Antiguo 09-feb-2018, 08:32   #201
elefant
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Predeterminado Las revistas

La primera vez que tuve en mis manos una revista porno…

Los tiempos han cambiado mucho y muy rápido, se supone que para mejor… Pero no me gustaría nada despertarme al sexo en este mundo de hoy, en el que todo lo que no sé y me gustaría saber está a unas pocas teclas de distancia. No hay secretos, ni dudas, ni tabúes, ni intriga… ni morbo. Porque cualquier cosa que se me ocurra, estará en la red.

Pero hace veinte años no era tan fácil.

Yo estaba casada, aún no habíamos tenido hijos, vivíamos al ritmo que marcaban nuestros respectivos trabajos, sin más preocupaciones que decidir el destino de nuestras vacaciones o el color de la pintura de las paredes del comedor.

Pero dentro de mí ya había una llamita, unas ganas de “no se qué” que me empujaban a comprar libros de literatura erótica, a dibujar desnudos de mujer… El sexo con mi pareja estaba bien pero mi cerebro estaba empezando a andar por otro lado…

Él viajaba frecuentemente. Era entonces cuando yo me sentía “traviesa” y aprovechaba para masturbarme, para andar desnuda por casa, para completar mi colección de la “Sonrisa vertical”, para tomar el sol abierta de par en par en la terraza…

No compartía con nadie esas travesuras. Eran cosas “solo mías”.

En alguna ocasión había ojeado alguna revista de desnudos, nunca una porno. Mi marido me había comentado que él sí que las había tenido pero que las tiró hacía tiempo.

Empecé a “planear”. Quería comprar una revista porno, que fuera mía, tenerla guardada, mirarla cuando yo quisiera, excitarme…

En el pueblo había quioscos pero ni loca me atrevía a ir allí a comprar una revista de esas.

Me fui al pueblo de al lado. Allí había un quiosco en medio de la plaza, el cual descarté. Después había uno en una calle un poco apartada del centro. Era un garito instalado en lo que anteriormente seguramente fue un garaje. Abierto a la calle y a la vez oscuro y cutre en el interior. El quiosquero siempre sentado detrás del montón de revistas expuestas.

Tenía un plan. Comprar revistas de temas diversos. Como si estuviera comprando para la consulta de un dentista, por ejemplo. Cogí una revista de coches, otra de jardinería, una de actualidad rosa y… Mis ojos iban una y otra vez a la esquina derecha del expositor. Allí, medio tapadas unas con otras estaban las que yo quería. En las portadas se veían tetas, muslos…

Me temblaba la mano cuando la extendí, cogí la primera que me salió al paso y le di el montón entero al quiosquero para que me cobrara.

Sabía que me había puesto roja, tenía la mirada baja y notaba la humedad en mis bragas.

El quiosquero era un hombre de unos cincuenta y pico años, bajito, regordete, moreno de piel, casi completamente calvo. Parecía medio dormido, aplatanado por el aburrimiento. Me dijo el importe total mientras me devolvía las revistas con la porno puesta encima de todas. Pagué y salí de allí pitando, metiendo la porno entre las otras.

Llegué a casa casi sin respiración. Dejé las revistas sobre la mesa. Estaba sola y lo estaría durante una semana. Me moría de ganas de ojear lo que al final resultó ser un Penthouse. Pero aguanté, solo de pensar en ver los coñitos allí fotografiados se me ponían los pezones duros. Pasé todo el día haciendo cosas en la casa, a cada hora que pasaba mi grado de excitación aumentaba. Sentía que había hecho una travesura y que iba a hacer otra más gorda.

Después de cenar, vestida ya con el camisón, sin nada debajo, me senté en el sofá y abrí la revista… Disfruté de su tacto, las páginas nuevas, lisas… El olor de la tinta, del papel inmaculado. Su peso en mi regazo…

Había mujeres fotografiadas. Todas preciosas. Todas con el coño depilado. Todas enseñando los agujeros de su coño y de su culo.

Ahora tenemos eso cada día, pero yo, eso, no lo había tenido antes en un solo día de mi vida. Mis ojos se recreaban en los labios mayores, perfectos, regordetes, sin un solo pelo. Los labios menores, algunos húmedos, ondulándose como pequeñas y sabrosas anchoas. Los agujeritos, unos cerrados, otros obscenamente expuestos por dedos de uñas largas y rojas que tensaban la piel…

Había una foto en blanco y negro de una modelo alemana, mirando a cámara, bellísima, seria, como si posara para una revista de ciencia. Mirada inteligente, sobria… Y después, si seguías paseando los ojos por la foto te topabas con su coño gordo y ofrecido, su ojete oscuro…

Cerré la revista, la escondí…

Y me fui a la cama, a tocarme. Nunca me he tocado con una revista delante. Las fotos solo me proporcionan las imágenes que después yo incorporaré a mis fantasías masturbatorias.

Así que apagué la luz, no me tapé. Tumbada boca arriba, las rodillas un poco levantadas, las piernas separadas… Mi mano derecha descendió por mi pubis como una serpiente dispuesta a tomarme…

En mi fantasía, la modelo de la foto en blanco y negro posaba para un fotógrafo y todo su equipo. Era todo muy profesional, hasta que alguno de los tíos no podía más y se abalanzaba sobre ella. Ella intentaba huir pero alguien había cerrado la puerta con llave.

Corría por la habitación, con unas sandalias negras de tacón alto y afilado, a punto de resbalar. Sus tetas bamboleándose…

Los hombres, todos, unos seis, se acercaban poco a poco a ella. Diciéndole que no le iban a hacer daño, que solo la iban a acariciar, que le gustaría… Ella resbalaba, se caía, quedaba en el suelo, abierta, el agujero de su coño mojado… Y eso era una invitación para que todos se acercaran a ella…

Bueno, no voy a seguir con la fantasía, era más larga, pero la primera vez ya me corrí en ese punto. La segunda vez alargué un poco más. Cuando iba por la quinta paja ya me escocía el clítoris y tenía la mano medio dormida pero aguanté hasta que el orgasmo estalló una vez más. Estaba mojando las sábanas, podía oler mi flujo e incluso llegué a pensar que tenía fiebre…

Después de esa primera vez, vinieron otras, era como una droga, una necesidad. Pero tenía que aguantarme, retenerme, no podía ir demasiado seguido al quiosco. Esperaba que el hombre no se quedara con mi cara… Pero supongo que sí, que se fijaba, porque yo debía ser la única mujer que le compraba esas revistas guarras.

Un día de diciembre en que llovía y la luz era escasa a pesar de que era mediodía, me acerqué al quiosco. El quiosquero tenía sentado al lado a otro hombre, más o menos de la misma edad que él.

Me di cuenta de que mientras yo iniciaba mi “operación de disimulo” cogiendo revistas “serias”, el quiosquero le dio un codazo al otro, los dos se rieron y me miraron descaradamente. Enrojecí, me morí de vergüenza. No cogí ninguna revista guarra esa vez.

Pero cada vez que me quedaba sola en casa volvía a pensar en el quiosco. Tenía ya tres o cuatro revistas “acumuladas” pero quería ver “carne fresca”. Y eso que ni siquiera eran revistas con actos sexuales explícitos. Solo desnudos, casi todos femeninos, y algunas poses de parejas pero sin sexo real.

Pensé en ir a comprarlas a otro sitio, pero me parecía que llevaba una flecha fluorescente encima de mi cabeza que decía “miradme, soy una guarra pajillera”. No podía ya ir a otro lado pero ir donde siempre significaba compartir mi secreto con el quiosquero. Porque ya no colaba eso de que compraba revistas para una consulta…

Llegó una primavera y mi cuerpo estaba revolucionado. Mi marido dijo que tendría que estar fuera el fin de semana para un cursillo. Ahora suena muy sospechoso. En aquellos momentos no pensé mal, solo quería que se largara para conseguir una nueva revista.

Fui al quiosco vestida como si fuera monja. Pantalones largos anchos, camiseta negra igualmente ancha. Para que el quiosquero no pensara que era puta, para que no pensara lo que no era, para… ¿A quién coño quería engañar?

Ese día fui directa al lado derecho del expositor. Cogí tres revistas diferentes, todas guarras y se las tendí al hombre. Al cogérmelas de las manos, sus dedos rozaron los míos, sus yemas calientes acariciaron la piel entre mis dedos. Me hizo cosquillas, me estremecí entera… Salí a paso rápido después de pagar.

Cuando ya estaba “saciada” me decía que no iba a volver, que estaba haciendo el ridículo. Pero pasaban los meses, era como si todo fuera nuevo, como si esperara que el quiosquero no tuviera memoria si yo misma no la tenía, intentaba no tenerla…

Llevaba con ese juego unos dos años y en realidad aún no había ojeado una auténtica revista pornográfica.

Un día había varios clientes en el quiosco. Esperé a que se fueran todos. Disimulé mirando revistas del corazón. Cogí un par y cuando me disponía a coger la que a mí me interesaba vi que ese rincón estaba vacío.

“Ahora las tengo en ese cuartito” me dijo el quiosquero.

Señaló a su izquierda. Una pequeña habitación de unos cinco metros cuadrados. Todo un expositor lleno de revistas porno. No de desnudos. De porno.

Para entrar ahí tenía que rodear el expositor grande, pasar por el lado del quiosquero…

Sentía la mirada de él sobre mí. Él sabía que yo estaba sopesando qué hacer. Si entrar y aceptar ante él ya de una vez que era una guarra redomada o irme y hacerme la digna.

El quiosquero sonreía. No decía nada. Me seguía mirando. Y yo me moría de ganas de entrar en el cuartucho pero dije que NO. Me llevé las otras, ante mi decepción y la de él.

Pero volví.

Una vez en casa me torturaban las imágenes de las portadas que había visto ahí dentro. Penes erectos penetrando coños jugosos, pollas corriéndose sobre culos perfectos, mujeres besándose entre ellas, uniendo sus lenguas…

No había pasado ni una semana cuando aparecí de nuevo ante el quiosquero. Tenía pensado actuar como siempre, coger tres o cuatro revistas y después entrar dentro y llevarme otro par de “esas”.

Solo dar los buenos días el quiosquero se puso de pie y posó su mano sobre su bragueta. Me di cuenta de que se le empezaba a formar un bulto.

No es que yo fuera tonta, no es que no reflexionara, no es que no me diera cuenta de las cosas… Es que quería ver lo que había dentro de esas revistas…

Es que cada vez que iba allí ya salía con el coño mojado de casa.

Es que hacer eso me hacía sentir viva y puta.

Es que era una cosa oculta, sucia, que me hacía sentir mal y que me hacía sentir muy bien…

Ya que el quiosquero se mostraba tan explícito, desistí de coger las revistas “tapadera”. Rodeé el expositor, pasé por el lado del hombre sin rozarlo y me metí en el cuartucho.

Yo estaba colapsada mirando las portadas, controlando al quiosquero y su bulto, cuando llegó el amigo del quiosquero. Me di cuenta de que intercambiaban miradas que no supe interpretar.

El amigo entró en el cuarto también. Hizo como que ojeaba una revista. La abrió bien. Tenía como un póster central. Una tía mamándole la polla a un negro. El hombre puso la imagen delante de mí. Su mirada en mi cara. Esperando mi reacción.

Yo tenía miedo, sentía asco… Y sabía que más tarde me masturbaría imaginando una escena en ese cuarto, con una tía buena y el quiosquero y su amigo y quizás algún cliente más…

Cogí cuatro revistas, salí del cuarto esquivando el cuerpo del amigo, se las di al quiosquero que me guiño un ojo, pagué y me fui con la cabeza baja, ardiendo toda.

No volví nunca más. Internet llegó a mi vida un poco después.

Pero esas cuatro revistas auténticamente pornográficas dieron para muchas pajas, siguen dando…
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Antiguo 09-feb-2018, 11:15   #202
nose
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Predeterminado Sin palabras

Vaya maravilla de historia. Desprende sensualidad y morbo como cada una de las historias que nos cuentas; como tú. Además las "basadas en hechos reales" son aún más excitantes y si te han ocurrido a ti... son simplemente increíbles.
Espero que sigas contándonos más de tus vivencias.
Un beso.

PD: Me has dejado con las ganas de saber cómo seguía la fantasía de la modelo.
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Antiguo 09-feb-2018, 15:31   #203
empareja2
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[quote=elefant;7345969]La primera vez que tuve en mis manos una revista porno…

Me gustan tus relatos, tu forma de contar sin esconder nada, recordándonos , como en este relato, vivencias que otros hemos tenido y que nunca podríamos contar como tú lo haces.


Ele.
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Antiguo 09-feb-2018, 18:39   #204
elefant
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Empezado por marilia Ver Mensaje
Me estremecí cuando una a la otra se miran y encuentran. Si uno/a se decide a mirar a los ojos de alguien, desde el principio da inquietud y miedo, se siente uno/a nervioso/a, pero luego descubres a la persona, y al descubrirla, te dejas descubrir por ella. Qué hermoso ese beso labiomental entre ellas! y menudo festín de "chuchi" a pelo y sin palillos
Cita:
Empezado por MadhiAtreo Ver Mensaje
Me he quedado anonadado con este relato, flipado, y con un final....coincido con Marilia, esa mirada sostenida es lo mejor....en fin, estoy digiriéndolo, y un poco sin palabras....
Cita:
Empezado por escrota Ver Mensaje
uffff, este último es demasiado fuerte para mi

muchos besitos,
Gracias por vuestros comentarios al relado de "La tarde". A veces me embalo y olvido que hay líneas que es mejor no traspasar en público. Se van a quedar unos cuantos cuentos en el disco duro .
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Antiguo 09-feb-2018, 18:42   #205
elefant
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Empezado por MadhiAtreo Ver Mensaje
Me ha encantado, es como me gusta a mi, lo has descrito perfectamente, verdaderamente impresionado.....gracias...

Un beso
Gracias a ti por seguir leyéndome .


Cita:
Empezado por marilia Ver Mensaje
(Me) sucedió algo curioso con esta lectura. Desde los primeros párrafos, mi naturaleza lúbrica y ardiente me puso en sobre aviso: Se trata de una partitura, hay música subcutánea. Y eso hice. Decir(me) el texto mientras lo leía, leerlo en voz queda, en ese tono de decirlo "sólo para mí", de respirarlo con ritmo para sentir las caricias de las palabras, para mojarme gustosa... Como cuando te tumbas en la orilla de una playa cálida - es pleamar - y abres un poco las piernas para que te lleguen los lametones de la incipientes olas en el coño, te cubran los muslos de espuma, te aneguen las aguas y acabes flotando en ellas.
Ha sido un gustazo verbalizar esta lectura.
Me encanta tu naturaleza lúbrica y ardiente .


Cita:
Empezado por Madoz Ver Mensaje



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Antiguo 09-feb-2018, 18:48   #206
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Empezado por nose Ver Mensaje
Vaya maravilla de historia. Desprende sensualidad y morbo como cada una de las historias que nos cuentas; como tú. Además las "basadas en hechos reales" son aún más excitantes y si te han ocurrido a ti... son simplemente increíbles.
Espero que sigas contándonos más de tus vivencias.
Un beso.

PD: Me has dejado con las ganas de saber cómo seguía la fantasía de la modelo.
Ya te puedes imaginar cómo seguía la fantasía de la modelo .


Cita:
Empezado por empareja2 Ver Mensaje
Me gustan tus relatos, tu forma de contar sin esconder nada, recordándonos , como en este relato, vivencias que otros hemos tenido y que nunca podríamos contar como tú lo haces.


Ele.
Solo hay que echar la vista atrás, buscar las imágenes y las sensaciones, que están ahí grabadas, y escribirlo. Seguro que tú también podrías .
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Antiguo 09-feb-2018, 20:02   #207
llara
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La primera vez que tuve en mis manos una revista porno…

Los tiempos han cambiado mucho y muy rápido, se supone que para mejor… Pero no me gustaría nada despertarme al sexo en este mundo de hoy, en el que todo lo que no sé y me gustaría saber está a unas pocas teclas de distancia. No hay secretos, ni dudas, ni tabúes, ni intriga… ni morbo. Porque cualquier cosa que se me ocurra, estará en la red.

Pero hace veinte años no era tan fácil.

Yo estaba casada, aún no habíamos tenido hijos, vivíamos al ritmo que marcaban nuestros respectivos trabajos, sin más preocupaciones que decidir el destino de nuestras vacaciones o el color de la pintura de las paredes del comedor.

Pero dentro de mí ya había una llamita, unas ganas de “no se qué” que me empujaban a comprar libros de literatura erótica, a dibujar desnudos de mujer… El sexo con mi pareja estaba bien pero mi cerebro estaba empezando a andar por otro lado…

Él viajaba frecuentemente. Era entonces cuando yo me sentía “traviesa” y aprovechaba para masturbarme, para andar desnuda por casa, para completar mi colección de la “Sonrisa vertical”, para tomar el sol abierta de par en par en la terraza…

No compartía con nadie esas travesuras. Eran cosas “solo mías”.

En alguna ocasión había ojeado alguna revista de desnudos, nunca una porno. Mi marido me había comentado que él sí que las había tenido pero que las tiró hacía tiempo.

Empecé a “planear”. Quería comprar una revista porno, que fuera mía, tenerla guardada, mirarla cuando yo quisiera, excitarme…

En el pueblo había quioscos pero ni loca me atrevía a ir allí a comprar una revista de esas.

Me fui al pueblo de al lado. Allí había un quiosco en medio de la plaza, el cual descarté. Después había uno en una calle un poco apartada del centro. Era un garito instalado en lo que anteriormente seguramente fue un garaje. Abierto a la calle y a la vez oscuro y cutre en el interior. El quiosquero siempre sentado detrás del montón de revistas expuestas.

Tenía un plan. Comprar revistas de temas diversos. Como si estuviera comprando para la consulta de un dentista, por ejemplo. Cogí una revista de coches, otra de jardinería, una de actualidad rosa y… Mis ojos iban una y otra vez a la esquina derecha del expositor. Allí, medio tapadas unas con otras estaban las que yo quería. En las portadas se veían tetas, muslos…

Me temblaba la mano cuando la extendí, cogí la primera que me salió al paso y le di el montón entero al quiosquero para que me cobrara.

Sabía que me había puesto roja, tenía la mirada baja y notaba la humedad en mis bragas.

El quiosquero era un hombre de unos cincuenta y pico años, bajito, regordete, moreno de piel, casi completamente calvo. Parecía medio dormido, aplatanado por el aburrimiento. Me dijo el importe total mientras me devolvía las revistas con la porno puesta encima de todas. Pagué y salí de allí pitando, metiendo la porno entre las otras.

Llegué a casa casi sin respiración. Dejé las revistas sobre la mesa. Estaba sola y lo estaría durante una semana. Me moría de ganas de ojear lo que al final resultó ser un Penthouse. Pero aguanté, solo de pensar en ver los coñitos allí fotografiados se me ponían los pezones duros. Pasé todo el día haciendo cosas en la casa, a cada hora que pasaba mi grado de excitación aumentaba. Sentía que había hecho una travesura y que iba a hacer otra más gorda.

Después de cenar, vestida ya con el camisón, sin nada debajo, me senté en el sofá y abrí la revista… Disfruté de su tacto, las páginas nuevas, lisas… El olor de la tinta, del papel inmaculado. Su peso en mi regazo…

Había mujeres fotografiadas. Todas preciosas. Todas con el coño depilado. Todas enseñando los agujeros de su coño y de su culo.

Ahora tenemos eso cada día, pero yo, eso, no lo había tenido antes en un solo día de mi vida. Mis ojos se recreaban en los labios mayores, perfectos, regordetes, sin un solo pelo. Los labios menores, algunos húmedos, ondulándose como pequeñas y sabrosas anchoas. Los agujeritos, unos cerrados, otros obscenamente expuestos por dedos de uñas largas y rojas que tensaban la piel…

Había una foto en blanco y negro de una modelo alemana, mirando a cámara, bellísima, seria, como si posara para una revista de ciencia. Mirada inteligente, sobria… Y después, si seguías paseando los ojos por la foto te topabas con su coño gordo y ofrecido, su ojete oscuro…

Cerré la revista, la escondí…

Y me fui a la cama, a tocarme. Nunca me he tocado con una revista delante. Las fotos solo me proporcionan las imágenes que después yo incorporaré a mis fantasías masturbatorias.

Así que apagué la luz, no me tapé. Tumbada boca arriba, las rodillas un poco levantadas, las piernas separadas… Mi mano derecha descendió por mi pubis como una serpiente dispuesta a tomarme…

En mi fantasía, la modelo de la foto en blanco y negro posaba para un fotógrafo y todo su equipo. Era todo muy profesional, hasta que alguno de los tíos no podía más y se abalanzaba sobre ella. Ella intentaba huir pero alguien había cerrado la puerta con llave.

Corría por la habitación, con unas sandalias negras de tacón alto y afilado, a punto de resbalar. Sus tetas bamboleándose…

Los hombres, todos, unos seis, se acercaban poco a poco a ella. Diciéndole que no le iban a hacer daño, que solo la iban a acariciar, que le gustaría… Ella resbalaba, se caía, quedaba en el suelo, abierta, el agujero de su coño mojado… Y eso era una invitación para que todos se acercaran a ella…

Bueno, no voy a seguir con la fantasía, era más larga, pero la primera vez ya me corrí en ese punto. La segunda vez alargué un poco más. Cuando iba por la quinta paja ya me escocía el clítoris y tenía la mano medio dormida pero aguanté hasta que el orgasmo estalló una vez más. Estaba mojando las sábanas, podía oler mi flujo e incluso llegué a pensar que tenía fiebre…

Después de esa primera vez, vinieron otras, era como una droga, una necesidad. Pero tenía que aguantarme, retenerme, no podía ir demasiado seguido al quiosco. Esperaba que el hombre no se quedara con mi cara… Pero supongo que sí, que se fijaba, porque yo debía ser la única mujer que le compraba esas revistas guarras.

Un día de diciembre en que llovía y la luz era escasa a pesar de que era mediodía, me acerqué al quiosco. El quiosquero tenía sentado al lado a otro hombre, más o menos de la misma edad que él.

Me di cuenta de que mientras yo iniciaba mi “operación de disimulo” cogiendo revistas “serias”, el quiosquero le dio un codazo al otro, los dos se rieron y me miraron descaradamente. Enrojecí, me morí de vergüenza. No cogí ninguna revista guarra esa vez.

Pero cada vez que me quedaba sola en casa volvía a pensar en el quiosco. Tenía ya tres o cuatro revistas “acumuladas” pero quería ver “carne fresca”. Y eso que ni siquiera eran revistas con actos sexuales explícitos. Solo desnudos, casi todos femeninos, y algunas poses de parejas pero sin sexo real.

Pensé en ir a comprarlas a otro sitio, pero me parecía que llevaba una flecha fluorescente encima de mi cabeza que decía “miradme, soy una guarra pajillera”. No podía ya ir a otro lado pero ir donde siempre significaba compartir mi secreto con el quiosquero. Porque ya no colaba eso de que compraba revistas para una consulta…

Llegó una primavera y mi cuerpo estaba revolucionado. Mi marido dijo que tendría que estar fuera el fin de semana para un cursillo. Ahora suena muy sospechoso. En aquellos momentos no pensé mal, solo quería que se largara para conseguir una nueva revista.

Fui al quiosco vestida como si fuera monja. Pantalones largos anchos, camiseta negra igualmente ancha. Para que el quiosquero no pensara que era puta, para que no pensara lo que no era, para… ¿A quién coño quería engañar?

Ese día fui directa al lado derecho del expositor. Cogí tres revistas diferentes, todas guarras y se las tendí al hombre. Al cogérmelas de las manos, sus dedos rozaron los míos, sus yemas calientes acariciaron la piel entre mis dedos. Me hizo cosquillas, me estremecí entera… Salí a paso rápido después de pagar.

Cuando ya estaba “saciada” me decía que no iba a volver, que estaba haciendo el ridículo. Pero pasaban los meses, era como si todo fuera nuevo, como si esperara que el quiosquero no tuviera memoria si yo misma no la tenía, intentaba no tenerla…

Llevaba con ese juego unos dos años y en realidad aún no había ojeado una auténtica revista pornográfica.

Un día había varios clientes en el quiosco. Esperé a que se fueran todos. Disimulé mirando revistas del corazón. Cogí un par y cuando me disponía a coger la que a mí me interesaba vi que ese rincón estaba vacío.

“Ahora las tengo en ese cuartito” me dijo el quiosquero.

Señaló a su izquierda. Una pequeña habitación de unos cinco metros cuadrados. Todo un expositor lleno de revistas porno. No de desnudos. De porno.

Para entrar ahí tenía que rodear el expositor grande, pasar por el lado del quiosquero…

Sentía la mirada de él sobre mí. Él sabía que yo estaba sopesando qué hacer. Si entrar y aceptar ante él ya de una vez que era una guarra redomada o irme y hacerme la digna.

El quiosquero sonreía. No decía nada. Me seguía mirando. Y yo me moría de ganas de entrar en el cuartucho pero dije que NO. Me llevé las otras, ante mi decepción y la de él.

Pero volví.

Una vez en casa me torturaban las imágenes de las portadas que había visto ahí dentro. Penes erectos penetrando coños jugosos, pollas corriéndose sobre culos perfectos, mujeres besándose entre ellas, uniendo sus lenguas…

No había pasado ni una semana cuando aparecí de nuevo ante el quiosquero. Tenía pensado actuar como siempre, coger tres o cuatro revistas y después entrar dentro y llevarme otro par de “esas”.

Solo dar los buenos días el quiosquero se puso de pie y posó su mano sobre su bragueta. Me di cuenta de que se le empezaba a formar un bulto.

No es que yo fuera tonta, no es que no reflexionara, no es que no me diera cuenta de las cosas… Es que quería ver lo que había dentro de esas revistas…

Es que cada vez que iba allí ya salía con el coño mojado de casa.

Es que hacer eso me hacía sentir viva y puta.

Es que era una cosa oculta, sucia, que me hacía sentir mal y que me hacía sentir muy bien…

Ya que el quiosquero se mostraba tan explícito, desistí de coger las revistas “tapadera”. Rodeé el expositor, pasé por el lado del hombre sin rozarlo y me metí en el cuartucho.

Yo estaba colapsada mirando las portadas, controlando al quiosquero y su bulto, cuando llegó el amigo del quiosquero. Me di cuenta de que intercambiaban miradas que no supe interpretar.

El amigo entró en el cuarto también. Hizo como que ojeaba una revista. La abrió bien. Tenía como un póster central. Una tía mamándole la polla a un negro. El hombre puso la imagen delante de mí. Su mirada en mi cara. Esperando mi reacción.

Yo tenía miedo, sentía asco… Y sabía que más tarde me masturbaría imaginando una escena en ese cuarto, con una tía buena y el quiosquero y su amigo y quizás algún cliente más…

Cogí cuatro revistas, salí del cuarto esquivando el cuerpo del amigo, se las di al quiosquero que me guiño un ojo, pagué y me fui con la cabeza baja, ardiendo toda.

No volví nunca más. Internet llegó a mi vida un poco después.

Pero esas cuatro revistas auténticamente pornográficas dieron para muchas pajas, siguen dando…
No tengo tanto tiempo para leer todos los hilos, hoy he pasado por el tuyo y me parece estupendo. Eres genial relatando, he leído el de las revistas y me recordó mi juventud y la vergüenza que pasaba al comprarlas, al igual que fui la primera vez a un kiosco a comprar condones. No sabía cómo pedirlos y después de remirar todo mil veces, el kiosquero que no era tonto, me los dio directamente cuando no había nadie presente. Me dijo que estuviera tranquila, que mis padres no se enterarían (era amigo de mi padre). Me quedé petrificada.

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La felicidad es amor, no otra cosa. El que sabe amar es feliz.

El mejor día de mi vida. http://www.pajilleros.com/relatos-ex...xualmente.html
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Antiguo 09-feb-2018, 21:51   #208
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No tengo tanto tiempo para leer todos los hilos, hoy he pasado por el tuyo y me parece estupendo. Eres genial relatando, he leído el de las revistas y me recordó mi juventud y la vergüenza que pasaba al comprarlas, al igual que fui la primera vez a un kiosco a comprar condones. No sabía cómo pedirlos y después de remirar todo mil veces, el kiosquero que no era tonto, me los dio directamente cuando no había nadie presente. Me dijo que estuviera tranquila, que mis padres no se enterarían (era amigo de mi padre). Me quedé petrificada.


Qué recuerdos, eh. Ayyyyy qué nostalgia.
Gracias por pasarte por aquí.
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Antiguo 09-feb-2018, 21:58   #209
MadhiAtreo
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Como siempre me ha encantado, yo, me escondía y miraba las de mi padre, acojonado por si me pillaban, e intentando saber cuál de las chicas de esa revista me gustaba más....claro está, me ponía muy burro e instintivamente, llegó mi primera paja ....que inocencia que quería pervertirse....recuerdos de juventud....

Besos Elefant
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Como siempre me ha encantado, yo, me escondía y miraba las de mi padre, acojonado por si me pillaban, e intentando saber cuál de las chicas de esa revista me gustaba más....claro está, me ponía muy burro e instintivamente, llegó mi primera paja ....que inocencia que quería pervertirse....recuerdos de juventud....

Besos Elefant
No era perversión, simplemente el hombre que se abría paso .

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No era perversión, simplemente el hombre que se abría paso .

Tienes razón,....no he elegido la palabra adecuada....jajaja.....

Besos
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Crisalida
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La primera vez que tuve en mis manos una revista porno…

Los tiempos han cambiado mucho y muy rápido, se supone que para mejor… Pero no me gustaría nada despertarme al sexo en este mundo de hoy, en el que todo lo que no sé y me gustaría saber está a unas pocas teclas de distancia. No hay secretos, ni dudas, ni tabúes, ni intriga… ni morbo. Porque cualquier cosa que se me ocurra, estará en la red.

Pero hace veinte años no era tan fácil.

Yo estaba casada, aún no habíamos tenido hijos, vivíamos al ritmo que marcaban nuestros respectivos trabajos, sin más preocupaciones que decidir el destino de nuestras vacaciones o el color de la pintura de las paredes del comedor.

Pero dentro de mí ya había una llamita, unas ganas de “no se qué” que me empujaban a comprar libros de literatura erótica, a dibujar desnudos de mujer… El sexo con mi pareja estaba bien pero mi cerebro estaba empezando a andar por otro lado…

Él viajaba frecuentemente. Era entonces cuando yo me sentía “traviesa” y aprovechaba para masturbarme, para andar desnuda por casa, para completar mi colección de la “Sonrisa vertical”, para tomar el sol abierta de par en par en la terraza…

No compartía con nadie esas travesuras. Eran cosas “solo mías”.

En alguna ocasión había ojeado alguna revista de desnudos, nunca una porno. Mi marido me había comentado que él sí que las había tenido pero que las tiró hacía tiempo.

Empecé a “planear”. Quería comprar una revista porno, que fuera mía, tenerla guardada, mirarla cuando yo quisiera, excitarme…

En el pueblo había quioscos pero ni loca me atrevía a ir allí a comprar una revista de esas.

Me fui al pueblo de al lado. Allí había un quiosco en medio de la plaza, el cual descarté. Después había uno en una calle un poco apartada del centro. Era un garito instalado en lo que anteriormente seguramente fue un garaje. Abierto a la calle y a la vez oscuro y cutre en el interior. El quiosquero siempre sentado detrás del montón de revistas expuestas.

Tenía un plan. Comprar revistas de temas diversos. Como si estuviera comprando para la consulta de un dentista, por ejemplo. Cogí una revista de coches, otra de jardinería, una de actualidad rosa y… Mis ojos iban una y otra vez a la esquina derecha del expositor. Allí, medio tapadas unas con otras estaban las que yo quería. En las portadas se veían tetas, muslos…

Me temblaba la mano cuando la extendí, cogí la primera que me salió al paso y le di el montón entero al quiosquero para que me cobrara.

Sabía que me había puesto roja, tenía la mirada baja y notaba la humedad en mis bragas.

El quiosquero era un hombre de unos cincuenta y pico años, bajito, regordete, moreno de piel, casi completamente calvo. Parecía medio dormido, aplatanado por el aburrimiento. Me dijo el importe total mientras me devolvía las revistas con la porno puesta encima de todas. Pagué y salí de allí pitando, metiendo la porno entre las otras.

Llegué a casa casi sin respiración. Dejé las revistas sobre la mesa. Estaba sola y lo estaría durante una semana. Me moría de ganas de ojear lo que al final resultó ser un Penthouse. Pero aguanté, solo de pensar en ver los coñitos allí fotografiados se me ponían los pezones duros. Pasé todo el día haciendo cosas en la casa, a cada hora que pasaba mi grado de excitación aumentaba. Sentía que había hecho una travesura y que iba a hacer otra más gorda.

Después de cenar, vestida ya con el camisón, sin nada debajo, me senté en el sofá y abrí la revista… Disfruté de su tacto, las páginas nuevas, lisas… El olor de la tinta, del papel inmaculado. Su peso en mi regazo…

Había mujeres fotografiadas. Todas preciosas. Todas con el coño depilado. Todas enseñando los agujeros de su coño y de su culo.

Ahora tenemos eso cada día, pero yo, eso, no lo había tenido antes en un solo día de mi vida. Mis ojos se recreaban en los labios mayores, perfectos, regordetes, sin un solo pelo. Los labios menores, algunos húmedos, ondulándose como pequeñas y sabrosas anchoas. Los agujeritos, unos cerrados, otros obscenamente expuestos por dedos de uñas largas y rojas que tensaban la piel…

Había una foto en blanco y negro de una modelo alemana, mirando a cámara, bellísima, seria, como si posara para una revista de ciencia. Mirada inteligente, sobria… Y después, si seguías paseando los ojos por la foto te topabas con su coño gordo y ofrecido, su ojete oscuro…

Cerré la revista, la escondí…

Y me fui a la cama, a tocarme. Nunca me he tocado con una revista delante. Las fotos solo me proporcionan las imágenes que después yo incorporaré a mis fantasías masturbatorias.

Así que apagué la luz, no me tapé. Tumbada boca arriba, las rodillas un poco levantadas, las piernas separadas… Mi mano derecha descendió por mi pubis como una serpiente dispuesta a tomarme…

En mi fantasía, la modelo de la foto en blanco y negro posaba para un fotógrafo y todo su equipo. Era todo muy profesional, hasta que alguno de los tíos no podía más y se abalanzaba sobre ella. Ella intentaba huir pero alguien había cerrado la puerta con llave.

Corría por la habitación, con unas sandalias negras de tacón alto y afilado, a punto de resbalar. Sus tetas bamboleándose…

Los hombres, todos, unos seis, se acercaban poco a poco a ella. Diciéndole que no le iban a hacer daño, que solo la iban a acariciar, que le gustaría… Ella resbalaba, se caía, quedaba en el suelo, abierta, el agujero de su coño mojado… Y eso era una invitación para que todos se acercaran a ella…

Bueno, no voy a seguir con la fantasía, era más larga, pero la primera vez ya me corrí en ese punto. La segunda vez alargué un poco más. Cuando iba por la quinta paja ya me escocía el clítoris y tenía la mano medio dormida pero aguanté hasta que el orgasmo estalló una vez más. Estaba mojando las sábanas, podía oler mi flujo e incluso llegué a pensar que tenía fiebre…

Después de esa primera vez, vinieron otras, era como una droga, una necesidad. Pero tenía que aguantarme, retenerme, no podía ir demasiado seguido al quiosco. Esperaba que el hombre no se quedara con mi cara… Pero supongo que sí, que se fijaba, porque yo debía ser la única mujer que le compraba esas revistas guarras.

Un día de diciembre en que llovía y la luz era escasa a pesar de que era mediodía, me acerqué al quiosco. El quiosquero tenía sentado al lado a otro hombre, más o menos de la misma edad que él.

Me di cuenta de que mientras yo iniciaba mi “operación de disimulo” cogiendo revistas “serias”, el quiosquero le dio un codazo al otro, los dos se rieron y me miraron descaradamente. Enrojecí, me morí de vergüenza. No cogí ninguna revista guarra esa vez.

Pero cada vez que me quedaba sola en casa volvía a pensar en el quiosco. Tenía ya tres o cuatro revistas “acumuladas” pero quería ver “carne fresca”. Y eso que ni siquiera eran revistas con actos sexuales explícitos. Solo desnudos, casi todos femeninos, y algunas poses de parejas pero sin sexo real.

Pensé en ir a comprarlas a otro sitio, pero me parecía que llevaba una flecha fluorescente encima de mi cabeza que decía “miradme, soy una guarra pajillera”. No podía ya ir a otro lado pero ir donde siempre significaba compartir mi secreto con el quiosquero. Porque ya no colaba eso de que compraba revistas para una consulta…

Llegó una primavera y mi cuerpo estaba revolucionado. Mi marido dijo que tendría que estar fuera el fin de semana para un cursillo. Ahora suena muy sospechoso. En aquellos momentos no pensé mal, solo quería que se largara para conseguir una nueva revista.

Fui al quiosco vestida como si fuera monja. Pantalones largos anchos, camiseta negra igualmente ancha. Para que el quiosquero no pensara que era puta, para que no pensara lo que no era, para… ¿A quién coño quería engañar?

Ese día fui directa al lado derecho del expositor. Cogí tres revistas diferentes, todas guarras y se las tendí al hombre. Al cogérmelas de las manos, sus dedos rozaron los míos, sus yemas calientes acariciaron la piel entre mis dedos. Me hizo cosquillas, me estremecí entera… Salí a paso rápido después de pagar.

Cuando ya estaba “saciada” me decía que no iba a volver, que estaba haciendo el ridículo. Pero pasaban los meses, era como si todo fuera nuevo, como si esperara que el quiosquero no tuviera memoria si yo misma no la tenía, intentaba no tenerla…

Llevaba con ese juego unos dos años y en realidad aún no había ojeado una auténtica revista pornográfica.

Un día había varios clientes en el quiosco. Esperé a que se fueran todos. Disimulé mirando revistas del corazón. Cogí un par y cuando me disponía a coger la que a mí me interesaba vi que ese rincón estaba vacío.

“Ahora las tengo en ese cuartito” me dijo el quiosquero.

Señaló a su izquierda. Una pequeña habitación de unos cinco metros cuadrados. Todo un expositor lleno de revistas porno. No de desnudos. De porno.

Para entrar ahí tenía que rodear el expositor grande, pasar por el lado del quiosquero…

Sentía la mirada de él sobre mí. Él sabía que yo estaba sopesando qué hacer. Si entrar y aceptar ante él ya de una vez que era una guarra redomada o irme y hacerme la digna.

El quiosquero sonreía. No decía nada. Me seguía mirando. Y yo me moría de ganas de entrar en el cuartucho pero dije que NO. Me llevé las otras, ante mi decepción y la de él.

Pero volví.

Una vez en casa me torturaban las imágenes de las portadas que había visto ahí dentro. Penes erectos penetrando coños jugosos, pollas corriéndose sobre culos perfectos, mujeres besándose entre ellas, uniendo sus lenguas…

No había pasado ni una semana cuando aparecí de nuevo ante el quiosquero. Tenía pensado actuar como siempre, coger tres o cuatro revistas y después entrar dentro y llevarme otro par de “esas”.

Solo dar los buenos días el quiosquero se puso de pie y posó su mano sobre su bragueta. Me di cuenta de que se le empezaba a formar un bulto.

No es que yo fuera tonta, no es que no reflexionara, no es que no me diera cuenta de las cosas… Es que quería ver lo que había dentro de esas revistas…

Es que cada vez que iba allí ya salía con el coño mojado de casa.

Es que hacer eso me hacía sentir viva y puta.

Es que era una cosa oculta, sucia, que me hacía sentir mal y que me hacía sentir muy bien…

Ya que el quiosquero se mostraba tan explícito, desistí de coger las revistas “tapadera”. Rodeé el expositor, pasé por el lado del hombre sin rozarlo y me metí en el cuartucho.

Yo estaba colapsada mirando las portadas, controlando al quiosquero y su bulto, cuando llegó el amigo del quiosquero. Me di cuenta de que intercambiaban miradas que no supe interpretar.

El amigo entró en el cuarto también. Hizo como que ojeaba una revista. La abrió bien. Tenía como un póster central. Una tía mamándole la polla a un negro. El hombre puso la imagen delante de mí. Su mirada en mi cara. Esperando mi reacción.

Yo tenía miedo, sentía asco… Y sabía que más tarde me masturbaría imaginando una escena en ese cuarto, con una tía buena y el quiosquero y su amigo y quizás algún cliente más…

Cogí cuatro revistas, salí del cuarto esquivando el cuerpo del amigo, se las di al quiosquero que me guiño un ojo, pagué y me fui con la cabeza baja, ardiendo toda.

No volví nunca más. Internet llegó a mi vida un poco después.

Pero esas cuatro revistas auténticamente pornográficas dieron para muchas pajas, siguen dando…
He de reconocer que todavía no me he leido el hilo, pero si me he quedado oliendo un poco y me he enganchado a la historia del quioscero... esa inocencia de quinceañera pervertidilla descubriendo su sexualidad... me ha encantado... y como me hubiera gustado no ser el quiosquero, ni el amigo... si no una página de esas revistas para poder leer y disfrutar del regocijo de tu mirada, la comisura de tus labios ensalivados, el frungir de tu rostro ante imágenes tan deliciosas...
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He de reconocer que todavía no me he leido el hilo, pero si me he quedado oliendo un poco y me he enganchado a la historia del quioscero... esa inocencia de quinceañera pervertidilla descubriendo su sexualidad... me ha encantado... y como me hubiera gustado no ser el quiosquero, ni el amigo... si no una página de esas revistas para poder leer y disfrutar del regocijo de tu mirada, la comisura de tus labios ensalivados, el frungir de tu rostro ante imágenes tan deliciosas...
Te digo yo que si estoy mirando la revista y veo tus ojos en una página, me meo del susto .
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Predeterminado La casita

(advertencia: no es de sexo )

La casita es vieja y pequeña, sin ningún encanto, pero a Marta le gustó desde el primer momento en que el hombre de la inmobiliaria se la enseñó. La ha alquilado por un año. Por fuera se ve bastante deteriorada, debe hacer unos cincuenta años que fue construida, cuando empezaba el boom de la inmigración y la construcción en el pueblo. Inicialmente parece ser que perteneció a una familia de Barcelona que la utilizaba para pasar en ella los fines de semana.

Una sola planta, con un pequeño jardín descuidado que le da la vuelta entera. Pintada de color salmón, con la puerta y los marcos de las ventanas de color azul eléctrico. Marta la encontró alegre a pesar de que el revoque se caía a trozos en la parte baja, la que estaba más cerca de la humedad de la tierra; y que algunas tejas se habían ido con los vendavales. Dentro hay dos dormitorios, un baño, una cocina y un comedor. Todo pequeño, pero reformado y en buenas condiciones. Se ve que hace ya unos diez años que la alquilan y por ella han pasado diferentes inquilinos.

Marta tiene cuarenta y dos años, hace dos que se divorció, sin hijos, encontró trabajo en una industria del pueblo y no ha dudado en cambiar de residencia, cien quilómetros más abajo. Total, en su pueblo, estaba harta de que la mirasen con lástima. “Pobrecilla, que su marido la engañaba, que lo sabía todo el mundo menos ella, y encima no habían podido tener hijos…” Y como sus padres ya hace años que fallecieron y su hermano vive en Roma, le pareció una buena idea cambiar de aires.

Se siente bien en la casita, como una jovencita que comienza su vida independiente. Las casas situadas a derecha e izquierda están ocupadas por matrimonios mayores, que la miran con curiosidad cuando sale al jardín a arrancar hierbas, a plantar los bulbos de las anémonas o a tomar el sol.

Trabaja de seis de la mañana a dos de la tarde y le va bastante bien, nada del otro mundo, pero es un sueldo y ella tampoco puede aspirar a más con los pocos estudios que tiene.

Ya hace un mes que vive y trabaja en el pueblo cuando llega la primera carta. Hasta ahora, en el buzón, solo había encontrado folletos de propaganda, pero hoy ve un sobre con un nombre y la dirección de la casa.

“Julio García Campos”

Piensa que debe ser el anterior inquilino y deja el sobre sin abrir encima de la mesita de la entrada. Tiene hambre. Cocina y se come los macarrones mientras mira un culebrón en la tele. Todo el mobiliario y los electrodomésticos iban con la casa. Ella solo ha puesto la ropa y cuatro posesiones que ha amontonado en el dormitorio que queda libre.

Al cabo de tres o cuatro días llega un nuevo sobre a nombre de “Julio García Campos” y Marta lo pone junto al otro. Seguramente debe ser publicidad y le da pereza ir a la inmobiliaria a llevarlas.

El domingo llueve casi todo el día. Marta ya ha limpiado todo lo que se podía limpiar, ha leído, ha planchado y se aburre. Quitando el polvo ha encontrado las dos cartas y decide abrirlas. Una es de una cadena de tiendas de ropa masculina, informándole de que le harán descuentos especiales por ser tan buen cliente, y la otra es de un garden center que le ofrece las plantas a mitad de precio por ser socio…

Publicidad. Ya lo había pensado. Claro. Socio de un garden porque cuidaba el pequeño jardín. Claro, compraba ropa buena, elegante… Debe ser un hombre no muy joven, atractivo, que alquiló la casa temporalmente por motivos de trabajo y que ha vuelto a su residencia habitual. Sí, claro… Y Marta se pasa el resto del día imaginando una vida para el desconocido que habitó la casa antes que ella.

El lunes por la mañana, en el trabajo, la traspasa como un rayo la evidencia de que “Julio” vivió exactamente donde vive ella. No solo la casa, dormía en su cama, comía en su cocina, su culo se sentaba en el váter que ahora usa ella… Y una especie de angustia la hace estremecer. Es como si hubieran convivido, solo que el factor tiempo está desordenado, pero los objetos, las paredes, la luz… son los mismos.

Cuando llega a casa, hacia las dos y media de la tarde, mira el buzón, nada, abre la puerta y es como si entrara en la casa por primera vez. Ve a Julio haciendo lo mismo, subiendo las persianas para que entre la luz, apreciando a través del cristal de la ventana del comedor que los rosales ya están brotando, lavándose las manos en el lavabo, mirándose en el espejo donde se mira ella, imagen sobre imagen.

Y Marta se pregunta cómo debía oler él, qué comida le gustaría, si se masturbaría antes de dormirse, como hace ella a veces, para ahuyentar el silencio que le murmura cosas al oído.

Hombre, también podría ser que no viviera solo en la casa… Pero no. El de la inmobiliaria le dijo que por la capacidad de la casita solo la alquilaban a personas solas. No, Julio vivía solo como ella, vive solo como ella.

Llegan dos nuevas cartas. Marta ya no imagina si es propaganda o no. Las coge del buzón y corre para dentro a abrirlas, vigilando que los vecinos no la vean, sintiendo que hace algo mal hecho.

Una carta de una cadena de perfumerías, ofreciendo regalos a cambio de compras. Y otra informando de la programación semestral del teatro del pueblo. Solo es publicidad, pero Marta ya ve a Julio, su Julio, bien vestido con la ropa de la cadena de boutiques, perfumado, asistiendo al teatro; o adorablemente bronceado en el jardín, el torso desnudo y musculado, mientras cava para arrancar las malas hierbas.

Duerme, medianoche, de golpe abre los ojos, se incorpora, grita. ¡Pero cómo no lo había pensado antes! Poner el nombre de él en Google. ¡Seguro que tiene Facebook, o está en el Linkedin, o quizás vende su coche y ha puesto su nombre y apellidos en la red!

Son un poco más de las dos de la madrugada cuando se levanta y pone en marcha el viejo ordenador portátil que había pertenecido a su marido. Antes de escribir el nombre no puede evitar un escalofrío de miedo ante lo que pueda encontrar. ¿Quiere saberlo, de verdad? ¿Y si es feo, o está casado, o solo tiene veinte años? Pero no, ella intuye que Julio debe tener unos cincuenta años bien llevados, elegante, culto, soltero, un “señor de Barcelona”…

Tarda diez minutos en decidirse a pulsar el intro y cuando lo hace no hay ningún resultado. Marta casi se alegra, no tiene el ánimo para disgustos. Sonríe, vuelve a la cama y a oscuras se abraza ella misma como si fueran los brazos de él, y susurra su nombre, Juuulio, Juuuulio, Julioooo.

Han pasado un par de meses desde la primera carta cuando Marta decide ir a la oficina donde alquiló la casa, no para llevar las cartas, que han ido llegando y ella ha abierto y después guardado en el cajón de la mesita de noche, no. Lo que quiere, ya no puede aguantar más, es que alguien le hable de Julio.

Pero en la oficina hay un empleado nuevo, el que hizo los trámites con ella ya no trabaja allí y el sustituto lo único que puede hacer es confirmarle el nombre del anterior inquilino pero no puede añadir ninguna información más, ni dirección, ni teléfono… Y le pregunta a Marta si es que su predecesor se ha dejado algún objeto, que qué pasa. Y ella enrojece, dice que solo quería confirmar el nombre, que tiene unas cartas en casa, que ya se las llevará otro día, y sale corriendo como si fuera una niña de quince años a la que su padre ha pillado tonteando con un enamorado.

Ya hace seis meses que Marta vive en la casa. Hace uno que perdió el trabajo. La despidieron por bajo rendimiento, porque siempre estaba en las nubes, por falta de concentración… Pero a ella le da igual, así tiene más tiempo para estar en casa, para compartirla con Julio, para tocar lo que él tocaba, para respirar el aire que el le dejó.

Las cartas continúan llegando. Correos comerciales que ella utiliza para ir vistiendo la personalidad de Julio, para ir puliendo y perfeccionando un ser vivo que nunca ha visto pero que ella siente que vive con ella. Nunca se había sentido tan feliz, tan acompañada.

“Mira que ir a encontrar mi media naranja justo aquí”, piensa mientras sonríe ilusionada.

Ya no sale ni a comprar. Hace el pedido al súper por teléfono y le traen los alimentos. También ha dejado de limpiar y ordenar, de lavarse. Eran cosas que le quitaban tiempo de estar con él. Vigila cada día si viene el cartero. Espera a que el hombre deposite la carta en el buzón adosado al pilar del portal. Aguanta quieta cinco minutos más desde que él se va. Y sale, corriendo. Las manos le tiemblan, huele a sudor y lleva los cabellos pegados a la nuca. Lo mejor es cuando llegan cartas de sitios nuevos. Lo de la ropa, la perfumería, el garden; todo eso ya lo ha visto. Hoy llega una de una casa de muebles. Se le ocurre que quizás Julio ha pensado en comprar una cama más grande ahora que la ocupan los dos.

Decide tomar el sol en la parte de atrás de la casa. Extiende una toalla en el suelo, sobre la hierba que crece libre y se tumba en biquini, que le va grande, ha adelgazado mucho… Los rayos de sol le calientan la pálida piel mientras ella no deja de hablar, le explica a Julio como eran los veranos que pasaba ella con sus padres y su hermano en Palamós. Por cierto, que su hermano no para de llamarla al móvil, claro, como ella no se lo coge, pero no quiere interferencias.

Antonio, el vecino de la casa de al lado, observa a Marta medio escondido detrás de unos rosales emparrados. Ve como habla sola, como sonríe al aire. Y se pregunta si ya debería llamar a la policía. La ha oído como habla con un tal Julio, no para de pronunciar su nombre. Julio era el nombre del anterior inquilino, el que tuvieron que internar en un psiquiátrico, porque hablaba solo, con una tal Gloria que, curiosamente, era el nombre la inquilina que precedió a Julio.

Antonio piensa que quizás esperará un poco más, a ver si la cosa mejora. Pero tampoco quiere distraerse, que no le pase como con Gloria, que esperó demasiado y cuando llamó a la policía ya la encontraron muerta de inanición en la cama, abrazada a la almohada, con una macabra sonrisa de felicidad en la cara.
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Después de cenar, vestida ya con el camisón, sin nada debajo, me senté en el sofá y abrí la revista… Disfruté de su tacto, las páginas nuevas, lisas… El olor de la tinta, del papel inmaculado. Su peso en mi regazo…

Había mujeres fotografiadas. Todas preciosas. Todas con el coño depilado. Todas enseñando los agujeros de su coño y de su culo.

Ahora tenemos eso cada día, pero yo, eso, no lo había tenido antes en un solo día de mi vida. Mis ojos se recreaban en los labios mayores, perfectos, regordetes, sin un solo pelo. Los labios menores, algunos húmedos, ondulándose como pequeñas y sabrosas anchoas. Los agujeritos, unos cerrados, otros obscenamente expuestos por dedos de uñas largas y rojas que tensaban la piel…
Qué escenario y situación más excitante y morbosa. Me imagino a mí misma en "la parte de atrás" con el kiosquero, pasando las páginas y emulando lo que se muestra en las imágenes... Una fantasía sexual más a realizar
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Te digo yo que si estoy mirando la revista y veo tus ojos en una página, me meo del susto .
Soy feo pero tampoco hace falta que te mees¡¡¡¡¡

Este último relato también me lo he leido y me ha gustado y sorprendido pese a que no salga ni una sola teta... con esa capacidad de imaginación no sé si cogería el gusto o miedo en la cama...

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Qué escenario y situación más excitante y morbosa. Me imagino a mí misma en "la parte de atrás" con el kiosquero, pasando las páginas y emulando lo que se muestra en las imágenes... Una fantasía sexual más a realizar
Hola guapa, puesto que ya no tienes hilo aprovecho para saludarte...
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Antonio piensa que quizás esperará un poco más, a ver si la cosa mejora. Pero tampoco quiere distraerse, que no le pase como con Gloria, que esperó demasiado y cuando llamó a la policía ya la encontraron muerta de inanición en la cama, abrazada a la almohada, con una macabra sonrisa de felicidad en la cara.
Ya te he dado las gracias por tu relato. Me gustaría comentarte que me ha impresionado, lo he releido varias veces, nada de sexo, una situación muy realista y habitual hoy en día. Lo que más me ha llamado la atención fue el final. Da mucho para meditar. Gracias por hacernos pensar, valorar los sentimientos y afrontarnos a tomar complicadas decisiones como la que tuvo que tomar Antonio.



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Qué escenario y situación más excitante y morbosa. Me imagino a mí misma en "la parte de atrás" con el kiosquero, pasando las páginas y emulando lo que se muestra en las imágenes... Una fantasía sexual más a realizar

Tenemos mucha imaginación tú y yo .


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Soy feo pero tampoco hace falta que te mees¡¡¡¡¡

Este último relato también me lo he leido y me ha gustado y sorprendido pese a que no salga ni una sola teta... con esa capacidad de imaginación no sé si cogería el gusto o miedo en la cama...

Coger, cogerías seguro


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Hola guapa, puesto que ya no tienes hilo aprovecho para saludarte...
Qué morro tienes


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Ya te he dado las gracias por tu relato. Me gustaría comentarte que me ha impresionado, lo he releido varias veces, nada de sexo, una situación muy realista y habitual hoy en día. Lo que más me ha llamado la atención fue el final. Da mucho para meditar. Gracias por hacernos pensar, valorar los sentimientos y afrontarnos a tomar complicadas decisiones como la que tuvo que tomar Antonio.



A veces, demasiada soledad no es buena. Y solo hace falta colocar almas solitarias en el adecuado caldo de cultivo (la casita) para que la locura surja y se desarrolle.
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Toma ya el siniestro relato, la obsesionante trama de los protagonistas, esto por lo menos te lo ha enseñado Stephen King....jajaja....me ha gustado....nene tere mas...

besos
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"la belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla".
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Antiguo 16-feb-2018, 10:40   #221
marilia
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Hola guapa, puesto que ya no tienes hilo aprovecho para saludarte...
Un beso muy grande, Cris .. Un alegrón saludarte por aquí, en la casa de nuestra Elefant. Aunque le he tomado gusto a "la invisibilidad", tal vez, retome mi hilo más adelante. Sigo con las fotos y vídeos pero incorporando a mi desbordante "sexualité" esos elementos de los que ya hablamos.
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Antiguo 16-feb-2018, 11:38   #222
marilia
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Predeterminado

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Empezado por elefant Ver Mensaje
(advertencia: no es de sexo )
Las cartas continúan llegando. Correos comerciales que ella utiliza para ir vistiendo la personalidad de Julio, para ir puliendo y perfeccionando un ser vivo que nunca ha visto pero que ella siente que vive con ella. Nunca se había sentido tan feliz, tan acompañada.

“Mira que ir a encontrar mi media naranja justo aquí”, piensa mientras sonríe ilusionada.

......... Hoy llega una (carta)de una casa de muebles. Se le ocurre que quizás Julio ha pensado en comprar una cama más grande ahora que la ocupan los dos.
.
Este relato me estremeció como el buen vértigo. ¿Es posible que haya casas que parezcan tener vida y respiración propias, como un cuerpo? ¿Que te habiten y calen hasta los tuétanos de la soledad más íntima y humana? Posiblemente, todo parece indicar que la protagonista de esta conmovedora historia acabe ingresando en una especie de clínica 'del vacío' aquejada de una pérdida sin objeto, de un sentimiento de pérdida que ya no tiene un referente nombrable, sino que se mantiene innombrable, irrepresentable. Ya no se trata de un deseo frustrado, sino la expresión de una reducción del deseo a nada, de una tendencia a reducir toda tensión interna, a una nirvanización en la que se eclipsa incluso la demanda hacia el Otro y que produce esa sonrisa momificada de felicidad.
Plano detalle de La Mona Lisa.
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Antiguo 16-feb-2018, 15:37   #223
LowellGlendowel
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Al terminar un relato deberías poner una fecha o cuenta atrás para saber cuando subes el próximo....Nos tienes enganchados...
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¿Más sobre mi?
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Antiguo 16-feb-2018, 18:48   #224
Kimovert
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Predeterminado La casita

Me he encontrado con este gran relato, muy bien hilado, escrito y manteniendo en vilo al lector hasta el final.

Enhorabuena!
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La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma.

George Sand
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Antiguo 16-feb-2018, 22:15   #225
elefant
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Predeterminado Al otro lado de la pared

Hubo un tiempo en que, trabajando de secretaria, tenía un pequeño despacho para mí sola, aunque una de las paredes era de cristal y daba al despacho de mi jefe. Pero eso no era ningún problema para mí, en aquellos días yo era formal, seria, trabajadora, intachable…

En esa época yo tendría unos cuarenta años y mi jefe unos ocho más que yo. Él era también muy trabajador, muy religioso, muy recto…

Fue por aquel entonces que yo aprendí que por muy fríos que aparentemos ante los demás, por muy correctos que parezcamos, todos, todos, tenemos otro lado, al que a veces cuesta mucho acceder pero que, una vez derrumbada la barrera, va ocupando más y más espacio en nuestra vida. Es como el que abre una puerta sin saber que detrás se acumula el agua, que va a empezar a salir y ya nunca más dejará que esa puerta se cierre de nuevo.

Un día, a la hora del desayuno, con los compañeros, oí que los chicos cuchicheaban. Estaban hablando de las chicas cuando vamos al lavabo. Se referían al ruido que hacemos al mear, el chorrito de la orina cuando cae… Estaban sonrojados, hablaban bajito. Entendí que los lavabos prefabricados de la empresa tenían las paredes tan finas que a veces ellos oían a las chicas meando. Parece ser que les excitaba cuanto más fuerte se oía el chorro…

Entonces recordé que en mi oficina yo tenía un lavabo que no utilizaba precisamente porque daba pared con pared con el lavabo de mi jefe y no quería que él me oyera. Por eso siempre me iba a mear a los lavabos del área de producción, donde el ruido de la maquinaria ensordecía cualquier otro sonido.

Me sentí traviesa. Así que el ruido del chorro al caer y pegar sobre el agua del váter les excitaba… Quise probar si eso pasaba con mi jefe.

Estuve atenta y a través del cristal, mirando de reojo, vi como a media mañana mi jefe se levantaba y se metía en el lavabo. Esperé unos segundos y yo entré en el mío. Me había aguantado toda la mañana, tenía la vejiga llena. Por supuesto que no me senté en el váter, eso nunca, lo cual hacía que el chorro cayera de más altura e hiciera más ruido…

No se oía nada al otro lado de la pared pero yo sabía que mi jefe estaba ahí. Me subí la falda, me bajé las bragas y abriendo bien las piernas dejé ir mi orina a toda velocidad. Hizo ruido, parecía un grifo a presión. Me dio vergüenza y a la vez me excitó esa forma de exhibición.

Cuando salí del lavabo mi jefe ya estaba sentado en su mesa. Cogí unos papeles que tenía para que me los firmara y entré en su despacho. Levantó la vista, me miró, se sonrojó. Yo con diligencia le ofrecí los papeles, él intentaba hablar con normalidad pero un par de veces se le trabó la lengua.

Después pasaron varios días en que me olvidé del juego. Hasta que un par de semanas después volví a hacer lo mismo. Meé y solté mi chorro con fuerza mientras mi jefe lo oía perfectamente al otro lado de la pared prefabricada. Me excité, me lo imaginé atento a mis ruidos y se me escapó un gemidito al limpiarme con el papel higiénico.

Esa vez era yo la que estaba sonrojada en mi mesa, estaba segura que él me había oído gemir. Yo nunca me había excitado en la empresa y mucho menos me había tocado. Por eso estaba azorada cuando él se acercó a mi mesa para pedirme que preparara una presentación.

Sus ojos se posaron en mí más tiempo del que podríamos considerar normal, vi sudor en su frente y yo también estaba sudando, me temblaban las manos.

A partir de ese día no repetí más mi juego, volví a los lavabos externos.

Eran los inicios de Internet, de los envíos de videos y presentaciones guarras. Yo recibía algunos de mis compañeros y aprovechaba para mirarlos cuando mi jefe se iba de reunión.

Un día mi jefe me dijo que me acababa de reenviar un correo. Que un amigo suyo se lo había enviado pero que él no lo podía abrir. Que parecía que era un video.

Como mi jefe era tan correcto, tan serio, supuse que el video sería algo de trabajo. El caso es que creo que él también lo creía. La gente envía guarradas sin advertir de lo que es, en confianza.

Pulsé sobre el adjunto y se abrió un video. Mi jefe a mi lado, mirando.

Un vídeo porno. Era un primer plano de un coño femenino siendo penetrado por una especie de máquina que accionaban unos hombres. La mujer estaba atada, completamente expuesta, su coño brillaba y la máquina la penetraba a un ritmo constante. Yo no tenía el audio conectado, eso fue una suerte. Pero las imágenes eran suficientes para que los dos nos pusiéramos rojos hasta la raíz del pelo. Empezamos a reír. “Vaya amigos que tiene” dije yo. “Vaya manera de perder el tiempo” dijo él.

Hacíamos como que no mirábamos, pero ni yo paré el video ni ninguno de los dos quitaba ojo de ese coño. Hasta ese momento nunca había mirado porno en compañía de nadie que no fuera mi marido. Y diría que mi jefe no lo había mirado ni en compañía de su mujer…

El corazón me iba a mil, en cualquier momento podía entrar alguien y sorprendernos. Tampoco era nada del otro mundo, pero que un director y su secre estuvieran viendo guarradas en horas de trabajo no estaría bien visto.

Y era gracioso como los dos disimulábamos, como si lo que hubiera en pantalla fuera un gráfico de ventas. Allí, normalitos, pero yo tenía las bragas completamente empapadas, como nunca antes las había tenido. Y me preguntaba si él tenía la polla dura…

El video duró unos dos minutos, se acabó con la mujer corriéndose o haciendo que se corría. Cerré ese correo y lo envié a la papelera. Mi jefe volvió a su despacho diciendo que tenía que hablar con Informática para que pusieran un filtro que evitara la recepción de “esas cosas”.

Al cabo de unos segundos oí como mi jefe entraba en el lavabo. Yo entré en el mío. No meé. Solo escuché.

Primero silencio, después unos ruidos rítmicos, como de algo frotando y golpeando, después unos jadeos. Me imaginé que mi jefe se estaba masturbando. Oí sus gemidos ahogados. Salí rápido y me volví a sentar frente al ordenador. Estaba incómoda, notaba las bragas mojadas, tenía que cambiármelas.

Él salió al cabo de unos minutos y continuó trabajando como si tal cosa.

Pero a partir de ese día, cada conversación con él, el más mínimo roce de manos, cualquier broma que hiciéramos, nos ponían a mil. Estábamos avergonzados y a la vez queríamos más. Yo lo sentía así y sabía que él también.

Pero nuestras respectivas puertas, las de dentro, aún estaban muy poco abiertas, no dimos más pasos, aún el agua no se había desbordado…

Al cabo de unas semanas llegó la noticia del ascenso de mi jefe. Yo seguiría en mi puesto pero él pasaría a otra zona de la fábrica. Entonces decidí que nuestra especial relación merecía una “despedida sonada”.

Era viernes, julio, dejé de lado mis anodinas prendas de vestir, los pantalones anchos, las camisas holgadas, los zapatos planos… Me presenté al trabajo con una falda corta tejana (no muy corta), una ceñida camiseta de algodón rosa y unas sandalias también rosas de tacón alto. Tampoco era nada del otro mundo, pero las cosas se ven diferentes cuando estás encerrado en un pequeño despacho con otra persona…

Era el último día de trabajo con mi jefe. Cuando él me vio tragó saliva y aunque intentó disimular me di cuenta de que mi atuendo le turbaba.

Repasamos los datos de producción, los archivos que se iba a llevar… Mientras, yo no paraba de beber agua. Hablamos de política, bromeamos con el fútbol… Hasta que yo le dije que no podía aguantar más, que tenía que ir al lavabo.

Salí de su despacho hacia el mío. Entre en el lavabo, cerré la puerta y esperé. Al cabo de unos segundos oí a mi jefe entrando en su lavabo. Me levanté la falda, me bajé las bragas y meé largamente, el chorro levantaba espuma al caer dentro del váter. Mientras hacía eso noté mis pezones endurecidos, mi clítoris erecto…

Sin limpiarme siquiera, acabé de quitarme las bragas, me arrimé bien a la pared que “compartía” con mi jefe y empecé a acariciarme el coño con toda la mano. Estaba mojadísimo, de flujo, de orina… Mi mano hacía un ruido de chapoteo y yo disfrutaba sin reprimir mis suspiros, que pasaron a jadeos, que se convirtieron en gemidos, en gritos sofocados…

Me subí la camiseta, liberé mis tetas del sujetador y me arrimé a la pared tanto como pude, permitiendo que mi mano siguiera trabajando sobre mi coño que palpitaba y no dejaba de lubricar.

Entonces le oí a él, oía su mano acariciando su polla, subiendo y bajando, el ruido que hacía al golpear en su pubis. Oía sus jadeos entrecortados. Debía estar pegado también a la pared. Cerré los ojos, mi dedo índice en mi clítoris, dando vueltas, moviéndose en círculo, mis piernas abriéndose al máximo sobre los taconazos de color rosa. Dirigí mi otra mano al culo, a mi ojete.

Él gemía cada vez más fuerte, se oían los teléfonos sonando tanto en su despacho como en el mío, y nosotros dos allí, derribando barreras…

Me metí un dedo en el culo, lo saqué, lo volví a meter. Tenía tanta saliva en mi boca que se me caía la baba, mis pezones golpeaban la pared al ritmo que mi dedo masajeaba el clítoris. Me iba a correr. Pensé en decirlo en voz alta. Decírselo a él, anunciárselo. Pero la sola idea hizo que el orgasmo empezara antes, no tuve tiempo de hablar, mi cuerpo estalló en mis manos, se deshizo de gusto y mi boca en la pared pregonó mi corrida con gritos húmedos de saliva.

La pared se movía, él la movía, se corría y la pared temblaba entre nosotros.

Después llegó el silencio, la vergüenza el “¿qué he hecho?”. Pero había que salir de allí, aparentar normalidad, miré el reloj…

¡Dios mío! No me extrañó que sonaran los teléfonos, era la hora de la reunión de despedida de mi jefe, yo misma tenía que entregarle un obsequio que había pagado la empresa…

Así que me recompuse rápidamente, salí a la carrera y mi jefe ni siquiera estaba allí, ya estaba en la sala de reuniones. Al cabo de unos minutos le entregué su regalo mientras los empleados aplaudían educadamente, sin mucho entusiasmo, y nosotros nos dábamos dos castos besos en las mejillas…
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Para ti
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