Antiguo 03-dic-2017, 18:42   #51
elefant
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Predeterminado Desesperación

Ocho de diciembre, ocho de la noche.

Si fuera verano diría ocho de la tarde pero ahora los días son tan cortos y oscuros que la noche le gana la partida al día, cada día.

Estoy sentada dentro de mi coche en el parking de un centro comercial. Los comercios han estado abiertos solo hasta el mediodía, así que ahora solo quedan en el aparcamiento los coches de los vigilantes y de algún empleado del turno de noche.

Como siempre, he elegido una plaza debajo de una farola que no alumbra. Siempre hay alguna. Ya se encarga alguien de eso.

Mientras la humedad va lamiendo la superficie del cristal del parabrisas, observo la noche. Un mar oscuro y frío y pequeñas islas de luz que la niebla intenta engullir sin conseguirlo del todo.

Él me ha pedido quedar aquí. Después de años. Me ha dicho que solo dispondrá de una hora. Ya lo sé. Como otras veces…

Bajo del coche y me voy al asiento de atrás, para ganar tiempo. En ese pequeño viaje de puerta a puerta, en que mis pies han pisado el asfalto, he notado como el frío intentaba enredarse en mis piernas, besarme la nuca. Pero no le voy a dejar, quiero ser calor, quiero ser verano, quiero ser fuego para él.

Se va a escapar, sesenta minutos, de su hogar, de su mujer, de sus niños… Ya me lo imaginaba, que me llamaría… Es más fácil vivir en primavera, en verano… Los días de luz, de mil cosas por hacer, en que el cerebro no tiene oportunidad de pasarnos los recuerdos por delante de los ojos…

Pero se va la luz, el canto de las cigarras, los colores vivos, la alegría. Y ella vuelve, siempre vuelve. La desesperación. Que vive en los rincones, en el viento que nos despierta a medianoche, en el frío que nos hiela los pies sentados en nuestra butaca intentando leer, en el silencio de la casa cuando todos duermen y tienes ganas de llorar y te las aguantas por si te oyen…

Y sé que la desesperación le ha hecho llamarme, para no ahogarse, para sobrevivir, para llegar a la orilla de un nuevo año, en el que engañarnos con nuevas esperanzas y proyectos.

Claro que no lo decimos con esas palabras… Ni él, ni yo, ni nadie… Me ha llamado y ha dicho simplemente que tenía ganas de verme. Después de dos años sin decirnos nada, aunque es verdad que ya nos lo hemos dicho todo. Y yo he disimulado, como si no notara que le tiembla la voz, como si las lágrimas no me estuvieran corriendo por la cara.

Son las ocho en punto. Acecho la oscuridad. Trago saliva. Veo unas luces. Su coche se para al lado del mío. Baja rápidamente. Entra y se sienta a mi lado.

Nos abrazamos. Es un abrazo complicado con los abrigos, sentados… Nos estrechamos tan fuerte como podemos. Mi cara en el hueco de su cuello. Los ojos cerrados. Su olor, el mío… Es como si no hubiera pasado el tiempo. Como si ayer mismo nos hubiéramos visto…

Su calor en mi mejilla, su respiración agitada, siento que yo misma me ahogo, pero no quiero separarme. A pesar de la ropa, nuestros corazones palpitan salvajemente el uno contra el otro.

Pasados unos minutos conseguimos por fin mirarnos a la cara. Hay poca luz pero veo sus ojos brillantes y cálidos. “Te quiero”, me dice. “Te quiero”, digo yo. Porque es verdad, le quiero, pero puedo vivir sin él. Del mismo modo que quiero a los otros. Puedo vivir sin cada uno de ellos, pero no podría vivir sin ellos.

Siempre dije que el sexo era mucho mejor con amor. Aunque eso es muy arriesgado. Hay que encontrar la medida justa de cada ingrediente para no engancharse, para no caer de nuevo presa de alguien.

Y se lo repito, “te quiero”. Y en ese momento, para mí, no existe nadie más en el mundo que él. Y él lo sabe. Sabe todo. De mi juego al límite y de mis sentimientos.

Los cristales están empezando a empañarse por dentro. Hecho un último vistazo al invierno que me mira detrás de los cristales con sus colmillos afilados. Y sonrío, pienso “jódete” y empiezo a desnudarme.

Aún no nos hemos besado, quiero hacerlo completamente desnuda, voy poniendo la ropa en el asiento de delante mientras siento los ojos de él acariciarme muy adentro.

Él se quita el abrigo y me acerco de nuevo. Me abraza. Le beso los labios y noto que él está temblando. No es de frío, es puro deseo.

Su boca está caliente y mi lengua busca la suya, nuestras respiraciones retumban dentro del vehículo. Hago que él se siente justo en medio del asiento y yo me pongo encima de él. Una pierna a cada lado de las suyas. Mi coño queda completamente abierto y puedo sentir su olor.

Seguimos besándonos, mis manos acariciando su cabello, desabrochando su camisa, deslizándose por debajo de su camiseta, pellizcándole los pezones…

Sus manos recorriendo mi espalda, amasando mis nalgas, mojándose en mi coño…

Me penetra con un dedo, con dos. Mi boca sigue en la suya, mi aliento grita de placer. No puedo evitar mover las caderas sobre sus dedos, haciendo que entren más… Tengo ganas de morderle los labios, pero eso no se puede hacer…

Nos separamos un poquito para que él se baje los pantalones y los calzoncillos. Me muero por chuparle la polla pero no puedo esperar a tenerle dentro de mí. Así que vuelvo a sentarme sobre él y me dejo caer lentamente sobre su pene. Mi boca se vuelve a pegar a la suya y le doy mi alma a medida que su polla hace camino por mi vagina.

Soy suya, completamente. Y él es mío. Hay quien no consigue eso ni en toda una vida de vivir juntos. Hay quién puede hacerlo en unos minutos…

Empiezo a moverme, a cabalgarle, dejamos de besarnos. Mi cara al lado de la suya. Le cojo de los hombros. Él pone sus manos en mi culo. Y subo, y bajo. Y su polla entra y sale. Ardiente, chorreando. Llenando el coche de chasquidos de placer.

Golpeo fuerte mi pubis en el suyo. Él me va metiendo despacito un dedo en el culo. Yo le estoy lamiendo ahora la cara, la oreja, el cabello.

Aunque ya está oscuro, no puedo evitar cerrar los ojos. Él gime y grita cuando mis embestidas se vuelven más salvajes, mi coño golpea en él y su pene se clava en mí hasta hacerme daño, pero me gusta, lo quiero así, fuerte.

Me falta el aire, me canso, pero sigo desbocada sobre él hasta que me corro mientras él me sujeta para que no me caiga, desmadejándome sobre él, mojándole aún más la polla, entregándome sin reservas. Ahora mismo no sé ni cómo me llamo.

Me quedo quieta, intentando no ahogarme, poniendo de nuevo el corazón en su sitio, temblando aún con los últimos espasmos de placer. Él hace mover su pene dentro de mí, solo el pene, aún no se ha corrido. Sé lo que quiere, lo mismo que quiero yo.

Torpemente, con las piernas medio dormidas y el coño abierto de par en par, los muslos mojados y las tetas con los pezones endurecidos hasta el dolor, consigo sentarme en un rincón y él en el otro.

Avanzo de nuevo hacia él, como una perrita, su pene brilla en la oscuridad… Repto entre sus piernas, le lamo los huevos que saben a mí, mi lengua sigue por el tronco de su polla y mi boca la engulle con suavidad. Él pone sus manos sobre mi cabeza, jadea y mueve su pelvis para clavarme el pene en la garganta.

Chupo despacio, recordando cada vena, cada pliegue, su capullo grande y suavísimo…

Sus manos me hacen acelerar los movimientos. Mi boca sube y baja engullendo completamente su polla, arqueándome cada vez que su glande choca en mi campanilla, la saliva se me escapa y moja aún más sus huevos, mi cara. Gimo, porque podría correrme así, podría, sí… Y su leche sorprende mis pensamientos… Brota líquida y sabrosa, llenándome los carrillos, no voy a dejar que se escape ni una gota. Trago, gritos ahogados, suyos, míos, trago otra vez.

Y después levanto mi cara, llena de babas, con restos de semen aún en mi lengua, la nariz moqueando, lágrimas en los ojos. Y volvemos a besarnos, su lengua busca su leche y yo se la doy. Y la luz estalla una vez más. Jódete, desesperación.

Después toca recoger los restos de la batalla. Vestirse de nuevo. Mucho más difícil que desnudarse. Limpiarse la cara, la polla, el coño. Intentando no dejar rastros de perfume…

Un último abrazo y él se va. Sube a su coche y sale rápido del aparcamiento.

Yo sigo unos minutos más sentada en el asiento de atrás. Me doy cuenta de que mientras follábamos han llegado un par de coches más que también tienen los cristales empañados. Veo también a un vigilante que se pasea entre los vehículos. Aún está lejos del mío. Bajo rápidamente, me pongo al volante y arranco.
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Antiguo 03-dic-2017, 20:03   #52
marilia
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Volveré una y otra vez a esta farola cada vez que reciba una señal o un parpadeo, aquí, al único hilo -sólo uno- que me ha quedado para sobrevivir. Qué evolución más grandiosa la mía desde el día que visitaste por primera vez mi hilo donde no hacía mas que mostrar, tonta y estúpidamente, tetas, curvas y culo. Reaccioné a tiempo e intenté 'otros medios de expresión ' que están dando muy buenos frutos en otros climas y lugares.
Me encantas lo que escribes, cómo lo escribes y expresas. Cualquiera que sea el tema, me encanta vivirlo y sentirlo contigo mientras lo cuentas. Volveré siempre que la farola parpadee...
Besos, preciosa
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Antiguo 05-dic-2017, 23:32   #53
Jukiro
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Ocho de diciembre, ocho de la noche.

Si fuera verano....................
.
Ya sabes que me gusta lo que escribes y como lo escribes, pero con algunos relatos, consigues ponerme cachondo, tanto fisicamente como mentalmente.
Muchas gracias por hacer que tus fantasias se conviertan en nuestras fantasias.
Elefant.

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Bajo el sol naciente....................seré tu Samurái y.......................moriré con honor si te deshonro.
Tu amor será mi patria.............tu palabra sera mi ley..............y tu desprecio sera mi castigo
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Antiguo 07-dic-2017, 11:13   #54
elefant
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Volveré una y otra vez a esta farola cada vez que reciba una señal o un parpadeo, aquí, al único hilo -sólo uno- que me ha quedado para sobrevivir. Qué evolución más grandiosa la mía desde el día que visitaste por primera vez mi hilo donde no hacía mas que mostrar, tonta y estúpidamente, tetas, curvas y culo. Reaccioné a tiempo e intenté 'otros medios de expresión ' que están dando muy buenos frutos en otros climas y lugares.
Me encantas lo que escribes, cómo lo escribes y expresas. Cualquiera que sea el tema, me encanta vivirlo y sentirlo contigo mientras lo cuentas. Volveré siempre que la farola parpadee...
Besos, preciosa
Tú hilo, el de Chicas, me pareció fascinante. No estabas haciendo nada tonto ni estúpido, pero sí que te estabas dando demasiado. Pero entiendo esa sensación y sé que es adictiva. Y tu hilo de Relatos también era bueno. Respeto que pruebes de aquí y de allí, que tomes tus decisiones.
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Antiguo 07-dic-2017, 11:16   #55
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Ya sabes que me gusta lo que escribes y como lo escribes, pero con algunos relatos, consigues ponerme cachondo, tanto fisicamente como mentalmente.
Muchas gracias por hacer que tus fantasias se conviertan en nuestras fantasias.
Elefant.

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Oye... Esto... A veces no son fantasías .
Me encanta que mis letras te hagan sentir. Me excita y me hace feliz.
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Antiguo 08-dic-2017, 11:47   #56
elefant
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Predeterminado No Es Un Relato Erótico


dadivaN
:.:.:.:.:.:.:.:.:



Pasan unos minutos de las doce de una noche de principios de diciembre. Desde el cielo, el pueblo entero se ve difuminado, como si una gran campana de vidrio ahumado lo cubriera. Pocos coches circulando en las calles, unos cuantos más en la autopista que transcurre por las afueras. Ya está helando. Las hierbas que crecen al lado de la riera tienen escarcha en las alargadas hojas y la luz de la luna la hace brillar como si fuera delicado cristal. Más de veinte mil personas están en su casa. En la cama, en el sofá del comedor, aún en la cocina recogiendo…

Veinte mil almas como hámsteres en una rueda. Siguiendo los horarios, las normas, los mandamientos de la ley de Dios. Durmiendo, comiendo, lavándose, copulando, leyendo, llorando, riendo, sobreviviendo. Un ronquido sordo e indefinido resbala sobre los tejados, una mezcla de ruidos. Motores de coches, maquinaria en las fábricas de los polígonos, los camiones que recogen la basura, la depuradora, miles de calderas… Todos los sonidos conforman un latido sucio, insano, bajo la turbia cúpula contra la cual se hace añicos la luz de las estrellas.

La calle Doctor Fleming está desierta a estas horas. La acera del lado norte brilla empapada de humedad. Bloques de pisos viejos, casas “de toda la vida”, tiendas y apartamentos nuevos. Se alternan sin orden ni concierto. Entre la construcción lujosa de un banco y la casa abandonada de Los Lirios, está el bloque de pisos más antiguo de la calle. El edificio debe tener unos sesenta años. Planta baja y dos más. Sin ascensor, sin parquing, sin esperanzas de llegar mucho más lejos.

Le hace falta mantenimiento, una reforma profunda, que alguien lo quiera. Pero lo construyeron sin gracia, con un enlucido que se desmenuza poco a poco, repintado siempre de color gris claro cada diez o doce años; alguna grieta que avanza errática por la fachada, como si una lagartija mojada en tinta se hubiera desplazado buscando el sol; unas ventanas pequeñas que parecen gafas de montura cuadrada para unos ojos muy cortos de vista; cuatro pequeños balcones como lenguas asomando de la boca, haciendo una mueca; y lo más preocupante de todo, una incipiente tendencia a imitar a la torre de Pisa, aún nadie se ha dado cuenta, pero recto no está el edificio, no…



BAJOS PRIMERA

Manuel, viudo, ochenta y dos años, aún está sentado en su butaca viendo la televisión, con el volumen del audio excesivamente alto. Cada día se acuesta más tarde. Piensa que eso está relacionado con las siestas cada vez más largas que duerme después de comer. Pero vive solo desde hace ya siete años, cuando Angelines, su esposa, murió de un infarto. Y le cuesta mantener una cierta disciplina. Ahora mismo no sabe ni qué canal tiene puesto. Sale gente que chilla, no los entiende, todos son jóvenes, parecen locos... Cuando por fin apaga el televisor y se dispone a realizar la difícil y larga maniobra de levantarse, quedar de pie, mantener el equilibrio y dar el primer paso; oye, a pesar de su sordera, que los vecinos de arriba ya están a lo suyo. Los chirridos de los muelles del colchón marcan el ritmo de los gritos de la mujer, que esparce sus orgasmos por el bloque casi cada noche. Manuel sonríe y piensa “ay si yo tuviera veinte años menos, aún podría dar guerra…”.

Él había sido viajante, representante de productos para el cabello, que iba ofreciendo a las diferentes peluquerías de la comarca. Era un hombre normalito físicamente, pero sabía hablar, halagar y convencer… Sus recuerdos cada vez más están bajo capas de pegajosa indefinición, como una camiseta de colores vivos que de tanto lavarla ya no se distingue el estampado; pero sus conquistas se contaban por decenas. Los días laborables la mayoría de hombres estaban trabajando, fuera del hogar, y las mujeres estaban solas, con ganas de salpicar la monotonía con una húmeda aventura; inocua, inconfesable, inolvidable. En el bloque todos le llaman “abuelo Manuel” aunque él y Angelines no tuvieron hijos y, por tanto, ni es padre ni mucho menos abuelo…



BAJOS SEGUNDA

Aquí dentro, sí, silencio. Sus habitantes, un matrimonio mayor, murieron hace un par de años, con muy pocos meses de diferencia entre el uno y el otro. Tenían un hijo, Eduardo María, que aún debe vivir, pero fuera del país. Hace mucho tiempo que no se lo ve por el pueblo, ni siquiera en los dos entierros. La vivienda duerme y espera que alguien venga a tomar posesión. Los recuerdos de toda una vida siguen aquí, deseando que alguien se los quede y los vuelva a amar como lo hacían Martín y Francisca. Pero saben que su final, con cada día que pasa, se hace más y más negro. En el recibidor, un montón de cartas reposan sobre el suelo. El cartero primero las dejaba en el buzón de fuera, y cuando ya no le cupieron, decidió deslizarlas por debajo de la puerta. Una ligera capa de polvo baña todos los muebles, los objetos, las fotografías, las cortinas, el terrazo… Como si buscara que al final todo desapareciera, invisible, intangible en la medida en que las cosas solo tienen valor y significado cuando alguien se los da, no cuando permanecen abandonadas.

La fotografía de la boda de Martín y Francisca reina orgullosa dentro del marco de plata, sobre el tapete de ganchillo, en la estantería central del aparador. Ahí dentro aún no ha llegado el polvo y la pareja joven mantiene eternas sus sonrisas, como si desde aquel día, el ocho de agosto de mil novecientos cincuenta y ocho, todo hubiera sido una balsa de aceite. Como en las películas que acaban con una boda y la promesa implícita de una felicidad duradera. Pero no fue el caso, no suele ser el caso casi nunca. Aunque esa pareja hizo girar la rueda, como todos los otros hámsteres, con ratos de todo. Las camas puestas, la cocina como si tuviera que llegar alguien a cenar. La luz de la luna, que se ha cansado de hacer brillar la escarcha, juega a dibujar sombras sobre el suelo del comedor, penetrando por la única ventana que tiene la persiana subida, porque se atascó justo una semana antes de la muerte de Martín y así se quedó. La cortina, que antes que amarilla fue blanca, se deja traspasar por la claridad, ondulándose bajo la argentada caricia.



PRIMERO PRIMERA

Mónica deja caer la cabeza sobre la almohada con un último gemido de placer. Desnuda, sudada, deshecha, cierra los ojos y traga saliva. Respira y sonríe. A su lado, Sergio, ya busca las sábanas y la manta para taparse, los ojos ya se le cierran. El despertador sonará a las seis en punto de la mañana y ya debe ser cerca de la una. Ella estira la mano y la deja caer con delicadeza sobre la cadera de él. Le dice que lo ama. Él también se lo dice. Después, un par de “buenas noches”.

Mónica piensa que quizás esta vez será la buena, quiere quedarse embarazada, les haría ilusión tener un hijo, ahora que los dos tienen trabajo, un hogar, un par de coches, la vida encarrilada. No llegan a la treintena, maestros que se conocieron en el trabajo, en el instituto de secundaria situado en el pueblo de al lado. Ya hace tres años que viven juntos. A Mónica le gustaría casarse, a pesar de que desde el principio los dos dijeron que no hacía falta, pero ella espera que Sergio se lo pida algún día, si puede ser, antes de ser padres.

Sergio ya hace días que medita la manera de plantearle a Mónica una separación temporal. Es un tema muy espinoso porque él no está enamorado de nadie más y todo lo que tienen lo han comprado entre los dos. Pero la idea se le ha infiltrado en el cerebro como un gusano viscoso, largo y frío, que le acaricia las neuronas lascivamente, impidiéndole pensar con claridad. Y encima, ahora, ella quiere ser madre. Y él, que siempre se ha dejado llevar, le sigue la corriente, y no paran de hacer el amor. Es consciente que debe tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde y la vida decida por él… Pero tiene tanto sueño…



PRIMERO SEGUNDA

Encarnación, soltera, enfermera jubilada, sesenta y siete años, ya hace rato que duerme. Cada día se va a la cama más temprano, alrededor de las diez ya le gusta estar entre las sábanas. Con el jaleo que hacen los del piso de arriba a la hora de acostarse, con los trillizos, carreras, gritos; y ella ni se inmuta, el ritmo de sus ronquidos se mantiene constante. Hace un par de meses que se cansa más, desde que se dedica a la “tarea”.

Ella sale a caminar cada día, por la mañana, una horita. Y ya hacía tiempo que había observado que los chiquillos de la escuela situada al final de la calle, no había día que no estuvieran chillando, con las caritas pegadas al alambre de la valla. “Señoraaaa, la pelotaaaa”, “La pelotaaaaa, señoooor”. Y la gente, según quién, no todos, se la devolvía por encima de la valla. Debía haber unas diez pelotas en el patio, en diferentes turnos, para diferentes edades; de goma, de cuero… Y, tarde o temprano, la desgracia… Un exceso de fuerza en la patada, demasiado efecto en la vaselina… Y la pelota corriendo libre por la calle, hasta que se detenía, mirando a los niños, ella libre, ellos encerrados, nada ella sin ellos, nada ellos sin ella.

Encarnación les había devuelto la pelota algún día. También había visto que mucha gente hacía como que no oía las demandas de ayuda y pasaba de largo. No siempre hay tiempo para pararse, a veces los niños gritaban a la gente que pasaba con el coche y, claro, no se detenían.

A principios de octubre, Encarnación, sin haberlo premeditado, se quedó “haciendo guardia” las dos horas en total que duraba el patio, entre infantil y primaria. Ese primer día devolvió cuatro pelotas. Cuando llegó a casa sí que reflexionó, por qué lo había hecho, y si volvería a hacerlo… No sacó nada en claro pero al día siguiente volvió… Disimulaba, se sentaba en uno de los cuatro bancos que había a lo largo de la calle. Hacía ver que leía, o que tomaba el sol, que iba a la suya… Pero estaba pendiente… Y tarde o temprano saltaba una pelota y los gritos de los niños subían de intensidad… Primero insultos, al que lo había hecho, después demandas de ayuda, enseguida la veían, una mujer en la calle. Y ella iba para allá y se la devolvía. Cuanto más pequeños son los niños, más sonríen y le dan las gracias. Los más grandes simplemente cogen la pelota y vuelven corriendo a jugar.

Ella es consciente de que su “afición” podría llamar la atención, de que podrían pensar que no está bien de la cabeza. Pero de momento ya lleva dos meses haciéndolo y se siente feliz, como si hubiera encontrado su sitio en una cadena que hasta hace poco ha estado huérfana, mal acabada. Los alumnos no se fijan en ella, ni tan siquiera se dan cuenta de que la mujer que les devuelve la pelota es la misma cada día. Ellos van a la suya, solo tienen ojos para esa cosa redonda, a veces roja, a veces desinflada.



SEGUNDO PRIMERA

Félix acaba de hacerse una paja escuchando los gemidos de la vecina de abajo. No lo puede evitar. Sus padres duermen en la habitación de al lado pero no cree que lo hayan oído. Ellos también deben escuchar esos gemidos que parecen tener consistencia, como jirones de saliva caliente flotando en el aire, pegándose a la piel… Ahora que ya se ha relajado, quiere pensar en las elecciones del veintiuno de diciembre. Será la primera vez que podrá votar. Cumplió dieciocho años hace tres semanas. Mañana tiene un examen pero cree que ya tiene el tema dominado, Mates, así que intenta reflexionar para ver a quién da su voto. Mientras no podía votar observaba el panorama político sin interés, con indulgencia. Pero ahora siente como una especie de responsabilidad. Y quiere hacerlo bien. Intenta aclararse, entre lo que él quiere, lo que le gustaría, y lo que ofrecen los partidos. Hace días que piensa en ello y siempre acaba con dolor de cabeza. Su padre ha intentado “aconsejarle” un determinado partido un par de veces. Y a Félix le ha dado rabia, porque él ya no es un niño y piensa que si al final no puede decidirse por ninguno, votará al partido que sea lo más contrario posible, ideológicamente hablando, al que le ha recomendado su padre. ¡Toma!



SEGUNDO SEGUNDA

Celestino y Carlota, los dos en paro, los dos sin oficio ni beneficio, acaban de meterse en la cama, agotados. Se hacen cruces del momento en que decidieron ser padres. “¿Qué coño pensábamos?” se dice Celestino una vez más. Todo el mundo piensa que Carlota siguió un tratamiento de fertilidad, porque los dos ya están cerca de la cuarentena. Pero no, nacieron tres criaturas por casualidad, sin saber bien los motivos, no hay un caso parecido en sus familias. Tres niños, de golpe. Y se habían acabado la tranquilidad y el poco dinero que les quedaba… Sí, claro que estando los dos en paro con tres niños de tres años tienen ayudas de la administración, pero nunca es suficiente…

Carlota piensa que esto de la maternidad está sobrevalorado, que si pudiera volver atrás no se dejaría convencer por Celestino. Le duele todo el cuerpo. Putas tres fieras que parió… Y mira que los quiere, eh, ya no podría vivir sin ellos… Pero cada noche, antes de dormirse, fantasea con la idea de viajar en el tiempo, de cruzar las piernas bien fuerte y no dejar que Celestino la penetre sobre la arena de aquella playa de la cual ya ni tan siquiera recuerda el nombre. Sí, está segura de que fue aquella noche…



SUBTERRÁNEO

El bloque de pisos no tiene parquing pero sí que cuando lo construyeron dejaron un pequeño subterráneo, de un metro de altura aproximadamente, como una especie de cámara de aire aislante de la humedad del terreno. Ahí abajo hay cables, cañerías y un nido de ratas. Rata, la madre, se mueve nerviosa por el escondrijo. Tiene un nido construido con trocitos de papel de periódico y cuatro crías que parió hace dos noches. Ha sido un parto tardío, no es precisamente diciembre una buena época para la reproducción, cuando el frío se vuelve más vivo y la comida escasea.

Hace unos minutos que Rata ha salido a la negra noche, a la zona de los contenedores, para ver si tenía suerte y alguien había dejado la bolsa de basura fuera de su sitio, o por si el camión, al hacer la recogida, hubiera dejado algún resto en el suelo. Pero no ha habido suerte. Solo la acera rezumando agua, el hielo en el aire queriéndola atrapar y el olor tentador de los restos que los humanos dejan ahí dentro, para que ella los pueda oler pero no catar. Las crías chillan y le hieren los oídos, vuelve al nido y cuatro bocas hambrientas le succionan la vida sorbo a sorbo.

. . . . . . . . .

Los días van pasando, tan iguales los unos a los otros que en ocasiones parece que el tiempo se haya atascado en un día helado de diciembre en que, por encima del latido infecto de siempre, se escuchan villancicos repetidos una y otra vez hasta la nausea. La noche resbala una vez más por los tejados, por las ramas desnudas de los árboles, por la calle que huele a orina de perro. El edificio que hace años que comenzó a inclinarse, aún imperceptiblemente, tiene casi todos sus miopes ojos iluminados. Es la noche de Navidad y los medios de comunicación insisten tanto en estas cosas que hasta los vecinos que viven solos, el abuelo Manuel y Encarnación, están preparando una cena especial, poca cosa, pero diferente…

Rata ha conseguido pasar del subterráneo a la portería a través del armario de los contadores. El olor que flota en la escalera le hace brillar los ojos de hambre. Ya sabe que en los Bajos poca cosa va a encontrar. El abuelo Manuel come como un pajarito y en la otra puerta no vive nadie. Sube los escalones con dificultad pero la esperanza de encontrar algún alimento le da fuerzas. Vaya, en el primer piso tampoco acaba de localizar el foco del aroma que la está enloqueciendo. Encarnación se ha hecho verdura hervida como siempre, será en los postres que hará un extra. Y la pareja de maestros han ido a casa de los padres.

Rata continúa subiendo, hasta el segundo piso. Uuuuuummmm sí, es aquí, aquí están los olores concentrados, la saliva le cae por los lados de la boca y moja el suelo ligeramente. En casa de Félix, que ya votó (en blanco), su madre está haciendo parrillada de pescado y también hay sopa de primero. Un hilo juguetón de fragante vapor se pasea por todo el piso, hasta que pasa por debajo de la puerta de la entrada y caracolea por las narices de Rata. Ella aprieta la nariz contra la puerta, pero no hay manera, no se abre. Al otro lado del rellano, en casa de los trillizos, entre chillidos y jaleo, golpes de bastón y ánimos a un tal Tió, el olor es de costillas de cerdo al horno… La madre de los niños abre la puerta de golpe, Rata baja rápidamente un par de escalones. La mujer va a casa de los vecinos a pedirles si tienen un sacacorchos. Rata continúa bajando los escalones, asustada, hasta que vuelve a estar dentro del armario de los contadores y de allí se deja caer al subterráneo de nuevo. Maldita sea. En el nido las crías están muertas desde hace días. Demasiado tarde para parir. Y ella también se morirá de hambre y de frío. Acerca el morro a los cables que cuelgan pegados a la pared, le hacen cosquillas en el hocico, como una especie de hormigueo. Sin pensárselo, abre la boca y la vuelve a cerrar con todas sus fuerzas, quizás será un buen alimento…

Se va la luz en todo el bloque. Silencio. Fuera televisiones, ordenadores, hornos, neveras, luces de Navidad con música (¿quién fue el sádico que las inventó?). En la escalera se oye como se van abriendo las puertas.

—¿Qué ha pasado? ¿Es general? –dice el abuelo Manuel desde los bajos.
—¿Tenéis luz, vosotros? –indaga Encarnación desde el primero.
—En la calle hay luz –dice Celestino desde el segundo con los tres niños abrazados a sus piernas, asustados por la repentina oscuridad.
—Pues entonces es algo nuestro –añade Félix, que está estudiando formación profesional en electricidad.
El chico empieza a bajar las escaleras con cuidado, iluminándose los pies con el móvil, hasta el armario donde están los contadores, pero allí no ve nada anormal.
—A estas horas no encontraremos a nadie que venga a solucionar el tema –dice el abuelo Manuel, que también está iluminando dentro del armario con una linterna.
—¿Y ahora qué? ¡Toda la comida a medio hacer!!! –exclaman casi al unísono las dos cocineras del segundo.
—Esto de la vitrocerámica es muy limpio y muy bonito, pero cuando se va la luz nos quedamos bien colgados –dice Encarnación mientras se pone un jersey sobre el camisón largo hasta los pies.
Hace un año que todos los vecinos instalaron placas vitrocerámicas aprovechando una oferta que les hicieron y, no nos engañemos, todos lo hicieron porque nadie quería ser menos que el otro.
—Sí, aquí la única vivienda que no tiene vitro es la de los Bajos Segunda y porque los dos ya habían fallecido cuando nosotros las pusimos... –añade la mujer.
Y sus palabras quedan flotando en la oscuridad, para que cada uno de los vecinos las asimile y piense, piense…
—¡Coño! –dice Celestino- En el piso deshabitado hay una cocina de butano, lo recuerdo.
—¿Qué insinúas? –pregunta su mujer- ¿Crees que aún habrá butano en la casa? ¿Quieres decir que podríamos entrar y acabar de cocinar los alimentos?
Y una vez más las palabras bailan, con letras de todos los colores por todos los rellanos de la escalera.
—Yo aún tengo un juego de llaves –dice el abuelo Manuel, Bajos Primera.
—Por entrar y mirar no pasa nada –añade Encarnación, Primero Segunda.
—Si hubiera butano, podríamos cocinar todos juntos, hacer una cena comunitaria, recuerdo la enorme mesa que había en el comedor –Félix, Segundo Primera, ya lo está viviendo.
—No podemos dejar que la comida se estropee, es Nochebuena –solloza Carlota, Segundo Segunda, mientras vigila que los niños no se caigan por la escalera.

Y como la vida es taaaaaaaan aburrida, como todos necesitamos vivir pequeñas aventuras de vez en cuando, como cualquier excusa es buena para chafardear en casa de los demás... Todos los vecinos del bloque se trasladan al Bajos Segunda. Llevan velas, linternas, escobas, bayetas, comida y bebidas. Cuando consiguen iluminar mínimamente el comedor y la cocina, comprueban que, efectivamente, la cocina es de butano y hay una bombona. Abren el gas y una llamita azulada besuquea la llamita amarilla de la cerilla que los dedos de Celestino sujetan cerca del fogón. Todos aplauden y se reanuda la cocción de los alimentos; se limpia el polvo de la gran mesa, de las sillas; se sacan manteles, servilletas, platos y cubiertos de los cajones. Sí que hace un poco de frío, sí que huele aún a cerrado. Pero son diez personas y enseguida se caldea el comedor con las puertas cerradas. Y en la cocina los aromas de la sopa, del pescado y del cerdo se esparcen dando vida al hogar olvidado.

Al cabo de una hora, hacia las once de la noche, todos están sentados a la mesa con la comida delante. Ríen, beben, brindan por los vecinos muertos. En el aparador, la luz anaranjada de las llamas de las velas, lame la fotografía de la boda de Martín y Francisca, dibujándoles sonrisas nuevas en los labios. Los trillizos, que a veces en el patio de la escuela lanzan la pelota fuera aposta para que Encarnación se la pueda devolver, se ponen a cantar el villancico que han aprendido en clase…

El taxi se aleja rápido calle arriba. Eduardo María deja la maleta en la acera y prueba las llaves que ha guardado durante tantos años. Viene directo del aeropuerto, hace doce horas que salió de Nueva Delhi. Por fin se ha decidido a volver a casa, aunque ya sabe que sus padres fallecieron, pero cree que alguien debe venir a poner orden, a recoger los recuerdos, a acabar de cerrar ese par de vidas que le dieron la suya.

Pues sí, la llave de la calle es la misma y Eduardo María se para sorprendido en medio del vestíbulo. No puede ser, todo está a oscuras, pero de debajo de la puerta de su casa sale luz, huele a comida y se oye gente festejando. Mira que se lo dijeron, eso de los ocupas, pero nunca pensó que le podría pasar a él… Se oye la voz de un hombre diciendo “Propongo un brindis por esta noche de Navidad que creo que nunca olvidaremos”.

Eduardo María saca el móvil y marca el número de la policía local, que espera que siga siendo el que tiene grabado desde hace tanto tiempo. Mientras, dentro de los Bajos Segunda, en la cocina, la goma que va de la bombona a los fogones, ha comenzado a liberar gas butano a través de pequeños poros que la humedad, la falta de uso y la súbita vuelta a la actividad han propiciado. Se oye un delicado susurro, como una serpiente que se va desenroscando poco a poco. Bajo el suelo de la cocina, en el subterráneo, tras la electrocución, el cuerpo de Rata está siendo consumido por las llamas, que han incendiado el nido y que se arrastran por los cables, hacia arriba, arriba…

Desde el cielo, el pueblo entero se ve difuminado, como si una gran campana de vidrio ahumado lo cubriera. Pocos coches circulando en las calles, unos cuantos más en la autopista que transcurre por las afueras. Ya está helando. Las hierbas que crecen al lado de la riera tienen escarcha en las alargadas hojas y la luz de la luna la hace brillar como si fuera delicado cristal. Más de veinte mil personas están en su casa. En la cama, en el sofá del comedor, aún en la cocina recogiendo… Veinte mil almas como hámsteres en una rueda.
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Genial, como todo lo que escribes.
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marilia
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El relato es tan sobrecogedor, la fuerza y la belleza de las imágenes que empleas son tan certeras que impactan de pleno, hielan la sangre. Me cuesta aún despegarme de ese panal que describes con tanta soltura y maestría, lo releo y me duelen la palabras. Cortocircuito emotivo. Me duelen hasta los besos.
Muchas gracias por tu generosidad, por hacernos viajar contigo en cada uno de tus relatos
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Genial, como todo lo que escribes.
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El relato es tan sobrecogedor, la fuerza y la belleza de las imágenes que empleas son tan certeras que impactan de pleno, hielan la sangre. Me cuesta aún despegarme de ese panal que describes con tanta soltura y maestría, lo releo y me duelen la palabras. Cortocircuito emotivo. Me duelen hasta los besos.
Muchas gracias por tu generosidad, por hacernos viajar contigo en cada uno de tus relatos
Muchísimas gracias a vosotros, por leer el relato y por dejar un comentario. Yo disfruté escribiéndolo y me hace feliz que pueda gustar a alguien más. La historia fue surgiendo mientras la tecleaba, podríamos decir que se escribió sola. Lo siento por Rata , le tocó el peor papel...
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Jukiro
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dadivaN
:.:.:.:.:.:.:.:.:



Pasan unos minutos de las doce de una noche de principios de diciembre. Desde el cielo, ................................


Joder, consigues que oigamos follando a Monica, el silencio del Bajos Segunda, el televisor de Bajos Primera, el alboroto de los trillizos.......
Tu manera de describir las imagenes, de dibujarnos en el cerebro lo que previamente a pasado por el tuyo, de borrar nuestro entorno para sumergirnos en el de los protagonistas es simplemente genial.
Gracias por tus regalos que nos transportan a otros espacios sin necesidad de siquiera pestañear.

Elefant.

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Bajo el sol naciente....................seré tu Samurái y.......................moriré con honor si te deshonro.
Tu amor será mi patria.............tu palabra sera mi ley..............y tu desprecio sera mi castigo
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Joder, consigues que oigamos follando a Monica, el silencio del Bajos Segunda, el televisor de Bajos Primera, el alboroto de los trillizos.......
Tu manera de describir las imagenes, de dibujarnos en el cerebro lo que previamente a pasado por el tuyo, de borrar nuestro entorno para sumergirnos en el de los protagonistas es simplemente genial.
Gracias por tus regalos que nos transportan a otros espacios sin necesidad de siquiera pestañear.

Elefant.

Muchas gracias a ti , por dejarte llevar, por tu tiempo y tu sensibilidad.

Siejque la Navidad inspira mucho...
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Antiguo 20-dic-2017, 12:57   #64
elefant
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Predeterminado En el bosque

Se me ocurrió comentar que yo cada año, unos días antes de Navidad, iba al bosque a recoger materiales para hacer el belén. Él se ofreció a acompañarme. Dijo que también haría un belén, como cuando era pequeño. A mí me pareció que lo hacía solo para ligar conmigo. Con la nueva de la oficina. Solo sabíamos nuestros nombres y poca cosa más. Se arriesgó mucho al ofrecerse. Le podría haber dicho que ya iba con mi marido… Pero después caí en que él era el jefe de Personal y tenía mucha más información de mí que yo de él. Sabía, por ejemplo, que yo no tenía marido…

Puse su nombre en el facebook. Salía. Con su mujer. Con dos hijos adolescentes.

Dudé, quizás sí que solo quería recoger musgo para hacer el pesebre de su casa… Pero entonces iría al bosque con su familia, no conmigo…

No comenté el tema con ninguno de mis compañeros. Comprendí que aquello era mejor no airearlo. Y estuve hasta el último minuto tentada de cancelar el encuentro. Pero ya sé que en este tipo de discusiones entre varias partes de mi cuerpo, no suele salir triunfador el cerebro…

Así que llegó el sábado por la mañana y a las diez en punto allí estaba él, delante de la puerta de mi casa, vestido como si fuéramos a atravesar los Andes…

Me dijo que mejor que fuéramos en su coche, un todo-terreno que no era el vehículo que traía al trabajo.

Solo subir, mi mala leche se impuso y le dije: “¿Qué le has dicho a tu mujer?”

Él, primero no respondió, salió del aparcamiento, condujo despacito hasta el final de la calle y en el stop giró la cara, me miró a los ojos y dijo “Si vamos a hablar de mi mujer, será mejor que te bajes aquí mismo”.

Si me hubiera bajado no tendríamos relato… Así que no, no me bajé y el ganó el primer asalto…

Estaba nublado y no hacía frío. Le guié hacia la zona en la que yo solía recoger el musgo, los trocitos de romero, las bellotas, el tomillo, las piedrecitas…

Aparcó el coche en un claro entre varios pinos y cada uno con su cesta nos metimos entre las estepas y las genistas. Olía de maravilla.

En el coche habíamos hablado de todo un poco, pero sin profundizar. Una vez en el bosque permanecimos en silencio. Yo me preguntaba cuándo atacaría él…

Me agaché a romper unas ramitas de romero, cuando me incorporé él se pegó detrás de mí, sus brazos rodeando mi talle… Llevábamos tanta ropa que nuestras pieles no se tocaron en ninguna zona. A mí me entró la risa y él me soltó. Me di la vuelta.

Me recordó a un niño, entre expectante y asustado. En aquel momento me di cuenta de que a pesar de lo lanzado que había sido hasta el momento, no parecía estar acostumbrado a hacer esas cosas. Quizás lo había intentado… pero estas “aventuras” no siempre salen bien…

Me preguntó que por qué me reía… Le dije que llevábamos demasiada ropa… Dejé el cesto en el suelo, me abrí la trenca, el jersey y la camisa. No llevaba sujetador. Entre tantos pliegues de ropa aparecieron mis tetas que se estremecieron al contacto con el aire de invierno.

Él me imitó, pero llevaba camiseta y se la tuvo que arremangar por encima del pecho. Nos volvimos a abrazar, de cara, los pelos de su pecho cosquillearon mis pezones y nuestras carnes se juntaron…

Busqué sus labios y le di un beso fugaz, me aparté, para que me buscara él a mí, lo hizo, con fuerza, nuestros dientes chocaron, su lengua apareció rauda, penetrando mi respiración. Sus manos frías se metieron entre la ropa, subiendo por mis costados, me atrajeron más hacia él.

En aquel momento se oyó el motor de un coche, una conversación lejana… Y nos separamos para internarnos más en la espesura. Hasta que llegamos a un claro en el que no se oía más sonido que nuestras respiraciones agitadas.

Yo no sabia exactamente cómo proceder, ni él decía nada... Me volvió a abrazar, besó mi boca, mi cuello, succionó mis pezones y los mordió ligeramente… Yo empecé a jadear. Mis manos palparon su bragueta y él dijo “No puedo más”.

Yo no quería tumbarme en el suelo, así que me bajé los pantalones y las bragas hasta los tobillos, le di la espalda y me agarré a una encina que crecía un poco torcida. Me incliné, ofrecida, mientras le oía afanarse con la cremallera, los calzoncillos, el preservativo…

Se pegó de nuevo a mí, su pene en mis riñones, sus manos en mis tetas, las mías sintiendo la vida del árbol correr por debajo de la áspera corteza…

Su mano derecha bajó entre mis piernas, acarició mi coño mojado, lo espachurró y lo penetró, después se fue al clítoris, donde su dedo índice empezó a danzar en círculos…

Levanté más el culo, su pene estuvo unos segundos presionando en la entrada de la vagina y después entró enteró, resbalando en mi calor.

Mientras me follaba sin prisas, regodeándose en cada movimiento, no pude evitar pensar en lo complicados que somos los seres humanos. Pensé “tengo mi casa, hay hoteles… y aquí estamos, como dos animalillos”. Y pensar eso me provocó el primer espasmo de placer.

Su dedo me masturbaba bien pero decidí relevarle, para que él pudiera disponer de las dos manos para agarrarme… Pero él aprovechó que lo tenía mojado para meterme primero la puntita, y después el resto, en el culo.

Empecé a sudar, mi clítoris parecía tener vida propia, moviéndose bajo la yema de mi dedo, mis caderas bailaban al ritmo que marcaba la pelvis de él. Me iba a correr ya. Se lo iba a decir. Pero una vez más se oyeron voces. Lejos, pero había más gente en el bosque…

Así que apreté los labios y dejé que el orgasmo estallara mudo en mí. Fue como intentar retener el tapón de una botella de champán cuando ya ha empezado a salir. Efervescente. Imparable. Mi vagina atrapó su polla, la expulsó, la volvió a atrapar… Toda yo temblaba y me agitaba y le notaba a él, haciendo equilibrios, para aguantarme, para seguir poseyendo mis dos agujeros.

Hasta que empezó a correrse también y a gemir y yo le dije “En silencio”. Y él siguió danzando detrás de mí, dentro de mí, callado, tragándose su saliva, temblando pegado a mi culo…

Le dije que el preservativo ya me lo llevaba yo, que en el campo no se tiraba nada. Y volvimos al coche. No nos cruzamos con nadie. Al final yo hice un belén precioso. En el trabajo oí que él decía que en su casa solo ponían árbol…
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marilia
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Se pegó de nuevo a mí, su pene en mis riñones, sus manos en mis tetas, las mías sintiendo la vida del árbol correr por debajo de la áspera corteza…
Uno de los lugares que más estimulan mi libido es follar en contacto directo con la naturaleza. Me ha hecho recordar el bosque de mi adolescencia, umbrío y húmedo por la neblina del acantilado. El crujir de las agujas de pino en la espesura de los helechos gigantes y mi joven profesor arremangándose la sotana...

Una gozada leerte.
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guxlopez
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Pero ya sé que en este tipo de discusiones entre varias partes de mi cuerpo, no suele salir triunfador el cerebro…
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Buenas, elefant and family!
A ver, anfitriona, 5 cosas:
1) Tenía ganas de un poco de literatura erótica, me di cuenta hace unos pocos días. Casualidades mágicas?
2) Se te lee fácil y creo eso que es una virtud
3) Me imagino la situación , y eso me facilita el disfrute
4) El sentido del humor final es como la canela de un buen arroz con leche
5) La quinta cosa se me ha olvidado

Empecé por el final, como dicen a veces que hacen las buenas películas, y la tuya de momento parece que me encanta, así que próximamente me iré al principio
De momento no se me ocurre otra cosa que
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Pensemos en verde...
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guxlopez
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Escribes de vicio, elefant
He leído las 3 primeras historias. Mis favoritas, la primera y la tercera.
Vaya descojone con la de las hormigas negras y con los comentarios que despertaste
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Uno de los lugares que más estimulan mi libido es follar en contacto directo con la naturaleza. Me ha hecho recordar el bosque de mi adolescencia, umbrío y húmedo por la neblina del acantilado. El crujir de las agujas de pino en la espesura de los helechos gigantes y mi joven profesor arremangándose la sotana...

Una gozada leerte.
La gozada es leerte a ti, aunque sea en un simple comentario, que levanta imágenes hermosas y a la vez turbadoras dentro de mi cabeza.


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Buenas, elefant and family!
A ver, anfitriona, 5 cosas:
1) Tenía ganas de un poco de literatura erótica, me di cuenta hace unos pocos días. Casualidades mágicas?
2) Se te lee fácil y creo eso que es una virtud
3) Me imagino la situación , y eso me facilita el disfrute
4) El sentido del humor final es como la canela de un buen arroz con leche
5) La quinta cosa se me ha olvidado

Empecé por el final, como dicen a veces que hacen las buenas películas, y la tuya de momento parece que me encanta, así que próximamente me iré al principio
De momento no se me ocurre otra cosa que
De todos los relatos que hasta ahora he puesto aquí, hay uno, el penúltimo, que no es erótico. A lo mejor me equivoco, pero yo creo que te va a gustar (eso espero ).

(ojalá haya sido una casualidad mágica y no una casualidad vulgar y corriente )

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Escribes de vicio, elefant
He leído las 3 primeras historias. Mis favoritas, la primera y la tercera.
Vaya descojone con la de las hormigas negras y con los comentarios que despertaste
Si es que algunas de mis fantasías, puestas en letras, son para reirse . Pero si te metes bien en situación... uuuummmm a mí me proporcionan muy buenos orgasmos .
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Antiguo 21-dic-2017, 20:24   #69
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Le dije que el preservativo ya me lo llevaba yo, que en el campo no se tiraba nada. Y volvimos al coche. No nos cruzamos con nadie. Al final yo hice un belén precioso. En el trabajo oí que él decía que en su casa solo ponían árbol…
Gluuuuppp ¡¡¡¡¡¡¡

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Gluuuuppp ¡¡¡¡¡¡¡

Seguro que los Reyes le traen carbón .
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Antiguo 22-dic-2017, 10:05   #71
elefant
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Predeterminado Me puede el espíritu navideño jajaja

Hace tres años que Estrella vive en una pequeña casa a las afueras del pueblo, desde que se separó de su marido y emprendió el camino sola. Al principio le costó acostumbrarse a la tranquila vida del pueblo en comparación con el bullicio estresante de la ciudad, pero a los pocos meses se dio cuenta de que ese era “su lugar”.

Este año está más feliz que nunca porque su hermana, su cuñado y los tres niños van a venir a pasar las navidades a su casa. Ellos ya la han visitado anteriormente pero esta vez Estrella quiere sorprenderles con la decoración de Navidad, sobre todo a los pequeños.

Faltan ya pocos días para nochebuena y, aprovechando que es sábado y no tiene que trabajar, Estrella sale después de comer a recoger cosas para preparar el belén y los adornos. Muy cerca de su casa empieza el bosque que después ocupa más de media comarca.

Ella toma el sendero que pasa al lado de las últimas construcciones y que después discurre unos metros al lado de un riachuelo para al final adentrarse en la espesura de pinos, alcornoques y algún madroño.

Ha comido tarde y piensa que no tiene mucho tiempo antes de que anochezca. Camina rápido y siente como el aire gélido que baja de las cumbres nevadas le corta la piel. Pero una vez dentro del bosque la temperatura es agradable. Los rayos del sol, que penetran oblicuamente hacen que las sombras de los troncos de los árboles se alarguen sin fin, mientras que en los claros de luz el musgo brilla húmedo.

Estrella recoge líquenes, brotes de rusco, piñas, alguna ramita de madroño con sus apetitosos frutos maduros… Lo va poniendo todo en una enorme cesta de mimbre.

El bosque está silencioso a esa hora de la tarde, justo antes de que caiga la noche, se respira paz y Estrella se siente relajada. Huele a pino, a tierra húmeda, a sabia y a musgo. Oye un leve ruido en las ramas de un alto pino y alcanza a ver la cola de una ardilla que se oculta rápidamente.

Estrella se agacha a recoger unas cuantas bellotas y se da cuenta de que las sombras cada vez están menos marcadas. Alcanza a ver entre las ramas un retazo de cielo, que ya no es azul, sino negro y una delicada línea roja que resigue el perfil de las lejanas montañas. Se le ha hecho de noche en el bosque, enfrascada en la recolección.

Así que emprende el camino de vuelta sabiendo que no va a ser fácil dar con el sendero, pero sin asustarse. Aunque pasó muchos años en la ciudad, ella se crió en un pueblo y había pasado más de una noche en el bosque, acampada con los amigos. Va bien protegida contra el frío y es joven, anda con precaución para no resbalar mientras vuelve a deleitarse con la calma reinante.

Estrella tiene treinta años pero aparenta menos. Su figura aún conserva el aire juvenil. Delgada y esbelta, con largas piernas y pechos pequeños y firmes. Lleva el abundante y negro cabello recogido bajo un gorro que confeccionó ella misma y no se cansa porque está acostumbrada al ejercicio diario en el gimnasio, donde es monitora. Pero cuando ya lleva más de media hora dando vueltas entre los árboles sin reconocer el camino de vuelta se siente desanimada. Saca su móvil del bolsillo, no hay cobertura, y aunque podría hacer una llamada a emergencias, su orgullo se lo impide. Sabe que sería tema de cachondeo durante semanas.

Llega a un claro donde uno de los árboles tiene el tronco mucho más grueso que los demás, con un agujero redondo de unos veinticinco centímetros de diámetro a un metro y medio de altura del suelo. Ella lo mira curiosa, piensa que será la casita de algún bicho, pero el agujero es muy grande y parece tener luz en su interior. Desconcertada, se acerca más, se pone de puntillas, intenta mirar dentro…

Y sin saber cómo, Estrella entra dentro del tronco del árbol a través de ese agujero, aterriza de bruces en el suelo de madera. Está en una especie de salita semicircular, en la que cabe de pie, el suelo y las paredes son del tronco del pino.

Estrella no entiende lo que está pasando, o el árbol ha crecido mucho o ella se ha hecho muy pequeña, pero de pie en esa “sala” no solo está ella, también hay dos chicos que la miran tan sorprendidos como ella.

Una pequeña lámpara de aceite ilumina la estancia. Arrimadas a las paredes hay pilas de nueces, avellanas y piñones, también agua en unos cuencos que parecen hechos de barro. Y en medio de la estancia lo que parece una cama, redonda, hecha de la misma madera que el árbol y surtida con varias mantas.

Huele a resina y a los frutos secos.

“Hola” dice uno de los chicos y Estrella da un respingo y un paso atrás. Pero el chaval tiene una mirada tan dulce y una sonrisa tan ingenua que rápidamente ella también sonríe y le devuelve el saludo.

Los dos chicos deben tener veintipocos años, van los dos vestidos de verde, con unos pantalones ajustados y unas camisetas de manga larga. Uno es rubio y el otro pelirrojo.

Estrella se da cuenta de que son guapísimos pero sus orejas son más grandes de lo normal y acabadas en punta. Piensa que quizás está soñando, no entiende nada.

Los dos hombres se le acercan más, uno por delante de ella y el otro por detrás. La abrazan. Ella se siente segura, sabe que no le harán daño.

Uno le quita el gorro, el otro el anorak, la vuelven a abrazar. Uno la besa en los labios, el otro en la nuca. Y cada vez la abrazan más fuerte y Estrella siente sus pollas duras apretándole sobre el pubis y en el culo.

Querría pedir más explicaciones, quiénes son, qué hacen allí, pero los labios del rubio le sellan la boca, los dientes del pelirrojo la muerden y le encienden el deseo.

La llevan hacia la cama, ella misma se acaba de desnudar y se tumba sobre las suaves mantas, el ambiente es cálido dentro del tronco del árbol.

Los chicos se desnudan de pie, el uno al otro, delante de ella. Se abrazan entre ellos dos, se besan en la boca, sus pollas erectas rozándose…

Estrella nunca ha visto antes a dos hombres teniendo sexo, lo que está viendo la pone aún más caliente, separa las piernas, se acaricia el coño que lleva completamente depilado, pasa un dedo por su resbaladiza raja y sigue mirando a los dos chicos.

Al final ellos se sitúan uno a cada lado de ella.

Estrella piensa que parecen expertos amantes y a la vez conservan cierta ingenuidad en sus gestos, llenos de ternura y delicadeza. La besan los dos. Un beso a tres. Las lenguas frotándose lentamente, las barbillas llenándose de saliva, mientras las manos de ellos acarician los pechos de ella, pellizcan los pezones. La mano del otro se hunde en su vagina, penetrándola primero con un dedo, después dos, tres…

El pelirrojo se sitúa sobre ella y la penetra lentamente. Estrella separa las piernas, arquea la espalda, mueve sus caderas al ritmo que marca él.

El otro chico se sitúa sobre la cara de Estrella, una rodilla a cada lado de la cara. Ella ve como le cuelgan los huevos a pocos centímetros de su cara. El chico mete su polla en la boca del que la está follando. Así que ella levanta un poco la cabeza y empieza a lamerle los huevos.

Hasta la boca de Estrella llega la saliva del otro que está haciendo la mamada y que a la vez la folla, despacio, con golpes fuertes.

Al cabo de unos minutos hay un cambio de postura, ella se pone a cuatro patas y la penetra el otro chico, mientras que el que se la estaba follando se sitúa delante de ella y le mete la polla en la boca.

Estrella reconoce el sabor de su coño en la verga del chaval. Chupa con fuerza, hasta que él le pide calma, pero es que ella está a punto de correrse, ya no puede mantener ritmos ni sabe muy bien qué hace.

El que se la está follando aumenta la velocidad de las embestidas, le acaricia el ojete con un dedo, le da unos cuantos manotazos en las nalgas. Y Estrella tiene que parar de chupar, expulsa la polla de su boca para no morderla, porque el orgasmo que la sacude es muy fuerte, aprieta los dientes, cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás… Grita, mientras nota como su coño se derrite en miel ardiente.

Cae de costado sobre las mantas, mientras observa como los dos chavales hacen un sesenta y nueve que dura pocos minutos, eyaculando cada uno en la boca del otro.

Después, situando a Estrella en medio, se acuestan juntos, cubiertos con las mantas, mientras el aceite de la lámpara se consume hasta que ya no hay llama.

Estrella se despierta a medianoche, primero no sabe dónde está, después recuerda todo, sigue estando desconcertada, pero encantada de estar allí.

La oscuridad no es completa, por el agujero en la pared entra luz. Ella se levanta, cogiendo una de las mantas para cubrirse, y mira hacia fuera.

Ahora el bosque tiene más luz que antes, la luna llena brilla por encima de las copas de los árboles sembrando el suelo de gris y plata. Sigue reinando el silencio y en algunos claros que no están protegidos por las ramas se acumulan pequeños copos de nieve. Un hermoso zorro pasa sigilosamente y desaparece detrás de unas matas.

Estrella sonríe y vuelve a la cama, pensaba que ellos dormían, pero la reciben apretándose contra su cuerpo, con los penes nuevamente duros, susurrándole palabras que ella no entiende pero que suenan tan bien… Algo así como “Feliz Navidad”.
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marilia
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Feliz Navidad, preciosa... me hubiese encantado escribirlo yo para estar en el corazón del árbol y debajo de esas mantas
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Antiguo 22-dic-2017, 12:52   #73
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Feliz Navidad, preciosa... me hubiese encantado escribirlo yo para estar en el corazón del árbol y debajo de esas mantas
A veces, cuando me acuesto, imagino que soy una ardilla que está dentro de su casita en el hueco de un árbol, que el bosque está silencioso, que tengo provisiones en mi guarida y que fuera empiezan a caer copos de nieve .
Feliz Navidad para ti también. Espero que lo pases bien y en buena compañía.
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dadivaN
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La clavaste!
Me encanta
Y para mí sí es erótico, o mejor diría que desprende erotismo. El erotismo -como tantas otras cosas- no tiene casa única, creo
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guxlopez
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…Algo así como “Feliz Navidad”.
Pues eso, Feliz Navidad!
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