Antiguo 08-nov-2017, 14:39   #1
elefant
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Predeterminado Para ti

Gema va pasando la fregona despacio, perdida en sus pensamientos, hace ya rato que friega el mismo trozo de parquet. El espacioso comedor está en penumbra, las pesadas cortinas corridas, la atmósfera cargada. Mediados de octubre y los días aún son cálidos. El sol de mediodía calienta los cristales pero las ventanas están todas cerradas al aire del exterior.

Hace ya un mes que Enrique, el marido de Gema, sufrió un accidente de coche, por la noche, cuando volvía de trabajar. “Una distracción”, dijo la policía. Se estrelló contra una farola y murió en el acto. Cuarenta y ocho años (tres más que Gema) que se fueron a la porra en un segundo.

Ahora ella se mueve por la casa como una sonámbula que no se acaba de despertar de la pesadilla. Ella piensa que si al menos hubieran tenido hijos... Pero no pudo ser. Vivían bien ellos dos solos, cada uno con su trabajo, los amigos, la vida que los tenía atrapados en su engranaje y los iba moviendo hacia delante...

Se siente el tornillo que ha saltado del mecanismo. Se ha quedado en el suelo, la máquina ha continuado su camino y ella permanece desconcertada en un charco espeso de tristeza y desesperación.

Lo peor de todo es que ni ella misma acaba de entender su abatimiento. Enrique y ella hacía años que ya no estaban enamorados, se querían como compañeros de un proyecto común pero sin la pasión y la entrega de los primeros años.

Habían estado juntos veinticinco años, quizás era eso lo que la tenía abrumada, que ella nunca había vivido sola, que siempre había tenido detrás unos padres o un marido para apoyarla.

Inesperadamente, sin una enfermedad que avisara, sin un presagio funesto de esos que salen en las películas, la llamada a las diez de la noche. “¿La señora Gema García?” Y el mundo había empezado a moverse bajo sus pies, el aire había huido de su alrededor, la sangre helándose en las venas...

Lo más duro de pasar son los fines de semana, como este sábado, cuando no tiene la obligación de ir a trabajar y el silencio y la inmovilidad se hacen sólidos a su alrededor.

Cuando por fin se da cuenta de que el suelo ya brilla de tanto frotarlo, decide subir al estudio de Enrique. Es una decisión que ha pospuesto durante todo el mes pero que ya no puede esperar más. Vivían, vive, en una preciosa casa adosada de tres plantas. La de arriba del todo se la apropió Enrique desde el principio, para tener su estudio, una área sagrada solo para él que Gema respetaba y a la cual únicamente iba muy de cuando en cuando a buscar algún libro. Desde el principio se habían repartido las tareas de la casa y Enrique se ocupaba de tener ordenado lo que él denominaba “su mundo”.

Gema no ha subido ni un solo día al estudio, tiene miedo de acabar de hundirse, pero sabe que tarde o temprano tendrá que ir, decidir qué hacer con todo lo que hay allí. Los libros, el ordenador, las cámaras de fotografía, los recuerdos de múltiples viajes... Piensa que no tiene por qué tocar nada. Lo puede dejar como está. Nadie la obliga a nada y tampoco es malo dejar las cosas así. Pero alguna cosa dentro de ella le dice que si no es valiente para entrar en el mundo de Enrique, tampoco lo será para tirar adelante su propia vida.

La puerta está medio abierta, la sala es grande, ocupa toda la planta superior, un despacho lleno de libros, fotografías enmarcadas, papeles encima de la mesa, lápices de todo tipo... A Enrique le encantaban.

La luz entra por las dos ventanas que tienen las persianas medio bajadas. Una ligera capa de polvo cubre todo, apagando los brillos, los colores, cómo si aquellos objetos no fueran reales ahora que su amo ya no vive.

Gema se sienta en una butaca situada bajo una de las ventanas, a Enrique le encantaba leer allí, con la luz natural entrando a raudales.

La mujer no llora, observa todas las cosas que ahora le parecen extrañas, sin valor, ajenas... Para ella tuvieron valor mientras su marido las amaba, pero ahora no le dicen nada. Piensa que algunos de los libros los podría donar a la biblioteca municipal, las cámaras de fotos y el ordenador para sus sobrinos, el baúl para su hermana (le gustan tanto...).

Gema abre los ojos de par en par, traga saliva. ¿El baúl? ¿De dónde ha salido ese baúl? Está medio escondido debajo de la mesa del despacho y ella no se había fijado nunca. Parece antiguo, pero está claro que es una imitación. La mujer se levanta y lo saca de debajo de la mesa, pesa bastante, quiere levantar la tapa pero está cerrado con llave.

Sonríe incrédula, ¿puede ser que su marido tuviera algún secreto para ella? Hasta ahora pensaba que no, igual que ella no había tenido ninguno para él, pero ese baúl cerrado con llave le está diciendo a la cara que dentro hay alguna cosa que su marido no quería que estuviera a la vista.

Comienza a buscar la llave, en los cajones de la mesa, detrás de los libros de las estanterías, en las cajas de fotos, en los archivadores... Aparece dentro del bote de los lápices y Gema la coge con dedos nerviosos y húmedos. Piensa que es tonta, porque haya lo que haya dentro del baúl, nada cambiará, además: ¿Qué puede haber?

La llave gira con facilidad, Gema levanta la tapa con impaciencia, pega un grito y se cae de culo al suelo.

Se ha hecho daño en el culo pero sonríe porque piensa que la situación es cómica, se levanta y mira más de cerca lo que hay dentro del baúl.

Es una mujer. No, una niña. No...

Es una muñeca, con el cuerpo de mujer y la cara de niña.

¿UNA MUÑECA?

Su aspecto es tan natural que, en el primer instante de levantar la tapa, Gema pensó que era un ser humano, pero ahora ve que se trata de una muñeca de silicona. Las ha visto en televisión alguna vez. Tiene una cara preciosa, de piel fina y blanca, con los ojos de rasgos orientales y la boquita de labios rojos formando un amoroso corazón. Sus cabellos, media melena lisa negra, parecen naturales.

Gema no se atreve a tocarla. Una vez desaparecida la sorpresa inicial su cerebro empieza a hacer preguntas. ¿Para qué podía querer Enrique una muñeca? ¿Y por qué tenía que esconderla?

Gema coge la muñeca y la tiende en el suelo del despacho. Debe medir un metro sesenta aproximadamente, dentro del baúl estaba plegada, pero ahora está completamente estirada sobre las baldosas. La cara de una adolescente japonesa (quizás) y un cuerpo esbelto con un vestido estampado de flores, bajo el que se adivinan dos pechos grandes que han temblado ligeramente cuando Gema la ha sacado del baúl. Las piernas largas, bien torneadas, los pies desnudos, acabados hasta el último detalle.

De golpe, un pensamiento como una flecha incandescente atraviesa el cerebro de Gema. “Enrique tenía esta muñeca para tener sexo con ella.”

Ahora lo ve, qué tonta, se trata de una muñeca sexual, una versión muy mejorada de las que ella había visto en las despedidas de solteros y solteras. No es de plástico, no tiene costuras, no está llena de aire. Es silicona de calidad, no pesa tanto como un cuerpo humano, pero a la vista y al tacto... Gema se estremece. ¿Puede ser que Enrique prefiriera tener sexo con esa muñeca antes que con ella? Su vida sexual había sido satisfactoria, bastante más que la de muchas amigas de Gema pero, a pesar de eso, ahí está esa niña, mujer, muñeca... Gema ya no sabe cómo denominarla.

La cara es casi angelical, no sonríe, pero su expresión es dulce y amorosa, la mirada perdida en la nada...

Gema toca el vestido, de seda, floreado de violetas y rosas blancas, abrochado por delante con una hilera de botones de nácar, de arriba a abajo. ¿Podía ser que a su marido le excitara? Comienza a desabrochar los botones, las manos rozan el cuerpo bajo la tela y la sensación es como si aquello fuera una mujer de verdad.

Una vez sacado el vestido Gema observa la delicada ropa interior que lleva puesta la muñeca. Sujetador y braguitas de seda blanca. No, no puede ser que Enrique hubiera hecho nada con eso, seguro que hay una explicación. Desabrocha el sujetador y un par de pechos grandes, de pezones duros color marrón claro quedan delante de su cara. No puede evitar pasar la mano por encima de las tetazas de puta que no concuerdan con la carita de ángel. O quizás sí que van a juego... Al tacto parecen de carne... Si cierra los ojos es lo mismo que si acariciara a una mujer… Una mujer muy bien formada y complaciente...

A Gema se le pone la piel de gallina porque por un momento siente que la niña/mujer está en su poder, que es suya y que ella puede hacerle lo que quiera. Un sensual cuerpo de mujer sin voluntad y a la que no hace falta darle ninguna explicación, un juguete íntimo sobre el que no hay que hablar ni reflexionar. Están ellas dos solas (está ella sola), nadie la puede ver, nadie la puede juzgar...

Gema tiene la cabeza muy espesa en ese momento, no entiende su excitación, si nunca se había fijado en las mujeres... Pero lo que la tiene más trastornada es la sensación de propiedad, de tener otro cuerpo a su disposición. Dirige su mirada hacia las braguitas, se pregunta si la muñeca estará tan bien acabada “ahí” también. Las antiguas muñecas de plástico solo tenían agujeros...

Arrastra la mano acariciando las bragas por encima, mirando los pechos, los ojos, la carita que le dice que es suya...

Arranca las bragas de un manotazo, aparece una vagina sin un solo pelo, labios mayores rosados y carnosos, labios menores un poco más oscuros y ligeramente separados, el clítoris un poco visible, desafiándola. Separa las piernas y ve el agujero de la vagina, pequeño, perfecto. Acerca el dedo, empuja y la penetra. Ha entrado fácilmente pero Gema siente el tacto de las paredes vaginales (o lo que sea) que acogen su dedo con una presión turbadora. Dos dedos, tres dedos, cuatro dedos... Gema penetra a la muñeca y mueve la mano adelante y atrás, cómo Enrique le hacía a veces a ella, la cara de la muñeca no cambia, su coño se amolda a los dedos, es aterciopelado, acogedor... Ella no ha tocado nunca el coño de otra mujer.

Gema tiene las mejillas encendidas, la respiración acelerada, la piel brillante de sudor... Se levanta, mira a la muñeca desde arriba. Piensa que se ha vuelto loca, jugando con una muñeca... Hacía años que no se sentía tan excitada. Se vuelve a agachar, pone a la muñeca de cara al suelo, le separa las nalgas redondas y turgentes, aparece el ano, fruncido, rosado... Piensa que si su marido se follaba eso, el culo tenía que ser el principal objetivo, porque era lo que ella siempre le había negado. Sin saber por qué lo hace, Gema se acerca y huele aquel agujero. No huele a nada. ¿Qué esperaba? Piensa que es idiota. ¿Se imaginaba que iba a oler a culo humano? Pone una mano en cada nalga y clava los dedos con fuerza. La “carne” se hunde y vuelve a su forma original cuando ella deja de magrearla. Piensa que ese juguete le debió costar un dineral a Enrique, porque parece de verdad, si es que tanta perfección puede ser verdad...

Mete un dedo dentro del culo de la muñeca, bastante más estrecho que el coño, palpa una sustancia seca. Se huele el dedo, sonríe a la vez que los ojos se le llenan de lágrimas. Esperma, esperma de su marido muerto hace un mes...

Se levanta, huye corriendo, cierra la puerta y baja las escaleras rápidamente. Se sienta en el sofá y llora hasta que oye que el reloj del ayuntamiento toca las ocho de la tarde.

Vuelve a subir las escaleras, abre la puerta, la muñeca en el suelo, las piernas obscenamente separadas, el culo ofrecido, como ella la ha dejado. Se agacha, la coge en brazos y la baja al cuarto de baño. Quiere lavar ese agujero, la quiere dejar limpia. La sienta en el bidet, de cara a ella, las piernas abiertas, los labios internos del coño que cuelgan un poquito, los pechos que se bambolean, los pezones que rozan la cara de Gema.

La mujer lava con jabón la vagina y el culo de la muñeca. Cuando acaba la pone encima de la cama y comienza a secarla con una toalla.

Le vienen ganas de hacer una cosa, sube a la cama, entre las piernas de la muñeca, acerca la boca a su coño de silicona y empieza a lamerlo, está blandito, caliente y mojado del agua del bidet, los labios internos se separan con suavidad cuando pasa la lengua, el clítoris se ofrece bajo el flexible capuchón. Gema hunde toda la cara, penetra con la lengua el agujero vaginal, después el culo, vuelve al clítoris, como si esperara oír gritos de placer, pero en el dormitorio solo se escuchan los jadeos de ella. Se incorpora, tiene ganas de hacer otra cosa, se vuelve a agachar y muerde los pezones duros y alargados.

¿Qué coño está haciendo? Se mira en el espejo que hay al lado de la cama. Visto desde esa perspectiva la muñeca parece una mujer de carne y hueso, una mujer que está a su disposición, que es SUYA.

Gema se saca rápidamente toda la ropa, coge a la muñeca por la cabeza y amorra la cara de niña buena a su coño peludo y húmedo, oprime fuerte la cabeza de cabellos sedosos entre sus muslos, la hace ir arriba y abajo, la boquita de labios de fresa le roza el clítoris una y otra vez hasta que Gema llega al orgasmo.

Después apaga la luz y se mete entre las sábanas con la muñeca. Se abrazan, se besan, se frotan la una con la otra, Gema la penetra con los dedos, la mano de la muñeca dentro del coño de Gema, las bocas fundidas en una. Parece tan de verdad aquella piel de melocotón que casi puede sentir la sangre correr por debajo, caliente y veloz...

Largo rato después Gema se duerme sintiendo el aliento de ella en su cuello.

Y cuando llega la mañana del domingo Gema abre los ojos, primero no recuerda nada, después le viene todo a la cabeza. Enrique está muerto y ella... Y ella ha pasado la noche con una muñeca de silicona. La busca pero no está entre las sábanas. Oye correr el agua de la ducha en el baño...
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Antiguo 09-nov-2017, 12:23   #2
mikeloliva
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Es la sorprendente herencia de Enrique, no premeditada, y casual para Gema.
Una pieza más en el rutinario engranaje de su vida que, con el sonido del agua en la ducha, adquiere su propia vida. Ventana de aire fresco. Canción de fantasía post mortem.

Me gusta la puerta del baño que nos dejas abierta.

Delicioso relato.

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Antiguo 09-nov-2017, 12:56   #3
elefant
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Es la sorprendente herencia de Enrique, no premeditada, y casual para Gema.
Una pieza más en el rutinario engranaje de su vida que, con el sonido del agua en la ducha, adquiere su propia vida. Ventana de aire fresco. Canción de fantasía post mortem.

Me gusta la puerta del baño que nos dejas abierta.

Delicioso relato.

Gracias, Mikelo .
Voy a poner en este hilo algunos de los relatos que ya estuvieron publicados aquí hace años y que después borré. Y si me vuelve la inspiración pondré alguno de nuevo .
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Antiguo 09-nov-2017, 13:23   #4
elefant
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Predeterminado Tormenta en la autopista

Es la hora del desayuno y Martín para el camión en un área de descanso de la autopista, hoy está relajado, lleva una carga de muebles que ha de dejar en destino durante todo el día, no le han dado prisas ni tiene ningún otro servicio por hacer, piensa que eso va por los días en los que trabaja más de doce horas y llega a casa de noche y agotado.

Entra en el pequeño restaurante y pide un refresco y un bocadillo de jamón. Hay poca gente, casi todas las mesas libres, se sienta al lado del cristal, mira el camión, después a la mesa de enfrente. Ve a una mujer tomando un café con leche, debe tener unos cuarenta y cinco años, aunque Martín nunca ha sido bueno para estos temas de calcular la edad. Él tiene treinta y cuatro. Sin darse cuenta observa a la mujer con detenimiento mientras él mastica el bocadillo y ella lee unos papeles que tiene encima de la mesa.

Estamos a finales de junio y eso ya se nota en las mujeres, piensa Martín, que van ligeras de ropa y con las pieles doradas de los primeros días de playa. La mujer a la que está observando lleva un vestido negro con pequeñas flores lilas estampadas. Es un vestido elegante y parece de calidad, ni escotado, ni demasiado corto, de media manga, un vestido que aunque no es provocativo a la mujer le queda como una segunda piel, resiguiendo cada curva de su abundante pecho, de su cintura estrecha y de sus caderas rotundas y pronunciadas.

La mujer tiene un maletín a su lado, parece que lee listas de precios, Martín piensa que debe ser una comercial. Ella está absorta en las listas y sin darse cuenta se pasa una mano por el largo cabello, liso, castaño oscuro, que le llega a media espalda. No lleva mucho maquillaje, pero ese es otro tema del que Martín no entiende demasiado. Cree que sí, que va un poco pintada, lo justo para estar atractiva y parecer una señora a la vez, es decir, nada de buscar ligues. La mujer está trabajando y punto, como él.

Por un momento Martín se siente culpable de observarla tan detenidamente, sin piedad se dice, mientras le viene una sonrisa a la boca por lo tonto que se siente y en ese momento la mujer levanta la cabeza y lo sorprende con la sonrisa en los labios. Martín no puede evitar sonrojarse y ella le sonríe porque le hace gracia que el chico se haya puesto rojo. Después ella recoge los papeles, se levanta y se marcha con su maletín y un paso seguro de mujer de negocios que está acostumbrada a los tacones altos y a pisar con decisión. Martín la ve subir a su coche, un Audi A3 plateado. También ve que el día de finales de junio se ha nublado bastante, parece que viene tormenta.

Carmen vuelve a incorporarse a la autopista. Ha repasado las listas de precios cincuenta mil veces. No entiende lo que está mal pero en la oficina su jefe se lo ha dejado claro, las cuentas no cuadran y debe repasar de nuevo todas las referencias, precios y descuentos antes de continuar con las visitas a los diferentes clientes de la comarca. Está harta de ese trabajo. Todo el día en la carretera, aguantando a viejos verdes que se creen que ella también va incluida en la venta del producto. Hace cinco años que tiene ese trabajo y se da cuenta de que cada vez viste más tapada y más sobria. Como el vestido que lleva hoy. Esta mañana, cuando se ha vestido, el cuerpo le pedía ir sin mangas, con poca ropa, hace calor, estamos en verano, pero se ha tapado una vez más y aún así sabe que su cuerpo voluptuoso se mueve bajo la tela negra como una serpiente que se ondula mostrando sus curvas peligrosas.

Le ha hecho gracia el chico que desayunaba delante de ella. Ya hacía rato que notaba su mirada escrutadora, pero no había levantado la vista porque le parecía que solo era curiosidad y que el chaval no tenía ninguna intención “lasciva”. Cuando le viene esa palabra a la cabeza Carmen sonríe y piensa que al final se hará monja de clausura con tanta tontería. Lo que ocurre es que a ella le gusta conquistar y no que la conquisten. Le gusta ser la que escoge y no tener que aguantar las babas de cualquiera que se cree con derecho a lamerla solo porque ella es la vendedora y él el comprador.

Buff le parece que se está mareando, le ocurre a veces en días como los de hoy, en que las bajas presiones la afectan a ella también. Sale en el área siguiente, una zona con pocos aparcamientos, un par de parasoles de caña, dos bancos metálicos y cuatro papeleras. Baja del coche, hace bochorno, parece que la lluvia es inminente, del asfalto sube un vaho abrasador que le llega hasta los muslos, no corre brisa, ella se da aire con las manos, se sienta en un banco al lado del coche.

Martín ya está en la autopista de nuevo cuando lo llaman al móvil. El manos libres del camión está estropeado y él no se la quiere jugar cogiendo el trasto en plena conducción. Sale en la siguiente área. Solo hay un coche aparcado. Coge el teléfono, ya ha dejado de sonar, se da cuenta de que era una llamada publicitaria y los maldice. Ni ha parado el camión, comienza a acelerar de nuevo cuando se da cuenta de que el coche aparcado es el Audi y que la mujer está sentada al lado, pálida y preciosa envuelta por la amarillenta luz que desciende del cielo encapotado de media mañana.

Para el camión detrás del coche y baja sin pensárselo dos veces. El cegador zigzag de un relámpago les hace cerrar los ojos por unos instantes y la electricidad que hay en el aire hace que sus pieles pegajosas se estremezcan. Después llega el trueno, aún lejano, amortiguado, mientras ellos se miran sin saber qué decir.

Carmen reconoce al camionero, piensa que visto así de pie es un pedazo de hombre, alto, robusto, con unos tejanos descoloridos y una camiseta con el nombre de su empresa. Lleva el cabello muy corto y muestra una cara afable que la reconforta.

Martín se da cuenta de que la mujer no se siente bien. “¿Te has mareado?” le pregunta.
Ella dice que sí, que le pasa a veces, que hace mucho bochorno y que la ahoga el olor del asfalto recalentado. El hombre le ofrece la mano y le dice “Ven” y ella no se lo piensa dos veces, se levantan y cogidos de la mano van hacia una zona de la valla de alambre que tiene un agujero considerable, seguramente que lo ha hecho alguien que tenía una “necesidad urgente” y no tenía tiempo de llegar a la “civilización”. Por eso Martín le dice “pasa por aquí pero con cuidado, no sea que haya regalitos”. Cruzan la alambrada y pasan al otro lado, hierba seca, polvo, papeles, más allá un pequeño bosque de pinos.

Ella sigue cogiendo de la mano al chico y se da cuenta de que le gusta, no sabe lo que están haciendo pero le gusta que la mañana se rompa de esa manera, de la mano de un hombre joven que la lleva a un bosque. “Me llamo Carmen”. “Martín” añade él y no parece necesario decir nada más.

Cuando llegan a la altura de los primeros pinos empiezan a caer gotas. Las primeras son calientes, después vienen más, muchas más, frescas y alegres. Han profundizado unos metros dentro del bosque y el suelo está limpio, solo pinocha y alguna mata de hierba. Huele a resina, a romero y a ozono. Un nuevo relámpago los paraliza, el trueno casi a tocar de la luz, la tormenta sobre ellos, agua a manta.
Y a Carmen le sobra el vestido, se baja la cremallera y se lo saca por la cabeza. Martín la mira pero no parece sorprendido, todo es tan diferente a lo que tendrían que estar haciendo en esos momentos que ya no se inmuta.

La lluvia empapa el cuerpo de Carmen en un momento, le resbala por el cuello, le pega el cabello a los hombros, le llena el agujerito del ombligo, se desliza por sus muslos, se le escurre por la entrepierna haciéndole cosquillas. Casi no puede abrir los ojos, estira los brazos, levanta la cara al cielo, ve pinos y nubes, verde y gris y luz blanca de otro relámpago. Se desabrocha el sujetador, se quita las bragas, tira los zapatos lejos, baila despacio bajo la lluvia, dejando que le limpie el espíritu cansado, librándose a las sensaciones, abre la boca y deja que el agua la invada, la bebe con gusto.

Martín la mira hechizado. No han hablado de nada, solo se han dicho los nombres, y aquí está con una mujer, bajo una tormenta considerable, mirando como ella baila desnuda bajo la lluvia. Él también está empapado y querría sacarse la ropa, pero no acaba de soltarse.

Es ella quien se le acerca y le saca la camiseta, después le lame el pecho velludo, los pezones erectos. Le desabrocha los tejanos, se los baja y él se quita los zapatos y los calcetines para que ella acabe de sacarle los pantalones y los calzoncillos.

Después se abrazan tan fuerte que el agua que cubre sus torsos hace un ruido seco y sale despedida por los lados. Ella hace que él se tumbe en el suelo, sobre la hierba y el agua que corre. Martín lo hace sintiendo mil agujas que se le clavan en la espalda. Por debajo de él la pinocha y por encima la tormenta que descarga con fuerza.

Ella se pone sobre él, una pierna a cada lado del cuerpo del chico, de pie, mirándolo a los ojos, poderosa, segura. Él piensa lo típico, que parece una diosa de la naturaleza. Le ve las tetas grandes y brillantes, escurriendo agua sobre él, los muslos rotundos y morenos, el coño grande y oscuro. Ella se separa con las manos los labios del coño, para enseñárselo bien, aún de pie, él tumbado, la lluvia incesante y un trueno que reafirma los movimientos de la hembra.

Martín puede ver los labios menores, por un momento el agujero del coño, hasta el clítoris inflado... Y siente la polla que hasta ahora no había reaccionado creciendo de golpe, reptando sobre su pubis, caliente, quemando sobre la piel mojada.

La mujer abre más las piernas y va bajando poco a poco, abierta de piernas, le coge la polla y la encara con su agujero, después se deja caer lentamente, hasta que sus nalgas chocan con la pelvis de él.

Lo mira a los ojos, sonríe. Él piensa que está bellísima con los cabellos pegados a la cara, el maquillaje que se le ha ido (sí que llevaba). Ella deja caer la cabeza hacia atrás, le muestra el largo cuello, él ve como ella se traga la saliva, le mira los pechos que tiemblan y muestran unos pezones largos que parecen de goma. Martín estira las manos y se los pellizca con suavidad, después con más fuerza. La mujer cierra los ojos y empieza a cabalgarlo. Primero con movimientos lentos, tiene la polla bien clavada dentro y no la quiere dejar escapar. Mueve las caderas y mueve las paredes de la vagina, lo estruja como si quisiera ordeñarlo. Él continua magreándole las tetas y la tormenta arrecia.

Martín hace esfuerzos para no eyacular, el contraste entre el frescor de fuera y el calor abrasador del coño de ella lo están enloqueciendo de placer. Apresa una vez más los pechos de ella, como si fueran naranjas y quisiera sacarles zumo, ella gime y continua con los ojos cerrados, se mueve más rápido y en cada envite la polla está a punto de salirse, pero ella la controla y no la deja escapar. Martín tiene los huevos inundados de agua y de los líquidos de ella.

Ella se para. Vuelve a abrir los ojos. Se agacha y le besa en los labios, sonríen los dos, vuelven a besarse, las lenguas se lamen y relamen. Martín la muerde, ella también, se succionan la boca como si les fuera la vida.

Carmen cambia de posición, se pone sobre él en la postura del sesenta y nueve. El coño delante de la cara de Martín, la boca de ella sobre la polla de él. Carmen no piensa, hace rato que solo se deja llevar. Martín se dice que está follando en el bosque con una desconocida mientras una tormenta cae sobre ellos. Y después se olvida de todo porque Carmen se mete su polla en la boca, entera, hasta que él percibe las paredes calientes de la garganta, el paladar sobre el prepucio, el suave roce de la respiración de la hembra sobre sus huevos.

Delante de él tiene un coño abierto, un sexo precioso, hinchado, húmedo y reluciente que palpita de deseo esperándolo. Martín levanta un poco la cabeza y lame primero el agujero del culo, granate y dilatado, hace rodar su lengua por los pliegues del ano, con la punta aprieta hacia dentro y el agujero lo recibe con deseo. Mete un dedo, después dos, mientras dirige la lengua hacia el coño. Hunde su cara, la nariz aspirando el olor a hembra, la barbilla resbalando y la lengua que empieza a ir para arriba y para abajo entre los labios grandes y trémulos.

Carmen le está haciendo el amor a esa polla de piedra que ha encontrado por casualidad, la está amando como ella sabe, con todo su cuerpo y finalmente con la boca. La lame, la besa, la chupa, la roza y la degusta como si no hubiera nada más en el mundo. Siente los dos dedos que Martín le ha metido en el culo y ella también busca el agujerito de él entre los muslos, primero lo cosquillea, aprieta con suavidad, y cuando tiene la polla bien adentro en la garganta le mete el anular entero.

Y así continúan un rato más, los dos a punto de llegar al orgasmo e intentado que no llegue aún, queriendo alargar el momento. Penetrándose mutuamente con los dedos, comiéndose el alma y la vida entera.

Para de llover de golpe, el cielo se abre, el sol pasa entre las copas de los pinos, se hace el silencio y Martín no puede más y explota en la boca golosa de Carmen que se lo traga todo mientras libera su orgasmo en la boca de él, el coño deshecho en líquidos y espasmos, Martín ahogado del placer de los dos y Carmen soltando un último grito que se escucha en todo el bosque.
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Antiguo 09-nov-2017, 19:01   #5
LUDICO
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No se si cada relato es independiente o son partes que se entrelazaran más adelante, pero describes tan nitiditamente las situaciones que me haces casi casi sentir esa piel de silicona o oler esa arena mojada por la tormenta mientras Carmen baila bajo la lluvia....

Como siempre graciassssss

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Antiguo 10-nov-2017, 00:15   #6
CHARON
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Muy bueno... Genial... thumbs up
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Antiguo 10-nov-2017, 07:21   #7
abatuf
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Muy buenos relatos. Te has gando un lector !!!!

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Cunilingus, ese placer compartido
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Antiguo 10-nov-2017, 07:49   #8
juan1111
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Antiguo 10-nov-2017, 10:28   #9
elefant
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No se si cada relato es independiente o son partes que se entrelazaran más adelante, pero describes tan nitiditamente las situaciones que me haces casi casi sentir esa piel de silicona o oler esa arena mojada por la tormenta mientras Carmen baila bajo la lluvia....

Como siempre graciassssss

Gracias a ti por tu tiempo. Cada relato va a ser independiente. La mayoría no son más que mis fantasías sexuales puestas en orden. Cuando yo las uso para masturbarme me centro en las escenas más excitantes, pero para escribirlas, para llegar a una escena que sea excitante y poder transmitirla, hay que construir primero toda una historia.


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Empezado por CHARON Ver Mensaje
Muy bueno... Genial... thumbs up
A lo mejor alguna te sonará de haberla leído antes...


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Empezado por abatuf Ver Mensaje
Muy buenos relatos. Te has gando un lector !!!!

Juraría que tú ya me has leído otras veces .


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Empezado por juan1111 Ver Mensaje
Muy bien escrito.
Muchas gracias, Juan.
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Antiguo 10-nov-2017, 10:32   #10
elefant
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Predeterminado Hormigas negras

Una de las fantasías en las que pienso cuando me masturbo. Es antigua, hace años y años que de vez en cuando recurro a ella para pasar un buen rato.

Transcurre en el lejano oeste, en los tiempos de los cowboys y las diligencias.





Una diligencia cruza una zona semidesértica, lleva seis pasajeros más los dos hombres que se turnan en guiar los caballos.

Las jornadas son largas y agotadoras. Una de las pasajeras, una joven que no debe superar la veintena y que viaja acompañada de una especie de institutriz de unos cincuenta años no puede aguantar más, hace rato que se está meando y aún falta mucho para la próxima parada.

Se lo dice al oído a su cuidadora y ésta pide a los cocheros que paren.

El paisaje es bastante plano pero la joven y su acompañante van detrás de una loma, donde estarán a salvo de las miradas y la chica podrá orinar.

Los demás pasajeros, dos hombres mayores, más otro en la treintena y una mujer de unos veinticinco años, aprovechan para bajar también y estirar un poco las piernas, pero sin alejarse de la diligencia. Los cocheros vigilan desde arriba, alertas, oteando el horizonte, atentos a cualquier movimiento.

Todos se sobrecogen cuando oyen los chillidos de la joven que ha ido a mear, parece desesperada, gritando sin parar. Su cuidadora aparece corriendo, llorando… y les dice que mientras la joven orinaba ha sido atacada por las hormigas negras.

Las hormigas negras eran una especie ya extinguida hoy en día pero bastante abundante en los desiertos del sur de Estados Unidos hace años. Solo atacaban a las mujeres, las mordían y se quedaban pegadas en sus partes “íntimas”. Si una mujer, por descuido, se quedaba desnuda al aire libre, o en su casa con alguna ventana abierta, o si necesitaba mear y quedarse al descubierto por unos minutos… Las hormigas negras aparecían de no se sabe dónde y se adherían con su negra cabecita al coño, el culo y los pezones de las desdichadas que podían morir en cuestión de minutos.

Pero existía un remedio. Las hormigas no atacaban a los hombres, es más, la saliva de los hombres hacía que estas se desprendieran de su presa y murieran inmediatamente.

Circulaban rumores, anécdotas, historias reales o no, de mujeres que habían sido salvadas por desconocidos que las habían lamido hasta librarlas de los malignos insectos. También había bromas, algunas mujeres decían que estaban deseando que las atacaran las hormigas, para que las comieran bien y se pudieran correr a gusto sin que nadie pudiera decir nada. Incluso había mujeres que en sus círculos íntimos habían confesado que sus únicos orgasmos habían sido el día que las hormigas las habían atacado. Pero era muy peligroso, algunas mujeres habían muerto entre horribles dolores al no haber un hombre dispuesto a salvarlas con su saliva…

Así que la institutriz explica turbada y sonrojada que a su joven ama la están atacando las hormigas, después se queda en silencio, no se atreve a pedirlo, nunca pensó que ella viviría un episodio como ese…

Es uno de los pasajeros mayores el que dice, con la polla morcillona solo de pensar en el coñito joven que se va a comer “Si nos da permiso podemos salvarle la vida a la chiquilla”

Y la cuidadora asiente, llorando, mientras la otra mujer la abraza.

Los cocheros no se mueven de su sitio, pero los dos pasajeros mayores y el hombre de treinta años se dirigen detrás de la loma, llevan una manta y aunque en su mente está ante todo salvar la vida de la mujer, los tres van salivando pensando no precisamente en las hormigas…

La joven está en el suelo, revolcándose de dolor, ve llegar a los tres hombres. Primero dice “no me toquen, no me toquen” pero después los dolores que siente la hacen callar y empieza a llorar.

Los tres hombres la cogen, la llevan a un lugar más alejado, para evitar que vengan nuevas hormigas, ponen la manta en el suelo, la tumban y empiezan a desnudarla.

Ella vuelve a gritar, en ocasiones ofrece resistencia, en otras se deja hacer. Es virgen y ni siquiera sabe lo que es un orgasmo, pero no es ajena a todas las leyendas que circulan en torno a las hormigas negras.

Los hombres la desnudan rápidamente, dejándole solo un corsé que le aprieta la cintura. Tiene las tetas grandes y duras, con los pezones erectos, llenos de pequeñas hormigas aferradas como si fueran grapas.

El más joven empieza a chuparle los pezones, los embadurna bien de saliva, alguna hormiga empieza a soltarse, él chupa y escupe.

Ella sigue quejándose de dolor, tumbada sobre la manta. Uno de los hombres mayores intenta separarle las piernas, que ella cruza obstinadamente. Al final, entre los dos hombres consiguen abrirle bien las piernas.

Su coño tiene poco pelo, carnoso, húmedo, lleno de hormigas agarradas.

Los hombres empiezan a lamer los labios, el clítoris, el agujero… Le levantan las piernas, el ojete también está lleno de hormigas, lo chupan con fruición.

La joven sigue gritando, pero cada vez es más de placer y menos de dolor.

Desde la diligencia, los demás pasajeros y la institutriz se miran unos a otros. Se preguntan si los gritos son de dolor o de placer. Incluso puede que las mujeres sientan envidia del momento que está viviendo la otra.

Los tres hombres siguen lamiendo, chupando, comiendo a la joven. La saliva le chorrea por la raja y las tetas. Ella no entiende bien lo que le pasa pero cada vez desea más que ellos la laman, hasta que uno de ellos le come el clítoris, que hace ya rato que está libre de hormigas, lo lame en círculos, le da golpecitos con la lengua y la joven tiene su primer orgasmo.

Ellos no se la van a follar, saben que mientras laman están haciendo una “buena obra”. Extralimitarse podría significar la muerte. Así que la siguen lamiendo y acariciando con las manos, sobándola entera, alargando el momento…

Ella dice que ya está, que ya no tiene hormigas, intenta incorporarse, tiene las piernas tontas por efecto del orgasmo, solo consigue andar unos pasos a cuatro patas encima de la manta.

Uno de los hombres mayores, que tiene una lengua extraordinariamente larga y gorda se acerca a ella por detrás, la toma de las caderas y le mete la lengua en el coño.

El joven observa la escena, la chica con las tetas gordas balanceándose, con los pezones rojos e irritados de la succión. El corsé apretando su vientre y haciendo que su culo parezca más grande y hermoso. Y la lengua roja y brillante de ese hombre entrando y saliendo del agujero del coño, mojado de saliva y de flujo.

Ella se ha quedado quieta, entregada, el otro hombre se arrodilla también detrás de ella y le lame el ojete, presiona, le mete la lengua. Y ella se siente tan guarra, tan ofrecida, tan sin voluntad, que vuelve a correrse.

Al cabo de unos minutos la joven llega a la diligencia, vestida de nuevo y con renovados aires de dignidad. Los tres hombres llegan un poco más tarde, después de pajearse, Nadie comenta nada y todos siguen viaje…


(Yo me suelo correr cuando el hombre mayor le penetra el coño con la lengua)
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JAJAJA, The far and hot west...


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[quote=elefant;7297722]Gracias a ti por tu tiempo. Cada relato va a ser independiente. La mayoría no son más que mis fantasías sexuales puestas en orden. Cuando yo las uso para masturbarme me centro en las escenas más excitantes, pero para escribirlas, para llegar a una escena que sea excitante y poder transmitirla, hay que construir primero toda una historia.
/QUOTE]

Pues disfrutaemos con estos relatos cortos pero calientes y más sabiendo lo que te provocan. Graciasssss!!!
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Antiguo 11-nov-2017, 00:16   #13
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Magníficos relatos Elefant. Yo sólo te "conocía" del foro de charlas y te acabas de ganar a otro lector. Gracias.
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Antiguo 11-nov-2017, 02:26   #14
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Están todos extraordinariamente escritos, pero el de la muñeca me ha dejado alucinado, es fantástico!
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Dedícanos una visita: /chicas-parejas/126442-daenerys95-quiere-ensenar-post7213671.html
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JAJAJA, The far and hot west...
Me excita la idea, un grupo variopinto de hombres experimentados gozando del cuerpo hermoso de una mujer sin o con poca experiencia, que ella no quiera al principio y que al final goce como una perra, que todos piensen que eso está mal pero que no puedan evitar sucumbir al deseo y a la lujuria. Me encanta el “pecado”, “caer en la tentación”. Para que eso no sea delito, ni me traiga problemas de conciencia, para que yo pueda masturbarme con esas escenas, necesito montar una historia alrededor, y ahí entran en juego las hormigas negras del far west .


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Magníficos relatos Elefant. Yo sólo te "conocía" del foro de charlas y te acabas de ganar a otro lector. Gracias.
Gracias a ti por tu tiempo y por comentar.


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Están todos extraordinariamente escritos, pero el de la muñeca me ha dejado alucinado, es fantástico!
A veces hay temas que me vienen a la cabeza y que están días y días dándome la lata en el cerebro. La posesión de otro ser humano, tener a alguien a mi entera disposición, tomarlo… Necesitaba escribir sobre eso. Imaginarme tener a otra mujer, mía, sin que nadie lo supiera, sin que nadie pudiera censurarme, sin que yo misma pudiera alegar motivos éticos y/o religiosos, LA POSESIÓN PURA Y DURA, poder hacer con ella lo que quisiera… Es excitante y a la vez turbador. Si yo quedo con otra mujer, un ser humano, hasta llegar a “poseerla” (si es que eso llega) habrá que andar un largo camino. No puedo coger a otra hembra, llevármela a casa, bajarle las bragas y penetrarle los agujeros ante su absoluta entrega… (buffff, ¿ves? Solo de escribirlo ya me excita ). Por eso creé una muñeca, así no hay juicios ni prejuicios, no hay que dar explicaciones, ni a mí misma, ¿o sí?
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Antiguo 11-nov-2017, 12:33   #16
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Contigo Elefant, mejor dicho, con tus relatos el tiempo no se pierde, simplemente se detiene.
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Antiguo 13-nov-2017, 10:20   #17
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que escribes muy bien es una obviedad, pero por si fuera poco tienes mucha imaginación y además nos pones en situación de de una forma exquisita,

muchas gracias por excitarnos tanto,

besitos,
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Antiguo 13-nov-2017, 10:56   #18
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Contigo Elefant, mejor dicho, con tus relatos el tiempo no se pierde, simplemente se detiene.
Y conmigo tampoco .
Gracias por tu comentario, detener el tiempo... qué bonito...


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que escribes muy bien es una obviedad, pero por si fuera poco tienes mucha imaginación y además nos pones en situación de de una forma exquisita,

muchas gracias por excitarnos tanto,

besitos,
Mi imaginación me persigue .
Gracias a ti por leerme.
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Antiguo 13-nov-2017, 11:05   #19
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Predeterminado "Tócate"

La mañana de noviembre es soleada pero fría, tristeza húmeda que resbala en el aire. Ella camina despacio por la acera, hace unos días el oftalmólogo le confirmó que se tiene que poner gafas para ver de cerca, le explicó que a partir de los cuarenta años es un problema que se le suele presentar a la mayoría de personas. Ella pensó que eso no era un consuelo, al contrario, primero cumplir los cuarenta y ahora las gafas, pero camina resignada mientras esquiva los montones de hojas amarillas que el viento ha acumulado caprichosamente. La tenue caricia del sol en su cara no es suficiente para que ella entre en calor.

Llega a la óptica, nunca antes ha entrado, es la primera que se le ha ocurrido, la que está más cerca de casa. Entra e inmediatamente percibe el calorcito que impera en el interior. El sol que fuera le ha parecido agónico y desprovisto de fuerza se filtra a través del escaparate en cientos de colores alegres que bailan en el suelo de parquet. No hay más clientes, aún es pronto, sobre las diez.

De un cuarto interior emerge un hombre de unos cincuenta años, de aspecto normal pero enérgico, con una bata blanca y unos papeles en la mano. La saluda amablemente y le pregunta qué desea. Ella le explica su problema y el oculista la hace pasar a otra sala donde le hace diversas pruebas para confirmar lo que ella le ha dicho, presbicia, efectivamente.

Ella se siente a gusto, el silencio y la luz que flotan en el ambiente la relajan y hacen que olvide por unos minutos ese otoño gris que la quiere devorar y que seguramente sigue acechando fuera.

El hombre le dice que le va a probar diferentes tipos de gafas, para ver cuál es el que mejor le sienta a sus facciones. Así que ella se acomoda en un sillón, frente a un gran espejo que tiene adosados unos cajones en la parte baja, que sirven tanto para guardar las gafas como para hacer de mesita. Se mira en el espejo. Cuarenta años... Bueno, no está mal. Delgada no, quizás con unos quilitos de más, la piel de la cara muy fina, unos ojos vivarachos, el pelo largo y desordenado, una sonrisa dulce.

El hombre se sitúa de pie detrás de ella y le va probando monturas. Cada vez que él se agacha para ajustarle una, ella percibe el cuerpo masculino presionando su espalda, su nuca. Es una presión leve que al imaginarse con que parte del cuerpo la está haciendo hace que ella se sonroje. Él, al quitarle unas gafas, le acaricia con un dedo la cara. Ella percibe su aroma, jabón y café.

El oculista la va interrogando sobre qué modelo le gusta más y ella le contesta con naturalidad, pero es como si estuviera interpretando un papel, porqué cada vez nota más presión en la parte baja de la nuca, cada vez más calor detrás de ella, juraría que el pene de él está erecto, presionado sobre ella, debajo de la ropa... Pero el hombre está siendo muy amable y correcto, tiene dudas, ella siempre ha tenido tanta imaginación...
Hasta que él, mirándola a los ojos a través del espejo, le dice "Tócate".

En el primer segundo ella piensa que se refiere a los ojos, a las gafas, pero comprende que no, el tono en él que lo ha dicho, la manera en que se le ha escapado el aire de los pulmones al decirlo, el fuego de su mirada, los labios casi temblando…

"Tócate" dice él otra vez, y ahora sonríe levemente, como disculpándose, como si aquello fuera inevitable, como si se conocieran, como si no hubiera otra salida que esa...
Y ella piensa que tendría que huir corriendo de allí, que está casada, que aquella tienda está en el barrio donde vive, que lo que quiere son unas gafas, que tiene que levantarse... Pero por un instante mira hacia fuera, ve a través de los cristales un charco de agua sucia que se arrastra por la acera, el envase de un zumo de frutas que pasa rodando con el viento, las hojas muertas que gritan su silencio...

Ella separa las piernas violentamente, pone un pie a cada lado del espejo, sobre los cajones, se levanta la falda y deja que el vea las hermosas botas de piel negra que llegan a la altura de la rodilla, las medias negras recién estrenadas, con ligas, nunca le han gustado los pantys, demasiada ropa oprimiéndole el cuerpo. Así que ahora él puede ver la parte alta de los muslos, blancos después que el color dorado del verano ya se ha ido, y unas braguitas negras, sencillas, lisas, sin adornos; pero que en la postura de ella, abierta de par en par frente al espejo, atraen los ojos de él como un imán.

Ella se empieza a acariciar las piernas con las manos, desde las botas, subiendo lentamente, pasando por las medias, las ligas, deteniéndose voluptuosamente en la carne tierna de los muslos, dibujando pequeños círculos que hacen que la boca se le llene de saliva, que se le escape un pequeño gemido. Los ojos de ella se clavan en los de él, en el espejo, su lugar de encuentro. Hasta que ella desplaza su mano derecha sobre las bragas, sobre el pubis, sobre el coño. Y los ojos de él se deshacen allí y una leve sonrisa aparece tanto en los labios de él como en los de ella.

Ella abre un poquito más las piernas, todo lo que puede, la postura es obscena, de entrega total. Desliza su dedo índice por el lado de las braguitas, por el hueco que queda entre el muslo y la carnosidad de la vagina, se escapan unos pelitos, le hacen cosquillas, toda ella se estremece. Entonces desliza su mano dentro de las bragas. Los dedos le resbalan sobre la humedad caliente. Ella sube y baja la mano, sus dedos pasando por en medio de los labios, rozando el clítoris, bajando al agujero que las piernas en tensión han dejado abierto de par en par. Ella percibe todo eso pero sabe que él no lo puede ver, solo intuirlo. Por un momento se siente cruel, mala, por negarle la visión que seguramente él anhela. Hasta que ve que el tiene unas tijeras en las manos y comprende lo que va a hacer. Le corta las bragas, se las arranca y se sitúa de nuevo detrás de ella, sonriendo, sin quitar los ojos de ella, de toda ella.

Por un momento ella se ha sentido avergonzada, allí, abierta de aquella manera, con sus agujeros expuestos, pero la excitación de exhibirse delante de él es tan alta que rápidamente vuelve a la carga con sus maniobras manuales. Primero acaricia el suave vello negro del pubis, después los labios mayores, carnosos, llenos, sensuales. Después los internos, hinchados de sangre y fuego, que tiemblan al rozarlos con el índice, brillantes de humedad. Sólo para él, para que disfrute, ella se abre el coño con las dos manos, tira el capuchón del clítoris hacia atrás para que él perciba lo hinchado que está, baja a la entrada de la vagina y se introduce un par de dedos, ella gime, él también. Los dedos salen empapados y ella los alza hacia él que los chupa inmediatamente, como si le fuera la vida en ello. Después ella los baja de nuevo, las caricias se hacen más rítmicas, sobre su clítoris con una mano, se mete un dedo en el culo con la otra. Siente los pezones duros dentro del sujetador, le pican. Hace un movimiento casi imperceptible pero que él entiende, le mete las dos manos por debajo de la blusa, le arremanga el sostén y atrapa los pezones entre sus dedos. Los aprieta fuerte, los tuerce a un lado y a otro.

Ella no puede más, percibe su clítoris como si fuera el centro del mundo, el coño le palpita, el dedo que entra y sale del culo parece que tenga vida propia y las manos de él la vuelven loca. El orgasmo empieza muy lejos, pero se acerca rápido, luz, calor, descargas que sacuden su cuerpo como olas de miel caliente. Chilla, se entrega, ve en el espejo como del agujero de su coño agitado en espasmos salen unas gotitas que resbalan perezosamente hasta la butaca.

Después se levanta apresuradamente, avergonzada, se va corriendo. Atrás quedan sus bragas, su pedido sin terminar, su placer, ese paréntesis de liberación entre tanta gris cobardía.
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Antiguo 13-nov-2017, 15:57   #20
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Gracias por tu comentario, detener el tiempo... qué bonito...



Contigo me lo imaginaba, pero sólo podía ser eso, una imaginación.


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Predeterminado La señora Aurora y Manolito

Episodio 1

La señora Aurora camina segura y altiva cruzando la plaza del pueblo. Sabe que con su taconeo y su paso elegante y decidido siempre hay alguien que la mira. No lo hace porque sea demasiado presumida ni quiera llamar la atención. Más bien es una manera de mantener su imagen. En los pueblos pequeños nos podemos encontrar todos los estereotipos. La viuda alegre, el gandul, el triunfador, la madraza... Y Aurora es la señora. Y todos la llaman “señora Aurora”. Está a punto de cumplir sesenta años y hace ya cinco que vio morir a su marido. Él era el notario del pueblo. Y no se sabe bien cómo, Aurora, la moza de Casa Pinto, pasó a ser la señora Aurora. Fue antes de quedarse viuda, pero ella no sabría decir en qué momento exacto.

Aurora mantiene la imagen que el pueblo espera de ella. La viuda que vive sola, que cuida de su casa y de la hija y los nietos cuando la visitan el fin de semana. Siempre vestida con buenas ropas, muchas de ellas confeccionadas por su modista de toda la vida. Discreta, con clase... Aurora a veces se cansa de su papel. Bien, no es exactamente un papel pero, a veces, principalmente en verano, le gustaría ponerse un vestido de flores sin mangas, como cuando era joven, y sentir el aire acariciando sus axilas. Pero ahora ya no tiene fuerzas de romper con nada. No quiere que las vecinas, las conocidas de toda la vida, murmuren a sus espaldas por un simple vestido.

Así que hoy, a finales de junio, con todo el calor que hace en la planicie donde está el pueblo, la señora Aurora sale a la calle con zapatos tipo salón de color negro, con bastante tacón; medias finas de verano; falda negra que llega más abajo de las rodillas y blusa blanca de lino, con el cuello camisero para mostrar el delicado collar de perlas que le regaló su marido, Dios lo tenga en su gloria.

Es una mujer alta, ni delgada ni gruesa, con un cuerpo de movimientos ágiles y sensuales que quedan anulados bajo su uniforme de viuda impecable.

Aurora entra en el Depósito. Es un edificio grande, una especie de almacén-cooperativa donde venden frutas, verduras y todas las cosas que pueden hacer falta a los payeses de los alrededores.

Corre el fresquito dentro del edificio viejo de techos altísimos. Huele a melocotones maduros, a plantel de tomateras tardías, a polvo y a humedad. Teresa, la encargada, repasa con la vista de arriba a abajo a Aurora. Siente envidia sana de esa elegancia, ese saber estar natural... Y dobla un poco su delantal para que no se vean las manchas acumuladas de toda la semana.

La saluda con un “Hola señora Aurora, ¿qué le pongo?” Y Aurora empieza a pedir fruta y verdura, un quilito de esto, un cuarto de lo otro...

No hay luces encendidas dentro del almacén, las ventas se hacen casi a la entrada, aprovechando la luz natural y hacia dentro la penumbra se vuelve espesa y gris. De la oscuridad del fondo sale un chaval alto, robusto, con un cuerpo de hombre que le revienta por todos los lados y una cara de niño que se resiste a la mutación natural que todos hemos de pasar. El chico lleva un mono azul y un saco de patatas cargado a la espalda. Teresa lo riñe “Manolito, te he dicho mil veces que los sacos de patatas los transportes en la carretilla” y el chaval contesta “mamá, estoy harto de que me llames Manolito, joder, que ya tengo dieciocho años”. Así que Teresa deduce que aquel niño que cada año ayudaba a su madre durante las vacaciones de verano se ha convertido en un jovencito con cuerpo de hombre.

En los cinco años que Aurora lleva viuda no se le ha pasado por la cabeza, al menos de manera consciente, el cuerpo de ningún hombre. Ni tan solo el del suyo, de hecho mucho menos el del suyo... En los últimos años, entre ella y Antonio, lo que había era una amistad profunda, nada más.

Por eso Aurora se sorprende de lo que siente, sólo ha pensado que ese chaval tenía un cuerpo fuerte, todo nuevo y a punto para vivir la vida de adulto. No es un pensamiento malo ni anormal, pero hacía tanto tiempo que Aurora no pensaba en esas cosas que se ha sonrojado. Ella tiene la piel muy blanca, los ojos negros como el carbón y el pelo rubio recogido en un moño discreto, cómo no. Ahora una ligera capa de sudor le cubre la piel sobre el labio superior y los ojos se le humedecen. Continua haciendo su pedido mientras mira al chico que saca las patatas del saco y va haciendo bolsas de un kilo. Recuerda que de pequeño era un niño muy guapo, el pelo rizado y rojo, la cara llena de pecas, los ojos verdes como el cristal de las botellas de cava cuando se rompe. Ahora esa cara aún está ahí pero es como si bajo la piel hirviera otra persona, un macho que quiere conquistar el terreno, que demanda ese cuerpo para él, porque ya le toca, porque es ley de vida...

Aurora está tan embobada con sus pensamientos que no se ha dado cuenta de que el chico la estaba mirando. Él ha admirado la piel fina de sus mejillas, el color rosa precioso que las mancha, el sudor que hace que le brille el cuello, las perlas nacaradas apretando levemente la piel, el nacimiento de los pechos, casi imperceptible... Y lo que le ha excitado: Los pezones de la señora Aurora que se han puesto duros con el fresco del local y que se perciben ligeramente bajo su blusa. A su temprana edad con poquita cosa tiene suficiente para excitarse y siente como la polla se mueve dentro de los calzoncillos. Ya ha acabado de poner las patatas y se va al fondo del almacén a buscar otro saco.

Fuera llega una furgoneta que se aparca en doble fila y que hace sonar el claxon. Teresa sale corriendo, es el suministrador de las olivas. Pega un chillido hacia dentro del edificio “Manolitoooo, acaba de despachar a la señora Aurora, por favor”.

No es normal que a la señora Aurora la dejen así colgada, sin acabar de atenderla, pero ella no se inmuta, aún le tiemblan las piernas por su reacción frente a aquel chavalote que conoce de toda la vida.

Y Manolito que no sale, así que la señora Aurora se adentra hacia el fondo del almacén. Pasa por delante de estanterías con comida preparada para perros y gatos, botes de herbicida, bolsas de pan seco para los cerdos... No ve a nadie. Cuanto más adentro más fresco se está y menos luz hay. Llega al final de un pasillo y se da cuenta de que por ahí no hay salida, ya está a punto de dar la vuelta cuando oye el jadeo de una respiración.

Fuerza un poco la vista y ve a Manolito sentado sobre un montón de sacos de patatas, lleva el mono bajado hasta las rodillas, está despatarrado y desnudo sobre los sacos, el cuerpo de hombre con piel de niño brillando de sudor, los pezones duros y pequeñitos, cuatro pelos en el pecho, cuatro granitos en la frente... La señora Aurora mira la cara del chico, él la mira también sorprendido, no parece que él quisiera exhibirse delante de ella, más bien ha sido casualidad, pero ahora él no recula, ni se viste ni dice nada. Continúa allí, desnudo como un dios y con una polla grande y dura. Su mano derecha sigue subiendo y bajando por su verga, parece que con independencia de lo que el chaval piense.

La señora Aurora no se había dado cuenta, “qué tonta” piensa ella. Un chaval masturbándose delante de ella, “la señora”... Tendría que retroceder, salir corriendo... Pero los dedos húmedos que suben y bajan por el tronco de ese pene a punto de explotar la hipnotizan. Él respira aceleradamente y, al ver que la mujer ni se asusta ni chilla, aumenta el ritmo de la mano. Cada vez que la mano baja hasta la base de la polla, la señora Aurora ve el glande oscuro y brillante, inflamado. Ella se mete una mano en el escote de la blusa, de dentro del sujetador se saca un pañuelito impregnado en agua de lavanda. Se lo pone delante de la boca. Manolito piensa que quizás es porque huele mal, quizás porque le da vergüenza, o ganas de vomitar, o quizás es que se va a poner a llorar...

Pero no, la señora Aurora, que tiene que mantener su papel hasta el final, ha sacado el pañuelo para ganar tiempo y poder seguir admirando unos segundos más a ese macho que estrena cuerpo, desde detrás del escudo de su pañuelo de viuda decente. Lo mira intensamente a los ojos, después los pezones, el ombligo, el pene que tiene una gotita de vidrio fundido en la punta... Hasta que oye a Teresa llamándola desde la entrada y la señora Aurora se da media vuelta y vuelve al mostrador y a la luz con paso rápido.



Episodio 2


Una mañana de sábado de principios de noviembre. Algunos hilos de blanca bruma flotan aún sobre los tejados del pueblo mientras las chimeneas humean. Huele a hierba marchita, a ramas desnudas, a leña quemada, a otoño.

La señora Aurora está en el gran patio de su casa barriendo hojas mientras refunfuña y piensa que habría que talar unos cuantos árboles. Hay demasiados, sobre todo frutales, que ensucian el suelo con sus frutos maduros, como pasa ahora con la higuera. Ella con la pala va recogiendo los higos caídos, hojas amarillas, tronquitos secos... Tiene una chica que algunos días a la semana la ayuda en las tareas de casa pero el patio es campo de trabajo exclusivo de Aurora y cuando llega el otoño siempre piensa que habría que talarlo todo, pero también es cierto que cuando llega la primavera se alegra de no haberlo hecho.

Hoy tendría que salir a comprar pero, al ir retrasada con todo lo que quiere hacer, ha hecho el pedido al Depósito por teléfono. Normalmente no lo hace pero es un servicio que el establecimiento ofrece gratuitamente y hoy lo ha aprovechado.

Llaman al timbre y Aurora va a abrir, cruza el patio y ve que ya le traen el pedido. Lo trae Manolito. No lo había visto más desde aquel día de finales de junio, en esa oscuridad húmeda y caliente del almacén...

El chaval le da los buenos días y le pregunta donde quiere que le deje las bolsas. Ella lo hace pasar y se dirigen a la cocina. El chico vuelve a llevar el mono azul de trabajo y Aurora se da cuenta de que el hombre que le hervía bajo la piel en junio ya ha ganado el territorio al niño, que no se ve por ningún lado, si acaso en los gestos tímidos y las miradas que van por el suelo.

Ella aún lleva la escoba en la mano y para romper el silencio le explica a Manolito que estaba barriendo el patio lleno de hojas, higos pasados, nueces... una porquería. Manolito le dice que a él le gustan mucho los higos y que si le deja coger unos cuantos si es que aún quedan en el árbol. Después de decir la frase el chaval se sonroja y Aurora no sabe si es por la osadía de pedirle una cosa a la señora o por el doble significado del nombre de ese fruto que parece ser que tanto gusta al chico. A ella le hace gracia y sonríe diciendo que puede coger los que quiera, que ella mientras acabará de barrer.

Vuelven a salir al patio, la higuera es muy grande, debe tener unos cincuenta años, hay ramas que pesan tanto que casi tocan el suelo. Manolito le dice que habría que podarla cuando se hayan caído todas las hojas. Ella dice que ya lo sabe pero que no hay ningún hombre en la casa y ella no tiene ni idea... El chaval trepa por el tronco, lleva una bolsa de plástico en la mano y empieza a recoger la fruta madura.

La señora Aurora lo observa, tan ágil, tan fuerte, con el pelo colorado y esos ojos de fuego verde... Desde arriba él baja la vista y también la ve a ella, parada, la escoba entre las manos, unas alpargatas negras, una bata como la que lleva su madre, con un estampado muy fino, eso sí, pero que no va con ella, que podría ir vestida como una chica. Desde arriba del árbol el joven puede verle el escote, el nacimiento de esos pechos que no ha olvidado desde junio… Se distrae, pone mal el pie y cae a los pies de Aurora. Ella chilla, él también.

Manolito queda sentado en el suelo, los higos todos reventados a su alrededor y algunos más que caen del árbol y manchan a los dos. Después él rompe a reír y ella, que se agacha para ver si se ha hecho daño, también ríe. Y Manolito le mira el cuello que ella tensa hacia atrás cuando ríe, los pechos que suben y bajan con la respiración, una pequeña salpicadura de pulpa de higo junto a los labios... Y el chaval no se lo piensa dos veces, estira el cuello y lame la salpicadura y después los labios, atrapando la sonrisa de ella, le mete la lengua en la boca, no encuentra la de ella que sorprendida se ha quedado paralizada.

Toda la mañana, el mundo entero, se paran en ese momento. Manolito sentado en el suelo, ella agachada a su lado, y la lengua de él, caliente, mojada, dulce, quemando, dentro de la boca de ella... Es un segundo, pero a los dos se les hace una eternidad.

Hasta que Aurora responde y el mundo vuelve a rodar, los pájaros cantan de nuevo, el viento agita las hojas y la señora Aurora acaricia esa lengua con la suya, la chupa y la suelta, para volverla a atrapar con los labios. Él la mira, ella cierra los ojos.

Manolito continúa sentado en el suelo, las piernas estiradas, las manos a ambos lados de su cuerpo, hacia atrás, para aguantar el tronco y el beso apasionado de ella. Aurora se pone sobre él, una pierna a cada lado de sus caderas, cara a cara. Las manos de ella, temblando de deseo, cálidas, suaves, imperiosas; le desabrochan los botones del mono, le destapan el pecho salpicado de pelitos anaranjados; más abajo buscan sin vergüenza, con ansia, la polla hinchada bajo los calzoncillos; la sacan y la guían entre las piernas de ella, apartando las bragas y metiéndola dentro entera.

Querrían ir más despacio. Manolito piensa que le gustaría desvestirla, verla toda desnuda, lamerla y chuparla durante horas. Ella piensa en tenerlo en su cama, desnudo y limpio, cerrados al mundo, sólo ella y él... Pero no pueden esperar, ella lo quiere dentro y él la quiere suya, ahora, tiene que ser ahora, ahora, ahora...

La señora Aurora tiene una polla dentro del coño después de más de diez años, se sorprende de lo mojado que está, de lo fácilmente que ha entrado y de cómo su cuerpo no ha olvidado lo que hay que hacer y las sensaciones están todas ahí, igual que antes... Empieza a moverse despacito, piensa que seguramente el chaval no ha estado nunca con una mujer, teme que se le corra enseguida y ella no quiere, quiere que dure...

Vuelven a besarse y la señora Aurora para los movimientos, primero una cosa, después la otra, los ojos negros y los verdes se encuentran, se sonríen, sus besos son sonoros, húmedos, resbaladizos por la saliva que les brota con la excitación. La polla de él se estremece dentro del coño de ella, Aurora lo nota. El elástico de las braguitas le está oprimiendo el clítoris y le da placer también. El chaval le dice “las tetas” y ella se desabrocha con una mano los botones superiores de la bata, se baja el sujetador y deja que los pechos blanquísimos acabados en pezones de un suave rosa se bamboleen delante de los ojos de él. Manolito acerca la boca, lame la piel que le sabe a lavanda, chupa los pezones que se le escapan una y otra vez entre los labios, muerde esa suavidad blanda y tersa a la vez...

Ella vuelve a moverse, tres o cuatro embestidas más hasta que le viene el orgasmo, después de tanto tiempo, de nuevo aquellas oleadas calientes, eléctricas, paralizantes, succionadoras de la fuerza y del aliento... Y Manolito chilla “joooodeeer” y toda su leche se derrama dentro de ella, mientras consigue levantar una mano y deshacerle el moño de un tirón, los dorados cabellos cayendo, desmoronándose lentamente hasta la cintura…



Episodio 3


Está oscureciendo y fuera de la casa la niebla comienza a aparecer como por arte de magia, hilitos blancos aquí y allá, jirones de un delicado vestido que alguien ha destrozado y esparcido caprichosamente. María observa el patio detrás del cristal de una gran ventana, siente cierta nostalgia de cuando vivía en la casa, de cuando era una niña... Ahora quien corre por el patio entre los árboles son sus dos hijos cuando de vez en cuando vienen a pasar el fin de semana a casa de la abuela. Maria gira la cabeza y mira amorosamente a su madre que hace ganchillo sentada en un balancín cerca del fuego medio apagado de la chimenea. Piensa con tristeza en su padre, que murió prematuramente y que dejó a su madre sola en una casa demasiado grande. Ella ya hace años que vive en la capital y ahora ya no puede (ni quiere) cambiar su vida, pero a veces, en tardes como ésta, se pregunta cómo sería vivir todos juntos en este pueblo tranquilo.

El salón está casi a oscuras, una pequeña lámpara cerca de la puerta de entrada ilumina de refilón a los niños que duermen en el sofá. Se han pasado la mañana saltando y corriendo por los campos y por toda la casa y después de comer han caído vencidos. El padre se ha quedado en Barcelona por cuestiones de trabajo y Maria le está enviando un correo desde el portátil con la fotografía del par de bichitos dormidos. También le ha hecho una foto a escondidas a su madre Aurora. Sentada de cara al fuego que se va consumiendo lentamente, la espalda a oscuras y la cara iluminada por el cálido resplandor de las brasas, sus manos moviéndose incansables, haciendo una cenefa que después quiere coser a una bolsa del pan, los cabellos dorados brillando apresados en el impecable moño, la piel blanquísima casi sin arrugas.

María sólo la ve de perfil, no le ve los ojos, parece que todo su cuerpo esté inmóvil excepto por la actividad casi febril de sus manos. Su madre lleva un vestido gris, sin ningún ornamento, manga larga, cuello de pico, no muy entallado, largo hasta media pierna, pero le queda perfecto. María piensa que debe ser uno de los que le hacen a medida, su modista de toda la vida. Los pies calzados en unas elegantes alpargatas negras de estar por casa. “Siempre impoluta, siempre correcta” piensa María mientras vuelve a mirar a su madre con admiración y se pregunta si la mujer no debe estar medio adormecida o si es la concentración del trabajo manual la que la tiene absorbida por completo.

Aurora mueve las manos mecánicamente, se podría decir que funcionan solas, mientras ella se dedica a pensar en sus cosas. Sabe que su hija la está observando desde hace rato. Y allí está su cuerpo de señora, tejiendo laboriosamente, las manos calientes del fuego, la paz de la habitación... Y dentro de ella sólo imágenes de Manolito, de sus ojos de hombre con mirada de niño, de su piel de macho con pecas de la infancia, de su polla que justo empieza el camino y que a ella le quita el sueño. Lo desea de nuevo, necesita tenerlo entre sus brazos y entre sus piernas. Hace rato que tiene la boca llena de saliva de pensar en sus labios, lo desea, como nunca ha deseado a nadie. Mientras las manos van haciendo y deshaciendo con el ganchillo...

Llaman al timbre. Son las seis de la tarde, ya empieza a oscurecer. María hace intención de ir a abrir pero su madre se levanta rápido y dice que ya va ella. Hay que salir fuera y cruzar el patio para abrir la puerta de la verja. Aurora se pone una chaquetita negra sobre las espaldas y sale. Hace frío, todos los árboles del patio ya han perdido por completo sus hojas y huele a agua estancada y naturaleza dormida. Aurora no ve quién es hasta que no abre la puerta.

Manolito. Trae una bolsa de patatas. Aurora lo interroga con la mirada, no recuerda haber hecho ningún pedido. Deseaba tanto volver a verlo que se ha quedado muda, sólo lo mira y sonríe y él, intensamente sonrojado, baja la mirada hacia el saco lleno de patatas. Aurora no sabe si es un error o si Manolito ha decidido por su cuenta volver a casa de ella y las patatas son una excusa. Reza en su interior para que sea la segunda opción. Sólo pensar en que él la desea y que se ha atrevido a ir a su casa para verla hace que los latidos de su corazón se le concentren en el coño.

Finalmente los dos consiguen hablar, saludarse, Aurora le dice rápidamente que su hija y nietos están en la casa y lo hace pasar para que descargue el saco. Cuando entran dentro de la casa Maria está en el sofá con sus dos hijos y Aurora hace bajar a Manolito al subterráneo, donde está la despensa. Ahí guarda las patatas extendidas sobre sacos para que no se pudran. Él deja el saco en el suelo con un resoplido y la mira intensamente a los ojos aunque eso le cuesta que sus mejillas vuelvan a explotar en claveles carmesí. Ella no sabe qué hacer, él ha dado un paso viniendo a su casa pero su hija está arriba, no pueden ir a más, con las ganas que tiene...

Piensa que la acción de Manolito se merece un premio, vuelve a subir las escaleras ágilmente y cierra la puerta, sin llave, pero de manera que si viene alguien oirán el ruido de la puerta al abrirse. Vuelve a bajar y camina hacia él. Pasos felinos, decididos, su cuerpo vibrando entero bajo el vestido gris de señora. Manolito ya tiene una dolorosa erección. Se ha masturbado dos veces antes de ir a la casa, para durar más que la otra vez pero no sabía que la señora Aurora tendría a la familia.

Ella se acerca, lo mira a los ojos anegados de excitación y, sin apartar la mirada, le empieza a desabrochar el cinturón y los pantalones, después se los baja junto con los calzoncillos. Él se muere de vergüenza pero parece que su polla no opina lo mismo porque luce orgullosa e inflada delante de la mirada decidida de Aurora. Ella se agacha y piensa que seguramente Manolito aún no ha recibido ninguna mamada. Así que acerca su boca muy despacito a aquel pene que la llama. Primero le da leves besitos en el glande y en todo el tronco, hasta rozar los pelitos del pubis con la nariz. Huele a macho, una mezcla entre olor de orina, esperma y piel caliente que ha estado sometida a la tiranía de los calzoncillos. Ella abre la boca, saca la lengua y la acerca poco a poco al glande. Manolito la mira desde arriba, teme que entre alguien, teme eyacular demasiado rápido, teme que se acabe...

Después de lamer toda la polla Aurora ya no puede esperar más a tenerla dentro de la boca. Por la manera en que todo el cuerpo del chico se ha estremecido mientras le daba lametones, la mujer piensa que sí, que nadie antes le ha comido la polla, así que intenta hacerlo con toda la suavidad del mundo, para que la sensación no sea insoportable, para no hacerle daño. No es fácil, la polla ha crecido, transformándose en un cilindro de piedra, casi no le cabe en la boca. Ella lo engulle lentamente, apartando los dientes, apresando el miembro entre el paladar y la lengua, no presiona, no se mueve, sólo la tiene allí dentro, puede sentir cómo la verga palpita y se mueve. Oye también los gemidos de Manolito que le pone las manos en la cabeza, una a cada lado del moño. Ella empieza a chupar, tiene sed, quiere que él sienta placer, lo quiere recompensar por haber sido tan valiente de venir a su casa, la boca adelante y atrás, sin dejar salir el pene del todo, hundiéndoselo hasta la garganta, sofocando las arcadas, poseyéndolo. Él hunde los dedos en los sedosos cabellos, aprieta las nalgas, se muerde los labios para no chillar, se corre dentro de esa boca suave y cálida que le está succionando la vida toda.

Aurora se recupera rápido, se pone en pie de nuevo, se limpia los labios con el dorso de la mano, se pasa las manos por la cabeza para asegurarse de que los cabellos están en su sitio, recoge la chaqueta que se le había caído de las espaldas. Él se sube los calzoncillos y los pantalones. Vuelven arriba rápidamente. Aurora lo acompaña a la puerta de la verja. Le dice: “Mañana mi hija ya se va. Si puedes, tráeme pasado mañana unas cuantas calabazas, querría hacer cabello de ángel”. Y él afirma con la cabeza y se va a paso rápido. La niebla lo engulle al cabo de pocos metros, envolviéndolo en una sábana de seda.

Aurora vuelve al salón. “Manolito, que ha traído un saco de patatas”, le dice a su hija que continua en el sofá con el portátil sobre las rodillas. Y los niños que se están despertando... La señora Aurora se sienta de nuevo en su balancín y vuelve al ganchillo. Las manos le tiemblan ligeramente, tiene la boca pastosa, siente las bragas mojadas, el aroma de él adherido a la piel de la cara. Piensa que le está quedando bastante bien esa cenefa para la bolsa del pan…



Episodio 4


Son las ocho de la mañana. Hace ya dos horas que Aurora se ha levantado, no podía dormir, solo podía pensar en él. Ha aprovechado para ordenar toda la casa y ha tenido la desagradable sensación de ser una araña preparando su tela. Pero el pensamiento ha durado poco, no tiene por qué sentirse culpable, no está haciendo nada malo, cree... Pero le da igual, sólo puede pensar en que lo quiere tener y sabe que él volverá a ella, al menos ahora, que aún no sabe bien lo que hace y que ninguna chica de su edad aún no lo ha pescado.

Ha sudado y todo de tan rápido como ha hecho todas las faenas, sólo son las ocho, se acaba de duchar y no sabe qué más hacer. Será larga la espera. El vendrá, seguro, pero Aurora no había pensado que hoy el chico tiene clase y que es posible que no pueda venir hasta la tarde.

Mientras pasa la toalla lentamente por la piel lechosa y húmeda, Aurora mira hacia fuera a través del cristal medio empañado de la ventana del baño, que está en la parte de atrás de la casa. En aquella zona los campos se extienden hasta perderse en el horizonte, algunos ya está labrados, color chocolate y de superficie irregular; otros aún conservan los rastrojos secos y amarillentos. Ningún árbol hasta donde llega la vista. Ninguna casa en ese lado. Un tractor lejano circula rápido por un camino de tierra y la niebla, que la pasada noche no se ha descolgado sobre el pueblo, parece a alcance de los dedos de cualquier persona que se ponga de puntillas. Ha helado y el suelo brilla bajo un blanco manto de cristales que el sol detrás de la neblina no consigue deshacer.

Aurora se pasa la suave toalla por los pechos. Una toalla que forma parte aún del ajuar de cuando se casó, hace casi cuarenta años, tiene bordadas las iniciales y un par de pequeñas mariposas. Las bordó ella, al igual que todas sus amigas en aquellos tiempos. Se hacían las mantelerías, las sábanas, las toallas, los paños de cocina, los peinadores, los camisones... Casi todo su tiempo libre lo dedicaban a esa faena que podía durar años, dependiendo de lo trabajadas que fueran las piezas.

Aurora mete la toalla entre sus piernas, abre bien los muslos, se seca con cuidado, percibe como la presión de su mano detrás de la toalla le separa los labios de la vagina, un estremecimiento le sube por toda la columna hasta deshacerse en su nuca. No lo entiende, no sabe de dónde viene esta sensualidad reencontrada. Por qué justo ahora su cuerpo se ha vuelto a despertar, cuando ella ya lo daba por dormido para siempre. No lo buscó, ella no sabia que podía volver a sentir de esa manera, pero aquel día en el Depósito fue como si su alma hubiera salido de un cuerpo para meterse en otro, con las mismas formas, todo igual por fuera, pero tan diferente por dentro... Tan de piel y fuego, tan de sangre y anhelo…

Ella ni tan siquiera recuerda qué había sentido cuando era joven, las primeras veces, en el despertar de los sentidos, pero cree que este segundo despertar está siendo mucho más intenso y tiene miedo. Miedo de perder el control y miedo de que igual que ha empezado se acabe, de golpe, sin saber por qué. Sabe que si todo termina no sufrirá, porque ya no tendrá hambre, pero es que ella no quiere perder estas ansias, esta agitación, quiere sufrir por tenerlo. Y no quiere a ninguno más que no sea Manolito.

La mañana se va deslizando lentamente entre el silencio de la casona y el murmullo sordo de la calle de delante. Las horas se deshacen perezosamente bajo el débil sol que ha conseguido salir y que penetra delicadamente por las ventanas, sorprendiendo a miles de partículas doradas de polvo que danzan delante de los negros ojos de Aurora. Ha hecho ganchillo, ha leído una revista, ha barrido el patio, ha preparado la comida, ha limpiado la cristalería del aparador... Ya no sabe qué más hacer y no se puede estar quieta.

De tanto esperar a oír el timbre, cuando éste suena, hacia las tres de la tarde, Aurora no sabe si se lo ha imaginado o es real. Se levanta sobresaltada, el ganchillo y la cenefa caen al suelo mientras ella aparta la cortina de la ventana e intenta ver si hay alguien en la puerta de la verja. Sale, camina despacio, se dice a sí misma “recuerda quien eres, piensa que alguien puede estar mirando, camina sin ansia, no tienes prisa, si es Manolito que vea que no corres por él”.

Parece una leona acechando a su víctima, concentrada en la caza. Su peinado inmaculado, una perlita en cada lóbulo, una blusita negra de manga larga, una falda gris de pata de gallo, medias negras, zapatos bajos de ante negros. Anda hacia la puerta, felina, como si tuviera todo el tiempo del mundo, con los movimientos precisos, ni más ni menos, sin ofrecerse, sin esconderse...

Manolito la está observando desde el otro lado de la valla. Sólo con verla avanzar ya se le ha puesto la polla dura. Él la “ve”, puede sentir a la hembra bajo aquella apariencia de señora mayor y de gran señora. Él lo sabe. Ella es una Mujer y lo devorará entero...

Aurora abre la puerta, le falta oxígeno, piensa que se va a ahogar y ese pensamiento tonto la hace sonreír delante del chaval y él se deshace bajo esa mirada penetrante y aquellos labios que ríen nerviosos.

"Tra-traigo las ca-calabazas", dice él.

"Joder", piensa Manolito, "a ver si se va a creer que soy tonto”.

"Pasa, pasa" dice ella, poniéndose a un lado para que pase el chico. Lo hace andar delante de ella, “ya conoces el camino”.

Una vez dentro de casa él deja las calabazas sobre una mesa del recibidor y después se encara con ella. Quizás ya sería hora de que hablasen, casi nunca se dicen nada... Aurora le dice “ven, te enseñaré una cosa” y él la sigue hacia el comedor. Asiste sorprendido a un rápido “striptease”. Ella se saca la blusa por la cabeza, la falda por los pies. Él observa el sujetador y las braguitas negros de blonda semitransparente, las medias con ligas. No es que ella se haya vestido especialmente para él, siempre ha llevado esta ropa interior, a veces en blanco, a veces en color crudo, pero siempre así. Ella se quita las bragas y su coño queda a la vista de Manolito.

Él está un poco sorprendido, había pensado que follarían salvajemente como aquel día bajo la higuera, pero parece que ella tiene otros planes. Aurora se tumba sobre la mesa de roble macizo, la misma que ha sido testigo de tantas comidas familiares y le dice “hoy me comerás tú a mí”. Abre las piernas, las medias negras hasta la mitad del muslo donde la carne blanca y suave se hunde por la presión de la goma, después el coño de rizos dorados y blancos. Manolito se acerca sin quitar la vista de esa raja que tiembla ligeramente y que brilla de humedad.

Ella, la espalda sobre la mesa, la mirada en el techo, los brazos a los costados, le dice “empieza muy despacio, primero las piernas, después los muslos, después...”.

Y él obedece, se muere de ganas. Acaricia la aterciopelada piel de los zapatos. Se los quita. Pasa sus manos por los pies de ella, con la punta de los dedos pellizca la lycra de las medias, llega hasta las rodillas, que calienta durante unos segundos con las palmas, se agacha, le besa una rótula, después la otra, percibe el olor del tejido caliente, de la crema hidratante. Muerde y estira la media, la deja caer de nuevo sobre la estremecida pierna. No aparta los labios ni para coger aire, deja atrás las rodillas y arrastra la boca, poco a poco, hasta llegar a la goma que está lacerando el blanco muslo, muerde otra vez, la liga, la carne… que tiembla bajo sus dientes.

La saliva le sale de la boca sin control, ha dejado un rastro de caracol en las medias y ahora saca la lengua un poquito para frotarla en esa suavidad de seda, hasta llegar donde los pelos empiezan a crecer. El aroma del coño abierto, expuesto, le llega a la nariz de golpe. Picante, animal, ácido, como nada que haya olido antes. El vello cosquillea su nariz, la lengua se enreda en los rizos, los dientes quieren morder de nuevo, mientras la cara se le va hundiendo en ese agujero caliente y mojado.

Manolito se pregunta si lo estará haciendo bien. Ha visto cincuenta mil escenas de este tipo en internet, actúa según ha visto y también por lo que le piden el cuerpo y ella.

Aurora tiene ahora los ojos cerrados, hace rato que aprieta la boca para no gemir, porque no quiere que el se embale, quiere que vaya despacio y piensa que sí, sí que lo está haciendo bien el muy hijo de puta...

Manolito pone una mano a cada lado del coño y tensa la piel, los pelos se separan y le ofrecen la visión de los labios internos, oscuros y temblorosos, el chaval piensa que parecen dos limacos unidos por la cabeza, pero la idea no le da asco, al contrario, la polla se le ha puesto aún más dura. Siente los calzoncillos empapados pegados al orificio del pene. Mira el agujero del coño de Aurora, sigue bajando hasta el inicio del agujero del culo, después sube, tensa un poco más la piel y ve el clítoris, un pequeño guisante medio escondido. Acerca de nuevo la cara, besa los pelos, los labios, el agujero, besa chupando y lamiendo, con cuidado y orden, no quiere dejar ni un solo rincón sin besuquear, sin mojarlo con su saliva.

Ella le pone las manos en la cabeza y lo empieza a guiar. “Méteme la lengua en el agujero, muévela rápido, chupa el clítoris con dulzura, despacito, lámelo, méteme los dedos, primero uno, después dos, ahora lame el clítoris de nuevo, más deprisa, no aprietes tanto, mójalo más...”

Aurora le da las instrucciones entre gemidos y pequeños gritos de placer que ahora ya no sofoca, siente la respiración caliente de él, cada vez más acelerada. No le quita las manos de la cabeza, lo mueve a un lado y a otro, hasta que ya no puede más, Manolito le lame el clítoris al ritmo perfecto...

Manolito la oye gemir, ella mueve las caderas y el culo, se frota con la cara de él, él lucha para que el clítoris no se le escape de entre los labios, la lengua ya le empieza a doler pero antes preferiría que se le cayera seca al suelo que retirarla de ese coño. Y las manos de ella que le presionan más la cabeza, la nariz hundida, la barbilla chorreante de los líquidos de ella...

Aurora grita, levanta las piernas, arquea la espalda, da un golpe a la mesa con la cabeza y cae deshecha sobre la superficie de madera, mientras Manolito le lame como un perro los líquidos que salen de la vagina. Piensa que tienen un sabor diferente de los que salían antes del orgasmo, más ásperos, le escuece la lengua, olor de mar, de aguas profundas. Levanta la cabeza y la mira, tiene la cara pringosa y se ha corrido en los pantalones. Sonríe.

La señora Aurora se pasa la mano por el moño y comprueba que no se le ha movido ni un pelo. Mira al chaval de pie entre sus piernas. “¿Ya has comido?”, le pregunta con una sonrisa sincera de madraza preocupada...
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Antiguo 14-nov-2017, 13:43   #22
nose
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Qué maravilla. Qué sensualidad. Cuánto erotismo. Cuánto deseo... Increíble
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Antiguo 15-nov-2017, 09:48   #23
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Qué maravilla. Qué sensualidad. Cuánto erotismo. Cuánto deseo... Increíble
Muchas gracias por tu comentario tan entusiasta . Ya he visto que no te prodigas mucho, por eso mismo, doble agradecimiento.
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Antiguo 16-nov-2017, 08:47   #24
escrota
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sencillamente delicioso, no se puede pedir más, además lo bueno que tienes es que no solo te superas sino que siempre nos sorprendes, decir que escribes bien es una obviedad pero lo que más me maravilla es la forma que tienes de armar el relato, con pequeños detalles que crean una atmósfera tan sensual como sexual, me excitas solo con saber que has escrito un nuevo relato y que voy a poder deleitarme con él, no quiero ni imaginar lo que sería además deleitarnos juntos,

besitos,
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Antiguo 16-nov-2017, 09:01   #25
elefant
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sencillamente delicioso, no se puede pedir más, además lo bueno que tienes es que no solo te superas sino que siempre nos sorprendes, decir que escribes bien es una obviedad pero lo que más me maravilla es la forma que tienes de armar el relato, con pequeños detalles que crean una atmósfera tan sensual como sexual, me excitas solo con saber que has escrito un nuevo relato y que voy a poder deleitarme con él, no quiero ni imaginar lo que sería además deleitarnos juntos,

besitos,
Esos pequeños detalles que comentas son absolutamente necesarios. Si quiero que mi texto transmita algo, no me puedo limitar a la mecánica del sexo. Necesito los detalles, las situaciones, la vida entera de los personajes para que un encuentro entre ellos pueda llegaros en toda su dimensión.
"Deleitarnos juntos". Dicen que la realidad supera siempre la ficción, pero te diré que en este caso lo que prometen mis relatos es mejor que la realidad .
¡Gracias!
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