpo. Yo sabía que él aparentaba tranquilidad pero debía de estar excitado. Igual que yo.

Con las dos sandalias de color rojo, que se ataban trenzadas a la pierna, di unos pasos adelante y atrás mirándome. El frío azogue parecía incendiar aún más la escena. Esta vez Juan no me cogía de la mano, permanecía de pie, a mi lado, me observaba en el espejo y sonreía…

Me dijo “vamos a bajar al sótano, ahí guardo mis piezas preferidas”.

Ese habría sido otro buen momento para irme, pero ya sabéis que todo tiene un límite, que yo lo tengo, y que una vez rebasado ese límite ya no es mi cerebro el que decide…

Así que salimos del despacho y nos dirigimos hacia una trampilla que había en el suelo del pasillo y en la cual no me había fijado al entrar.

Juan me dijo “la escalera es de madera, hay que bajar de espaldas, yo bajo primero y me aseguro de que no te caes”. Yo me sonreí y me dije “qué listillo”. Pero le seguí la corriente porque estaba deseando que me viera las bragas y que la cosa fuera a más.

Era verdad que la escalera era un poco inestable. Fui bajando con mucho cuidado, agarrándome con las manos y vigilando que los tacones rojos no se me engancharan en ningún peldaño.

Mientras descendía la luz del día iba dando paso a un reflejo amarillento que suministraba una triste bombilla de un portalámparas colocado en una esquina del techo. Era como si todo se hiciera difuso, irreal…

Había más cajas, algunas parecían antiguas, un sofá individual de cuero negro en una esquina y otro espejo exactamente igual al de arriba.

Olía levemente a polvo y a cartón viejo, pero el aroma que predominaba era a piel, a zapatos…

Cuando ya me quedaba un solo escalón para posar mis pies en el suelo, Juan metió sus manos por debajo de mi vestido, agarró mis bragas y las tiró para abajo, con suavidad pero con decisión, hasta que me las quitó, cosa a la cual ayudé yo levantando primero un pie y después el otro.

Y seguí allí, en la escalera, agarrada con las dos manos, a un palmo del suelo, de espaldas a él y sintiendo como la humedad de mi coño empezaba a mojar la parte alta de mis muslos.

Juan metió de nuevo las manos bajo mi vestido, las posó en mi cintura, apretó, como si las quisiera juntar, midiendo mi talle. Como era más alto que yo su boca quedaba a la altura de mi nuca, con la barbilla apartó mi cabello y arrastró sus labios de un lado a otro. Yo sentía que estaban ardiendo.

Entonces, agarrándome fuerte me levantó y me depositó en el suelo, de nuevo frente al espejo. Me subió el vestido y me lo quitó por la cabeza. Después el sujetador.

Quedé desnuda, montada en las altísimas sandalias rojas cuyas tiras de cuero se enroscaban a mis piernas como pequeñas serpientes lujuriosas.

De otra caja Juan sacó un ancho cinturón que iba a juego con las sandalias. Un palmo de ancho, encarnado, con una hebilla dorada. Me lo abrochó él a la cintura, más estrecho de lo deseable.

Mis tetas quedaban resaltadas, mis caderas más redondas, mi culo más ofrecido, la raja de mi coño subía más hacia mi pubis.

Y sin hablar, y yo dejándome hacer, y Juan vestido, y yo desnuda, enseñando el coño que por aquella época tenía unos poquitos pelos coronando mi rajita y los labios finos y sonrosados…

Del bolsillo del pantalón, mi compañero de curso sacó una barra de labios, la abrió y me pintó la boca de rojo también, como no. Después la aplicó a los pezones, ahí le costó más, porque mis pezones se pusieron durísimos y no se dejaban colorear con facilidad. Cada vez que él apretaba la barra sobre un pezón a mi se me escapaba un gemido…

Seguidamente Juan se sentó en el sofá, frente al espejo, se abrió la bragueta y sacó una polla que parecía a punto de reventar. Me dijo “siéntate encima de mí”.

De nuevo ese hubiera sido un buen momento para decir “tengo novio”, “tengo que irme, que tengo hora en la pelu”, “yo no soy de esas”, “qué te has creído” o hasta un “ponte preservativo”…

Pero la zorra que hay en mí contestó “¿de cara a ti o de espaldas?”

Y Juan me dijo “de espaldas a mí, de cara al espejo”.

Así que di un par de pasitos con mis sandalias de puta de lujo, con el cinturón que se me clavaba en las costillas, con mis tetas pintarrajeadas temblando de deseo… Me di la vuelta justo delante de él, dejando mi culo a la altura de su cara, retrocedí, bajé, cogí su polla con una mano y a medida que mi coño iba descendiendo, apunté y me la metí toda dentro.

En el espejo se veía el sofá ocupado por Juan que miraba nuestra imagen por detrás de mi hombro derecho y me veía a mí. Mi piel blanca, con las manchas rojas del cuero y del carmín, mis tetas que casi rozaban el ancho cinturón que me estaba desollando los costados, mi coño abierto, mis labios tirantes enmarcando la base del pene de Juan y sus huevos que asomaban entre sus muslos y que ya estaban empezando a mojarse de mi flujo.

Empecé a moverme, levanté las caderas, volví a bajar, mi culo rozaba el vientre de él. Tenía una pierna a cada lado de las suyas.

Juan me dijo “estate quieta, relájate”. Y me quedé sentada sobre él, con su polla latiendo dentro de mí.

Entonces su mano derecha reptó sobre mí, primero me acarició las tetas, me pellizcó los pezones que resbalaban con el pintalabios, fue bajando, dejando un rastro encarnado por mi vientre, acarició con delicadeza el cinturón, la hebilla, después fue descendiendo hasta llegar a mi clítoris que, debido a la postura y a mi excitación, asomaba por debajo del capuchón, lo rozó levemente y mojó los dedos en sus propios huevos, volvió a subir, se quedó en mi clítoris, acariciándolo con dulzura.

Nuestros ojos estaban en el espejo. Era como ver una película…

Su mano izquierda apareció por detrás de mi cuello y subió hasta mi boca, el dedo índice resiguió mis labios y después se metió dentro, me tocó la lengua, después entró otro dedo, empecé a chuparlos, el carmín, mezclado con la saliva, estaba emborronando todo el contorno de mi boca.

Él me follaba la boca con los dedos y yo los succionaba como si fueran la más rica de las pollas, mientras mi clítoris se estremecía de gusto bajo la yema de uno de los dedos de su otra mano.

O mi coño se había esponjado más o su polla había crecido, pero en ese momento la sentía gordísima dentro de mí, aprisionada ella y aprisionada yo…

Sin dejar de someterme con sus manos ni de quitar la vista del espejo, Juan empezó a lamerme un hombro, primero pasó su caliente lengua, después succionó con fuerza y al final aplicó sus dientes hasta causarme dolor. De ahí nació un escalofrío que alcanzó cada centímetro de mi piel, que hizo que de mi boca llena de dedos cayera un hilo de baba que resbaló de mis tetas al cinturón… Y que mi clítoris enloqueciera en un orgasmo largo, doble, porque lo sentía en mí y lo veía en el espejo, como si fuera dos mujeres diferentes. Los huevos de él brillaban completamente empapados…

Retiró sus manos de mi cuerpo y me ayudó a incorporarme, su polla parecía que no quería salir de dentro de mí, estaba oscura, tensa, hermosa…

Después fui yo la que se sentó en el sofá y Juan permaneció de pie, a mi lado, sin perder nunca de vista nuestro reflejo, agarró su verga y empezó a mover su mano arriba y abajo, no muy rápido. Pocos segundos bastaron para que la leche empezara a manar y a caer, blanca, medio transparente, olorosa, quemando, sobre las tiras de mis sandalias y sobre la piel de mis piernas y mis pies. Pensé que era bello el contraste…

Entonces alguien empezó a descender por la escalerilla. Era Amelia. Primero vi sus piernas, enfundadas en unas botas negras de charol que le llegaban hasta las ingles, después vi su culo, grande, redondo, bamboleándose. Y después llegó el resto. La dependienta llevaba un corsé negro que dejaba sus tetas al aire y el pelo recogido en un moño alto.

Juan le dijo “ya sabes lo que tienes que hacer”.

Yo seguía sentada en el sofá, Amelia vino hacia mí, se puso a cuatro patas y empezó a lamer el semen de Juan. Su lengua se movía con rapidez y destreza. Lamía con avidez, sin dejar ni una gota, pasando por mi piel y por el cuero, chupándome los dedos con las uñitas asalmonadas, mirándome de reojo de vez en cuando…

Deduje que si Amelia estaba allí era porque la tienda ya había cerrado por la hora de comer, pensé en que me estarían esperando en casa… Y mi amigo parece que adivinó mis pensamientos en mi mirada. Me dijo “si tienes que irte, no hay problema”.

Él seguía vestido, con la polla nuevamente dura asomando en su bragueta. Amelia a mis pies me miraba con carita de perra en celo. Yo notaba mi culo resbaladizo sobre el asiento. Sonreí y mi coño dijo “Me quedaré un ratito más”…


Continuará.
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elefant
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Predeterminado Sandalias (3/3)

Amelia puso sus manos sobre mis rodillas y me arrastró sobre el asiento del sofá, de manera que mi coño mojado y abierto quedó en el borde. Después, sin retirar sus manos de mis rodillas, separó mis piernas tanto como pudo, colocándomelas una a cada lado sobre los brazos del sofá.

Y yo me dejé hacer, nunca había tenido nada con ninguna mujer y sin embargo dejé que ella me tocara las piernas, que me abriera y me expusiera a la ambarina luz de ese sótano.

Y no protesté cuando vi que ella acercaba su cara a mi coño dilatado, mojado, fragante…

Miré hacia abajo, podía ver mis labios mayores hinchados, los menores completamente separados, oscuros, como abriendo y cerrando un paréntesis en el que reinaba mi agujero abierto.

La boca de Amelia se detuvo a escasos milímetros de mí. Su aliento acariciaba mi vagina de forma sutil, insoportable casi, por lo que prometía, por lo que no me daba…

Hasta que vi en el espejo como Juan asentía con la cabeza y Amelia hundió su carita de mujer seria y eficiente en mi coño caliente.

No me besó los muslos, no se entretuvo en caricias ni besitos. Fue directa al agujero de mi coño y me metió la lengua tanto como pudo y me lamió dentro, rozando las paredes de mi coño como si lo quisiera secar.

Yo no me esperaba eso, que fuera tan al grano, que me penetrara… Porque sentí eso, sentí que ella entraba en mí, que yo estaba ofrecida y ella me tomaba con su lengua. No fue un orgasmo, no, lo que sentí fue más fuerte que eso.

El orgasmo siempre ofrece una escapatoria, cuando el placer sube y sube se hace casi insoportable pero después estalla y te puedes deshacer, librarte, respirar de nuevo. Pero la lengua de Amelia follándome el coño me electrizaba, me hacía sentir muy guarra, muy entregada, a punto de estallar, pero sin la posibilidad de hacerlo.

Desde el primer segundo en que su lengua entró en mí empecé a gritar. Grité fuerte, el sótano se llenó de mi voz y no dejé de gritar en todo el tiempo en que esa lengua que cada vez parecía más larga y más gorda se movía como la de una bestia ávida.

Pude ver como Juan sonreía, como se acariciaba la polla, como babeaba con la escena. Y a la vez que sentí una especie de repulsión, el placer se incrementó más, pero sin posibilidad de liberación.

Hasta que Amelia (o Juan) decidió que ya era suficiente, se levantó y me situó en pompa sobre el asiento del sofá. De nuevo su lengua recorrió mi coño, pero esta vez por fuera, después se desplazó a mi ano donde se entretuvo largo tiempo.

En esos momentos yo solo jadeaba, estaba excitada como nunca pero el cambio de postura y la manera en que Amelia me comía el culo me hacían sospechar que me estaba preparando para Juan y eso me asustaba un poquito porque yo nunca había follado por el culo.

Pero también sabía que no me iba a negar, iba a aceptar todo lo que esos dos quisieran porque era suya. Y así lo quería, no hay mayor placer que sentirse completamente entregada.

Efectivamente, Amelia se hizo a un lado y Juan se situó detrás de mí. Pude sentir como sus manos acariciaban mis piernas, las tiras de las sandalias, los tacones. Después volvieron a mis nalgas, las amasaron, sus uñas se clavaron ligeramente en la delicada piel, sus dedos pasaron por mi entrepierna, resbalando en mi expectación…

Localizó mi clítoris y empezó a masajearlo con dos dedos.

Amelia se sentó en un brazo del sofá, de cara a Juan, apoyando su espalda en un lado del respaldo, rozándome con su bota y dejando su coño abierto sobre el cuero. Nunca había tocado el coño de otra mujer. Como pude saqué la mano de debajo de mi cuerpo y subiendo por el charol negro llegué hasta su suave entrepierna. Pensé “qué suave, qué blanda, qué mojada…”

Y empecé a gemir, tenía mi cara pegada a la piel de la parte baja del respaldo, olía a viejo y a algún producto para limpiar cuero. Parecía que los dedos de Juan me estaban deshaciendo el clítoris en aceite hirviendo y mi mano en el coño de Amelia hacía que ella también gimiera.

La penetré, le metí dos dedos dentro. Estrecho, resbaladizo, VIVO. El coño de Amelia palpitaba sobre mis dedos, aquello fue demasiado para mí, me iba a correr, pero Juan se dio cuenta y paró. Situó su polla sobre mi ano y apretó.

Se hizo el silencio de golpe, dejé de gemir, dejé de acariciar a Amelia. Dolía. Pero poco. No dije nada. Solo el silencio y Juan me la fue metiendo. Después reanudó los movimientos de su mano en mi clítoris y yo volví de nuevo a follar a Amelia con mis dedos. Me dolía la muñeca, estaba en una posición difícil, pero no sabría decir qué me daba más placer, si los dedos de él, esa polla que me poseía o los gemidos que Amelia daba a mis envestidas digitales.

Amelia se corrió, las paredes de su coño se plegaron sobre mis dedos y toda ella se agitó sobre el brazo del sofá. Juan me seguía follando el culo, despacio, pero su polla entraba y salía entera. Yo notaba cada centímetro de carne que me penetraba, pero no me dolía. Empecé a moverme, a acentuar sus dulces envestidas, a agitarme con fuerza.

Conseguí recoger la mano que había masturbado a Amelia y la llevé a mi boca, chupé esos dedos que sabían salado y agrio, dulce y áspero y por fin mi corrida se hizo irremediable. Estallé en un orgasmo que me liberó de todo el placer acumulado, que me destrozó entera y me redujo a la nada.

Juan se retiró de dentro de mí, giró su cuerpo hacía Amelia y dejó que su leche cayera en borbotones sobre el negro charol del corsé coronado por los pequeños y rosados pezones de la mujer. La leche se escurría rápido, resbalaba.

Y Juan me dijo “ahora te toca a ti”. Y como pude, me incorporé, entonces sí que me dolió el culo, me arrastré sobre Amelia y lamí los chorretones de leche que corrían rápido como la lluvia sobre un paraguas nuevo y se mezclaban con mis lágrimas de perra arrepentida (a buenas horas).
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Antiguo 24-nov-2017, 18:46   #40
LUDICO
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Como diría Abelardo a Ay Ellenita, Elenita....!!!
Simplmente genial, que nivle de morbo y que bien lo cuentas...

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Como diría Abelardo a Ay Ellenita, Elenita....!!!
Simplmente genial, que nivle de morbo y que bien lo cuentas...

Es tan placentero caer en la tentación....
Y si hay que recibir castigo por caer, pues se recibe .
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Es tan placentero caer en la tentación....
Y si hay que recibir castigo por caer, pues se recibe .
Eres simplemente genial...
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Antiguo 25-nov-2017, 07:52   #43
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Es tan placentero caer en la tentación....
Y si hay que recibir castigo por caer, pues se recibe .
Sí, creo que debería darte un castigo pero esta vez por hacerme caer en la tentación con cada relato que escribes de forma tan deliciosa,

Besitos,
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Antiguo 27-nov-2017, 18:02   #44
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Es tan placentero caer en la tentación....
Y si hay que recibir castigo por caer, pues se recibe .
Que razón tienes...
A mi lo que me pasa es que hay veces que confundo ese castigo con un premio.... y claro ... busco más... .

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Antiguo 28-nov-2017, 19:02   #45
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Gracias, Mikelo .
Voy a poner en este hilo algunos de los relatos que ya estuvieron publicados aquí hace años y que después borré. Y si me vuelve la inspiración pondré alguno de nuevo .
Magistral el juego de presencias y ausencias, - lo intangible y lo palpable, el temblor y la carne - dentro de esa atmósfera tan perturbadora y sugerente.
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Antiguo 28-nov-2017, 21:37   #46
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Ay ,Elefant...La de veces que te he pedido semanas atrás un nuevo relato (creí que los había leído todos) y, hoy por pura casualidad y para mi sorpresa, descubro esta magnífica colección de piezas literarias. Qué torpe he sido por no haberme enterado a tiempo...
Cómoda y asentada en mi rincón favorito, me he tomado mi tiempo para leerlos esta misma tarde. Excitada, ilusionada y hambrienta, ante este bodegón de carnosas y jugosas frutas, he ido degustando, uno a uno, tus magistrales relatos. Calidad suprema. Todos tienen 'su punto'. Con el primero me estremecí, con el segundo me mojé no sólo de lluvia , y ya con 'Manolito'... me dejé hacer de todo.
Felicidades Elefant, gracias por regalarnos estas joyas.
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Ay ,Elefant...La de veces que te he pedido semanas atrás un nuevo relato (creí que los había leído todos) y, hoy por pura casualidad y para mi sorpresa, descubro esta magnífica colección de piezas literarias. Qué torpe he sido por no haberme enterado a tiempo...
Cómoda y asentada en mi rincón favorito, me he tomado mi tiempo para leerlos esta misma tarde. Excitada, ilusionada y hambrienta, ante este bodegón de carnosas y jugosas frutas, he ido degustando, uno a uno, tus magistrales relatos. Calidad suprema. Todos tienen 'su punto'. Con el primero me estremecí, con el segundo me mojé no sólo de lluvia , y ya con 'Manolito'... me dejé hacer de todo.
Felicidades Elefant, gracias por regalarnos estas joyas.
Mi niña, cuando me pediste un nuevo relato, semanas atrás, te dije que iba a abrir este hilo. Te lo dije. "Para ti". Ya sabes "nunca es tarde si la dicha es buena" .
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Predeterminado Taxidermista

Sábado por la mañana, me voy de compras a la capital, no necesito nada en especial pero es agradable caminar un rato viendo escaparates. Me decido por el centro, está lleno de guiris y así me hago la idea de que estoy de vacaciones.

De tienda en tienda, sin darme cuenta acabo en una plaza muy conocida, un gran recinto rectangular porticado, con una pequeña fuente en el centro y unas cuantas palmeras bajo cuya sombra los turistas consultan los planos o se comen un helado.

Ahora casi todos los comercios de la plaza son bares y restaurantes, en el pasado había tiendas de todo tipo: sastrerías, cuchillerías, mercerías, ultramarinos…

Y me viene a la cabeza que hace unos treinta años yo había ido a esa plaza con mi madre y mi hermano a un establecimiento de un taxidermista para comprar un líquido que olía a rayos y que mi hermano usaba para conservar la colección de mariposas que cazábamos junto al río.

Me pregunto si el establecimiento aún existirá… Empiezo por un lado de la plaza y voy observando, uno por uno, todos los comercios. La verdad es que después de tanto tiempo no me acuerdo de cuál era su situación dentro de la plaza, ni de cómo se llamaba la tienda…

Un bar, un restaurante, un bar, una tienda de souvenirs, un bar… Y choco con una turista alta y robusta que un poco más y me envía al suelo. Sorry, sorry y sigo la búsqueda.

¡Aquí está! Una gran tienda con dos amplios escaparates en los que no hay nada, las cortinas echadas, la fachada recubierta de una chapa metálica pintada de marrón chocolate con unas cenefas blancas. Arriba, sobre la puerta, en doradas letras mayúsculas: “TAXIDERMISTA. MUSEO DE CIENCIAS NATURALES”.

La puerta de madera necesita una capa de pintura y algún gamberro (o varios) se han dedicado a labrarla con mensajitos. Presiono con la mano, se abre hacia adentro y entro. La puerta se vuelve a cerrar detrás de mí mientras suena un “ding-ding” distorsionado.

Dentro está oscuro. Mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra, un olor que ya tenía olvidado vuelve a mí. No sé si es éter, formol, no entiendo de esas cosas, como de alcohol pero mucho más fuerte, como mezclado con alcanfor… Y también olor a polvo, a desinfectante, a papel viejo…

Ya voy viendo mejor, nada ha cambiado, las mismas cabezas de animales en la pared, los mismos pájaros a un lado del mostrador, el suelo de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez.

“Buenos días ¿Qué desea?”

¡Coooooño, qué susto!!! Si es que me distraigo con todo, ahí recordando, recordando y he entrado en la tienda casi sin darme cuenta y no quiero nada… ¿Y ahora qué le digo al hombre?

Por cierto, el hombre parece el mismo de hace treinta años, pero debe ser el hijo, o cualquier otra persona. Hace treinta años me parecía un viejo, ahora lo veo de mi edad.

El pobrecillo me está mirando cada vez con más recelo, hasta que yo consigo articular palabra y le digo “¿Tienen líquido para conservar las mariposas?”

Y él me dice que sí y se va a buscarlo a otra habitación. Mientras, aprovecho para pasearme por la gran sala, mirando a los ojos de cristal de los animales. Es tenebroso… Todos esos seres antes vivos, que alguna vez respiraron, eternamente conservados sin aliento, sin alma, sin ojos…

Llego a otra sala donde ya no solo hay cabezas y pájaros sino mamíferos enteros de tamaño más grande. Linces, zorros, jabalís…

Es asombroso el silencio que reina en la tienda en comparación con el bullicio de la plaza. La diferencia entre la luz dorada de fuera y la penumbra mortecina de dentro. Es como si el embalsamamiento de los animales se hubiera extendido a la tienda entera, conservada en el tiempo…

Vuelve el vendedor, en la mano lleva un frasquito con un líquido transparente.

Me dice que si quiero ver los animales y le da a un interruptor para que haya más luz y los pueda observar mejor. Me informa de que hay tres salas más. Supongo que a eso se refiere el rótulo de fuera cuando reza “Museo de Ciencias Naturales”…

Yo me hago un poco la interesada, para no desilusionarle. Le digo que no le quiero hacer perder el tiempo, que puede que entren clientes y nosotros vamos a estar ahí, en esas salas llenas de restos de bichos (esto último no se lo digo).

Y él dice “No se preocupe, hace meses que no entra nadie en la tienda”.

Pienso “Ya estamos. Otra vez metiéndote en líos, el otro día con el de los zapatos y hoy con un taxidermista… Esto cada vez va a peor”.

Él se me acerca, ahora que hay más luz veo que incluso es más joven que yo, de unos cuarenta años. Cabello corto y rizado, castaño con un toque de óxido. Ojos de color verde oscuro que intuyo bonitos aunque pegados a los gruesos cristales de las gafas. Su sonrisa es dulce, cálida, como de agradecimiento por haber entrado (como el cazador de insectos que ve una mariposa posarse a su alcance).

Así que, como soy tonta, de toda la vida, le sigo la corriente y vamos visitando las salas, a cual más repleta de despojos de animales. Él me explica el origen de las piezas. A medida que vamos hablando se acerca más a mí, me da algún golpe en el brazo, para llamar mi atención sobre algún detalle.

Es alto, tiene un poco de barriguita, viste de forma anticuada (como no). La manera en que me explica las cosas, la pasión por su profesión, su abstracción al hablar de la ciencia, hacen que cada vez me parezca más atractivo…

Lo tengo delante de mí, hablándome de no sé qué elefante que disecaron en un museo de Madrid y yo pensando en si estará casado, en si follará bien, en cómo tendrá la polla…

Sí, ya sé, ya sé… Soy una guarra.

De golpe él interrumpe su discurso, me mira como si me viera por primera vez, me ha pillado con la mirada húmeda, la boca entreabierta, las mejillas encendidas… Y supongo que ha leído mis pensamientos en mis ojos… Qué vergüenza.

Intento deshacer mis pasos, ir hasta el mostrador para pagar y salir de allí. Él, detrás de mí, me coge por un hombro, hace que me dé la vuelta y me empuja contra una pared. Su cuerpo aprisiona el mío, pegado completamente a mí.

Su cara se acerca a la mía, me golpea con las gafas, se las quita y me besa. Yo estoy asustada. Sus labios acarician suavemente los míos, nuestras bocas cerradas, solo una presión de su boca en mi boca. Hasta que él los entreabre y su aliento caliente hace que los míos se abran también. La punta de mi lengua se pasea por su labio inferior antes de que mis dientes le den un leve mordisco.

Él suelta un gemido y su lengua grande, larga, llena de saliva me penetra la boca atropelladamente. Ufff lo abrazo y pego más su cuerpo al mío. Noto su erección sobre mi pubis. Cierro los ojos porque a sus espaldas estoy viendo a todos los bichos observándonos.

Él vuelve a cogerme por el brazo y me lleva hasta el mostrador. Me sienta sobre la barra de oscura madera pulida, me arremanga la falda y se queda quieto mirando mis piernas abiertas, mis bragas de color rosa, empapadas en la entrepierna.

Parece que no sabe cómo continuar, sus besos, aunque apasionados, han sido torpes…

Me excita el aturdimiento de él, su mirada perdida entre mis muslos, sus manos temblorosas a los costados de su cuerpo. Yo misma me quito las bragas y abro bien las piernas sobre el mostrador. A unos metros la plaza está llena de gente, cualquiera podría entrar, pero tengo el presentimiento de que nadie va a hacerlo.

Con mis dos manos me abro más el coño, no digo nada, solo le muestro mis labios internos, el clítoris, mi agujero… Cuando me pongo así ya no hay quien me pare… Me meto un dedo, dos, tres… Empiezo a gemir…

Él sigue mirándome, sus pantalones están mojados y abultados.

Me siento más al borde del mostrador y le pregunto “¿Quieres lamerlo?”

Estoy a punto de correrme, así que por muy torpe que sea él, sé que me voy a correr en su boca.

Él se agacha, pone una mano en cada uno de mis muslos, besa uno, besa el otro. Besa mi pubis… Y cubre mi coño húmedo de dulces pequeños besos que me enervan aún más…

Hasta que él se decide a hundir su cara entre mis labios. Lame, chupa, succiona, muerde… Uff no sigue ningún orden ni ninguna técnica, es como si lo quisiera probar todo. Ahora me mete la lengua en el agujero, después vuelve a morderme un muslo. Ahora me chupa el agujero del culo, después se bebe mi flujo.

“Voy a tener un orgasmo”, no sé porqué lo digo así, es como si pensara que él nunca ha visto a una mujer teniendo un orgasmo. No sé ni siquiera si me ha oído, sus labios están pellizcando sobre mi clítoris y estallo.

Completamente abierta de piernas sobre el mostrador mi coño empieza a agitarse, a abrirse y cerrarse, a soltar más líquidos, y yo grito, para que él sienta más mi placer (y también porque no puedo evitarlo, para que nos vamos a engañar). Mis pies, calzados con unas sandalias de tiras doradas golpean contra la madera.

Él no para de lamer, de chupar… Hasta que con las dos manos consigo despegar su boca de mí.

Me mira sin ver (pobrecito mío, sin gafas…), tiene la cara brillante de mis líquidos, los labios un poco hinchados, la punta de la lengua que le asoma aún… Lo veo guapísimo.

Me bajo del mostrador, dejando un rastro húmedo sobre la madera. Mis manos desabrochan el cinturón, el botón de los pantalones, la cremallera… Él se deja hacer.

Bajo los pantalones y los calzoncillos. Su polla está tan dura que se le pega al bajo vientre. La cojo con una mano y cuesta separarla, su piel se percibe finísima, llena de sangre debajo, a punto de reventar, ardiente, mojada. Pienso que le tiene que doler…

Me agacho, le doy un dulce beso en la punta, más besitos por todo el tronco. Tiene un tamaño normal pero su dureza me impresiona. Saco la lengua y empiezo a lamerla, primero con la punta y después con toda ella, desde la base hasta el agujerito que no para de rezumar.

Bajo a los huevos, me meto uno en la boca con mucho cuidado. A cada caricia mía él reacciona con un pequeño respingo, con un gemido ahogado.

Estoy deseando engullirla pero presiento que a la que entre en mi boca se me va a deshacer. Así que alargo el juego de besitos y lametones hasta que ya no puedo esperar más y me la voy metiendo poco a poco, entera, resbaladiza, hasta que mi cara choca con su pubis.

Me quedo quieta, no me muevo. Siento la verga dentro de mí, palpitando. Retiro un poco la cara, la polla resbala sobre mi lengua, el glande roza con mis labios, me la como de nuevo hasta que la noto en mi garganta. La aprisiono entre la lengua y el paladar. Está tan dura que parece de cristal.

Entonces él pone sus dos manos sobre mi cabeza y empieza a gritar. Yo aún no he percibido el orgasmo en su pene pero él está gritando. Hasta que aparece la leche, llenándome la boca, abrasándome el esófago… Se me saltan las lágrimas… Me la trago toda, después la polla sigue igual de dura.

Me levanto y veo lágrimas también en su rostro. Sonrío y él me abraza. Le digo que es tarde, que me tengo que ir. Me pongo las bragas y me olvido del frasquito…

Cuando llego a casa llamo a mi hermano para explicarle que he estado en la tienda del taxidermista (no para explicarle lo que he hecho). Y me sorprende diciendo que eso es imposible porque desde el año 1999 ese establecimiento es un restaurante…
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Antiguo 29-nov-2017, 14:56   #49
marilia
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Qué manera más genial de describirlo todo y ubicarnos en la historia. A modo de cámara cinematográfica, travellings, planos detalle, panorámicas, contraplanos.. se concatenan unos a otros, con buen pulso y respiración, hasta cortarme el aliento.
Me da pavor imaginarme ahí dentro. Sin embargo, yo también me hubiese corrido el doble de lo habitual, muerta de miedo y con una polla tan dura y llena de vida...
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Antiguo 30-nov-2017, 06:09   #50
abatuf
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Sábado por la mañana, me voy de compras a la capital, no necesito nada en especial pero es agradable caminar un rato viendo escaparates. Me decido por el centro, está lleno de guiris y así me hago la idea de que estoy de vacaciones.

De tienda en tienda, sin darme cuenta acabo en una plaza muy conocida, un gran recinto rectangular porticado, con una pequeña fuente en el centro y unas cuantas palmeras bajo cuya sombra los turistas consultan los planos o se comen un helado.

Ahora casi todos los comercios de la plaza son bares y restaurantes, en el pasado había tiendas de todo tipo: sastrerías, cuchillerías, mercerías, ultramarinos…

Y me viene a la cabeza que hace unos treinta años yo había ido a esa plaza con mi madre y mi hermano a un establecimiento de un taxidermista para comprar un líquido que olía a rayos y que mi hermano usaba para conservar la colección de mariposas que cazábamos junto al río.

Me pregunto si el establecimiento aún existirá… Empiezo por un lado de la plaza y voy observando, uno por uno, todos los comercios. La verdad es que después de tanto tiempo no me acuerdo de cuál era su situación dentro de la plaza, ni de cómo se llamaba la tienda…

Un bar, un restaurante, un bar, una tienda de souvenirs, un bar… Y choco con una turista alta y robusta que un poco más y me envía al suelo. Sorry, sorry y sigo la búsqueda.

¡Aquí está! Una gran tienda con dos amplios escaparates en los que no hay nada, las cortinas echadas, la fachada recubierta de una chapa metálica pintada de marrón chocolate con unas cenefas blancas. Arriba, sobre la puerta, en doradas letras mayúsculas: “TAXIDERMISTA. MUSEO DE CIENCIAS NATURALES”.

La puerta de madera necesita una capa de pintura y algún gamberro (o varios) se han dedicado a labrarla con mensajitos. Presiono con la mano, se abre hacia adentro y entro. La puerta se vuelve a cerrar detrás de mí mientras suena un “ding-ding” distorsionado.

Dentro está oscuro. Mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra, un olor que ya tenía olvidado vuelve a mí. No sé si es éter, formol, no entiendo de esas cosas, como de alcohol pero mucho más fuerte, como mezclado con alcanfor… Y también olor a polvo, a desinfectante, a papel viejo…

Ya voy viendo mejor, nada ha cambiado, las mismas cabezas de animales en la pared, los mismos pájaros a un lado del mostrador, el suelo de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez.

“Buenos días ¿Qué desea?”

¡Coooooño, qué susto!!! Si es que me distraigo con todo, ahí recordando, recordando y he entrado en la tienda casi sin darme cuenta y no quiero nada… ¿Y ahora qué le digo al hombre?

Por cierto, el hombre parece el mismo de hace treinta años, pero debe ser el hijo, o cualquier otra persona. Hace treinta años me parecía un viejo, ahora lo veo de mi edad.

El pobrecillo me está mirando cada vez con más recelo, hasta que yo consigo articular palabra y le digo “¿Tienen líquido para conservar las mariposas?”

Y él me dice que sí y se va a buscarlo a otra habitación. Mientras, aprovecho para pasearme por la gran sala, mirando a los ojos de cristal de los animales. Es tenebroso… Todos esos seres antes vivos, que alguna vez respiraron, eternamente conservados sin aliento, sin alma, sin ojos…

Llego a otra sala donde ya no solo hay cabezas y pájaros sino mamíferos enteros de tamaño más grande. Linces, zorros, jabalís…

Es asombroso el silencio que reina en la tienda en comparación con el bullicio de la plaza. La diferencia entre la luz dorada de fuera y la penumbra mortecina de dentro. Es como si el embalsamamiento de los animales se hubiera extendido a la tienda entera, conservada en el tiempo…

Vuelve el vendedor, en la mano lleva un frasquito con un líquido transparente.

Me dice que si quiero ver los animales y le da a un interruptor para que haya más luz y los pueda observar mejor. Me informa de que hay tres salas más. Supongo que a eso se refiere el rótulo de fuera cuando reza “Museo de Ciencias Naturales”…

Yo me hago un poco la interesada, para no desilusionarle. Le digo que no le quiero hacer perder el tiempo, que puede que entren clientes y nosotros vamos a estar ahí, en esas salas llenas de restos de bichos (esto último no se lo digo).

Y él dice “No se preocupe, hace meses que no entra nadie en la tienda”.

Pienso “Ya estamos. Otra vez metiéndote en líos, el otro día con el de los zapatos y hoy con un taxidermista… Esto cada vez va a peor”.

Él se me acerca, ahora que hay más luz veo que incluso es más joven que yo, de unos cuarenta años. Cabello corto y rizado, castaño con un toque de óxido. Ojos de color verde oscuro que intuyo bonitos aunque pegados a los gruesos cristales de las gafas. Su sonrisa es dulce, cálida, como de agradecimiento por haber entrado (como el cazador de insectos que ve una mariposa posarse a su alcance).

Así que, como soy tonta, de toda la vida, le sigo la corriente y vamos visitando las salas, a cual más repleta de despojos de animales. Él me explica el origen de las piezas. A medida que vamos hablando se acerca más a mí, me da algún golpe en el brazo, para llamar mi atención sobre algún detalle.

Es alto, tiene un poco de barriguita, viste de forma anticuada (como no). La manera en que me explica las cosas, la pasión por su profesión, su abstracción al hablar de la ciencia, hacen que cada vez me parezca más atractivo…

Lo tengo delante de mí, hablándome de no sé qué elefante que disecaron en un museo de Madrid y yo pensando en si estará casado, en si follará bien, en cómo tendrá la polla…

Sí, ya sé, ya sé… Soy una guarra.

De golpe él interrumpe su discurso, me mira como si me viera por primera vez, me ha pillado con la mirada húmeda, la boca entreabierta, las mejillas encendidas… Y supongo que ha leído mis pensamientos en mis ojos… Qué vergüenza.

Intento deshacer mis pasos, ir hasta el mostrador para pagar y salir de allí. Él, detrás de mí, me coge por un hombro, hace que me dé la vuelta y me empuja contra una pared. Su cuerpo aprisiona el mío, pegado completamente a mí.

Su cara se acerca a la mía, me golpea con las gafas, se las quita y me besa. Yo estoy asustada. Sus labios acarician suavemente los míos, nuestras bocas cerradas, solo una presión de su boca en mi boca. Hasta que él los entreabre y su aliento caliente hace que los míos se abran también. La punta de mi lengua se pasea por su labio inferior antes de que mis dientes le den un leve mordisco.

Él suelta un gemido y su lengua grande, larga, llena de saliva me penetra la boca atropelladamente. Ufff lo abrazo y pego más su cuerpo al mío. Noto su erección sobre mi pubis. Cierro los ojos porque a sus espaldas estoy viendo a todos los bichos observándonos.

Él vuelve a cogerme por el brazo y me lleva hasta el mostrador. Me sienta sobre la barra de oscura madera pulida, me arremanga la falda y se queda quieto mirando mis piernas abiertas, mis bragas de color rosa, empapadas en la entrepierna.

Parece que no sabe cómo continuar, sus besos, aunque apasionados, han sido torpes…

Me excita el aturdimiento de él, su mirada perdida entre mis muslos, sus manos temblorosas a los costados de su cuerpo. Yo misma me quito las bragas y abro bien las piernas sobre el mostrador. A unos metros la plaza está llena de gente, cualquiera podría entrar, pero tengo el presentimiento de que nadie va a hacerlo.

Con mis dos manos me abro más el coño, no digo nada, solo le muestro mis labios internos, el clítoris, mi agujero… Cuando me pongo así ya no hay quien me pare… Me meto un dedo, dos, tres… Empiezo a gemir…

Él sigue mirándome, sus pantalones están mojados y abultados.

Me siento más al borde del mostrador y le pregunto “¿Quieres lamerlo?”

Estoy a punto de correrme, así que por muy torpe que sea él, sé que me voy a correr en su boca.

Él se agacha, pone una mano en cada uno de mis muslos, besa uno, besa el otro. Besa mi pubis… Y cubre mi coño húmedo de dulces pequeños besos que me enervan aún más…

Hasta que él se decide a hundir su cara entre mis labios. Lame, chupa, succiona, muerde… Uff no sigue ningún orden ni ninguna técnica, es como si lo quisiera probar todo. Ahora me mete la lengua en el agujero, después vuelve a morderme un muslo. Ahora me chupa el agujero del culo, después se bebe mi flujo.

“Voy a tener un orgasmo”, no sé porqué lo digo así, es como si pensara que él nunca ha visto a una mujer teniendo un orgasmo. No sé ni siquiera si me ha oído, sus labios están pellizcando sobre mi clítoris y estallo.

Completamente abierta de piernas sobre el mostrador mi coño empieza a agitarse, a abrirse y cerrarse, a soltar más líquidos, y yo grito, para que él sienta más mi placer (y también porque no puedo evitarlo, para que nos vamos a engañar). Mis pies, calzados con unas sandalias de tiras doradas golpean contra la madera.

Él no para de lamer, de chupar… Hasta que con las dos manos consigo despegar su boca de mí.

Me mira sin ver (pobrecito mío, sin gafas…), tiene la cara brillante de mis líquidos, los labios un poco hinchados, la punta de la lengua que le asoma aún… Lo veo guapísimo.

Me bajo del mostrador, dejando un rastro húmedo sobre la madera. Mis manos desabrochan el cinturón, el botón de los pantalones, la cremallera… Él se deja hacer.

Bajo los pantalones y los calzoncillos. Su polla está tan dura que se le pega al bajo vientre. La cojo con una mano y cuesta separarla, su piel se percibe finísima, llena de sangre debajo, a punto de reventar, ardiente, mojada. Pienso que le tiene que doler…

Me agacho, le doy un dulce beso en la punta, más besitos por todo el tronco. Tiene un tamaño normal pero su dureza me impresiona. Saco la lengua y empiezo a lamerla, primero con la punta y después con toda ella, desde la base hasta el agujerito que no para de rezumar.

Bajo a los huevos, me meto uno en la boca con mucho cuidado. A cada caricia mía él reacciona con un pequeño respingo, con un gemido ahogado.

Estoy deseando engullirla pero presiento que a la que entre en mi boca se me va a deshacer. Así que alargo el juego de besitos y lametones hasta que ya no puedo esperar más y me la voy metiendo poco a poco, entera, resbaladiza, hasta que mi cara choca con su pubis.

Me quedo quieta, no me muevo. Siento la verga dentro de mí, palpitando. Retiro un poco la cara, la polla resbala sobre mi lengua, el glande roza con mis labios, me la como de nuevo hasta que la noto en mi garganta. La aprisiono entre la lengua y el paladar. Está tan dura que parece de cristal.

Entonces él pone sus dos manos sobre mi cabeza y empieza a gritar. Yo aún no he percibido el orgasmo en su pene pero él está gritando. Hasta que aparece la leche, llenándome la boca, abrasándome el esófago… Se me saltan las lágrimas… Me la trago toda, después la polla sigue igual de dura.

Me levanto y veo lágrimas también en su rostro. Sonrío y él me abraza. Le digo que es tarde, que me tengo que ir. Me pongo las bragas y me olvido del frasquito…

Cuando llego a casa llamo a mi hermano para explicarle que he estado en la tienda del taxidermista (no para explicarle lo que he hecho). Y me sorprende diciendo que eso es imposible porque desde el año 1999 ese establecimiento es un restaurante…
Bravo !!!!!!
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Vive y deja vivir

Cunilingus, ese placer compartido
: http://www.pajilleros.com/showthread.php?t=86286&page=2 !!!!
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