Antiguo 09-ene-2018, 13:03   #1
Hotwriter
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Predeterminado Una pareja de tres

Este es el relato ligeramente -muy ligeramente- ficcionado de una magnífica experiencia que viví años atrás con mi chica y nuestra mejor amiga, que terminó derivando en una convivencia entre los tres durante más de un año. Lo mejor, claro, fue el sexo.

Una pareja de tres

Nadie se hubiese atrevido a imaginar que aquella aburrida tarde de un sábado cualquiera de primavera acabaría conmigo haciéndome una paja en el sillón, mientras frente a mí, mi chica y su mejor amiga se lo montaban en nuestro sofá.

En realidad, nadie hubiese sido capaz de adivinar cómo habrían de cambiar nuestras vidas –y nuestras experiencias sexuales- en los meses que siguieron a aquella tarde aburrida.

Llamaremos a mi chica Eme y a nuestra amiga, Jota. Eme es abogada y conoció a Jota hace algo más de un año durante un curso de fotografía. Jota era –y sigue siendo- una chica bohemia: pintora, escritora, profesora de ambas materias en varias escuelas; y se declaraba bollera convencida tras haber tenido varias parejas masculinas que no terminaron de convencerla. Así que la bisexualidad no era una opción.

Los tres rondábamos los 30 años y éramos muy sexuales, hacía falta poco para que comenzáramos a bromear con dobles sentidos e indirectas. Además, como ellas dos se convirtieron rápidamente en buenas amigas, en ocasiones les gustaba provocarme reconociendo que Eme compartía con Jota algunas de nuestras intimidades. Lejos de molestarme, debo admitir que me excitaba que hablaran sobre nuestra vida sexual, y que a Jota le resultara divertido preguntar por el tamaño, forma o rendimiento de mis recursos sexuales.

Así que no fue nada raro lo que, a priori, ocurrió aquella tarde. Acabábamos de comer. Eme y yo en nuestro sofá, manta sobre nuestras piernas, peli en el dvd y ordenador portátil en el regazo de ella para poder charlar con Jota. Ella estaba en su casa, también con la tele puesta aunque no atendía demasiado a lo que ponían; estaba hablando con Eme. Charlaban no recuerdo de qué, hasta que llegado un momento empezamos con bromas afiladas: que si yo iba a enfadarme porque Jota me robaba la atención de Eme, que si ellas se podían entretener por su cuenta sin mí, que si yo era demasiado viejuno para entender a dos amigas que saben divertirse juntas… Yo fingía ofenderme con aquello de una forma tan poco convincente que ambas se estaban partiendo de risa. Hasta que de pronto, la conversación fue derivando a un tono más del tipo: “¿A que no te atreves a…?”

Conclusión de aquella charla en constante crescendo de tono: Eme y yo invitamos a Jota a venirse a cenar a casa. Había que comprobar si en persona seguíamos poniéndonos todos tan gallitos…
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vross
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no pares.. sigue contando.. que promete
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Antiguo 09-ene-2018, 20:00   #3
lucerodelalba
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interesantísimo!!
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Antiguo 10-ene-2018, 21:08   #4
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II

Había empezado a llover a media tarde, justo cuando Eme y yo volvimos de comprar algunas cosas para preparar la cena. Trabajamos en ella como si fuese una cena más. Como si la llegada de Jota en breves momentos no supusiese el excitante y misterioso presagio de un inminente futuro cargado de intransitadas experiencias. O no, claro. Porque, ¿pensaban ellas igual que yo? ¿Habíamos sentido los tres que aquella conversación por chat había puesto de manifiesto mucho más de lo que habíamos escrito con nuestras palabras? Hay que tener en cuenta que yo era el chico en aquel grupo, y los tíos, ya se sabe… Total, que en lugar de crecerme y creerme el rey del mambo me sobrevino la inquietud de haberme pasado con mis húmedas fantasías a lo Nacho Vidal.

Mi cabeza es peligrosa cuando se dispara. Por suerte, la realidad vino a rescatarme en forma de timbrazo en el telefonillo. Era Jota. Es Jota, le dije a Eme. Pues ábrele, ¿no?, respondió mi chica mirándome como a un niño que ha formulado una pregunta tonta. Claro, dije, claro. ¡Te abro, Jota! Y abrí.

Los prolegómenos habituales no fueron nada habituales. Aunque se dijeron las palabras esperadas -¿Qué tal? ¡Cómo llueve! ¿Puedo ayudaros? ¿Quieres algo de beber?...-, cada mirada esquiva, cada sonrisa circunspecta, y sobre todo cada roce fingidamente accidental, iban tejiendo otra conversación bien distinta; una diálogo entre nuestros cuerpos, tímido aún, apenas tanteando la gramática.

Nos sentamos a cenar y luego a ver una película. Las dos se quejaron del frío, así que las invité a compartir el sofá y la manta mientras yo me sentaba en el sillón a un lado. En realidad, a tenor de la conversación durante la cena, donde prosiguieron las indirectas y dobles sentidos, tuve de pronto la idea de mantenerme al margen, de convertirme en un prudente espectador. Pensé que si no actuaba como macho alfa les daría más seguridad y libertad para experimentar. Ocurriese lo que ocurriese, ya iba a ser la leche, así que…

Pon alguna película de las que a ti te gustan, dijo Eme. Sí, alguna de esas de vaqueros en blanco y negro, si nosotras igual ni la vemos, bromeo Jota. Claro, ¿no ves que nos podemos divertir sin ti?, remató mi chica. Yo mantuve el juego del ofendido y escogí al azar un western de mi videoteca. ¡Para indios estaba yo! Puse la película y se hizo el silencio en el salón. Por poco tiempo. Primero empezaron los sonidos del televisor. Después, las risas de las chicas. Como he dicho, yo estaba sentado en un sillón ubicado a un lado del sofá, un poco adelantado y ligeramente inclinado hacia el televisor; veía a las chicas de reojo.

Hace frío, ¿no?, ronroneó Jota bajo la manta. Las dos estaban sentadas con las piernas dobladas a un lado sobre el sofá.

Claro, es que como él es tan caluroso, solo me deja tener esta manta tan fina, bromeó Eme.

Chicas, ¿vemos la película o no? Si tenéis frío, daos calor entre vosotras y listo.

No sé de dónde saqué el valor para decir aquello, pero me arrepentí al instante. Incapaz de girar la cabeza, de mover un solo músculo, forcé mis ojos hasta casi arrancarlos de sus cuencas para ver la reacción de mi chica y nuestra amiga. Pero lejos de enfadarse o ridiculizar el comentario, me miraron y después cruzaron sus ojos, sonrieron pícaramente y se encogieron de hombros. En un movimiento coordinado, apoyaron las manos en el sofá para juntar sus cuerpos. Un movimiento solo, limpio y rápido. Sus nalgas dieron una contra la otra. Y tras una mirada de consulta y otra de aceptación, Jota pasó su brazo por encima de los hombros de mi chica para abrazarla.

Así nos tienes, dijo nuestra amiga: que nos tenemos que apañar entre nosotras.

A mí dejadme de líos, respondí haciéndome el rancio. Yo estoy con mi película, si queréis jugar, allá vosotras.

Buff, aún recuerdo aquella mirada y me tiembla la espina dorsal. La mirada que vi de soslayo de mi chica al escuchar aquellas palabras. Una mirada que mezclaba sorpresa, excitación, diversión y algo de miedo. Creo que ella siempre albergó deseos ocultos de estar con una chica, como tantos hombres y mujeres que, tristemente, jamás lo admiten ni realizan, y de pronto recibía carta blanca. Quizás. O quizás eran imaginaciones mías. Lo único importante es que Jota, más versada en aquellas situaciones, respondió a mi desafío con un: Ah, sí, ¿no?

Las dos se acercaron. Más aún. Tenían ambas un brazo tras los hombros de la otra, mientras las manos libres jugueteaban en el regazo cubierto por la manta. Cuchicheaban mientras me miraban, como si yo fuera la carabina vigilante de una cita clandestina. Por mi parte, excuso decir, que a esas alturas, ni películas, ni indios, ni vaqueros. El cuerpo me temblaba como a un adolescente antes su primer contacto sexual, quizás porque, de algún modo, yo intuía, más bien deseaba –rogaba a los cielos- este fuera mi primer contacto a tres.

Yo trataba de no girar la cabeza, no desviar los ojos de la pantalla, aunque no tenía ni puta idea de lo que aparecía en ella. Sólo atisbaba los movimientos a mi lado entre mi chica y nuestra amiga. Sonrisas, risitas, caricias, cabeceos… Se cogierons las manos mientras se miraban, se acariciaban las manos, los brazos, las caras… y me miraban. Cada paso a más que iban me lanzaban sus ojos en busca de una sonora reprimenda o una silenciosa aceptación. Hasta que llegaron las caricias en las caras, con las mejillas inflamándose como flores en primavera. Casi podía sentir en mi entrepierna sus clítoris temblorosos y sus vaginas humedeciéndose. En la pantalla gritaban los indios y disparaban los vaqueros, pero en mi salón solo se escuchaban suspiros, anhelando convertirse en jadeos.

Y entonces, llegaron los besos.

No llegué a ver quién besaba a quién en primer lugar, pero se besaron. Eme y Jota. Mi chica y nuestra mejor amiga. Mientras yo estaba sentado al lado viendo la tele. Una película de vaqueros. Se besaron. Se besaban. Y buscaban en mi mirada la aprobación para seguir haciéndolo. Besos en las mejillas, en los labios, en la barbilla, en el cuello… Besos más allá de los labios, con la punta de sus lenguas en el interior de sus bocas, en lo más recóndito de sus gargantas, en las hendiduras perdidas de sus clavículas.

No hacía frío de pronto en aquel salón, sino mucho calor. Los ventanales estaban empañados, y aunque yo no lo sentía, debía estar ardiendo por dentro, porque mi polla no dejaba de pedir auxilio golpeando mi pantalón queriendo salir.

¡Uffff! Hace mucho calor aquí, ¿no? Exclamo Jota, el rostro enrojecido, al tiempo que se quitaba el grueso jersey de lana que llevaba. Se quedó en camiseta, que aún el marcaba más los tremendos pechos que tenía (Eme los tiene pequeños, deliciosos, pero bastante pequeños).

Es que hace mucho calor, respondí, aún sin mirarme: Poneos cómodas, que pasando calor vienen luego las gripes.

¿Seguro?, preguntó Eme, volviéndose para buscarme.

Ya te digo, sentencié. Es que vais muy abrigadas.

Lo suyo fue trabajo en equipo. Entre las caricias y los besos que volvieron a experimentar, fueron ayudándose mutuamente a quedar desnudas de cintura para arriba. ¡Jota tenía unas tetas increíbles! Demasiado grandes para los cánones actuales, algo colgonas, pero a mí me daban muchísimo morbo, y el hecho de estar combinadas con las pequeñitas de Eme hacia al conjunto aún más irresistible. Con todo, yo aguantaba, estoico, mirando la televisión. Y mi mente seguía repitiendo la misma letanía: Que cojan confianza, que cojan confianza, que cojan confianza, que cojan…

¡Joder si la cogían! Poco a poco, caricia a caricia, empezaron a enrollarse como si del aire de una dependiese la vida de la otra, y como si en los pechos opuestos se almacenase el exquisito alimento para seguir avivando sus soñolientas vidas. Escuchaba chasquear sus lenguas, la saliva en sus pezones, el chasquear de las manos contra las caderas y espaldas… ¡Me estaba poniendo cardiaco!

A estas alturas era ya bien avanzada la noche, una o dos de la madrugada, y a lo largo del relato narrado yo había ido a visitar el mueble bar para ponerme varias rondas heladas de whisky solo. ¿Cómo si no aguantar aquello? Llegados a aquel punto, entre el alcohol y la adrenalina dopándome como un camello oportunista a un rockero en ciernes, no tenía del todo claro de si lo que estaba viviendo era muy real o no. ¡Pero me encantaba! Y estaba ansioso por participar. Pero aun tenía un absurdo prejuicio, probablemente machista, de que si entraba en el juego podría “espantar” a nuestra amiga. Así que lo que se me ocurrió fue proponer:

Chicas, que no me dejáis ver la peli. ¿Por qué no os vais al dormitorio y allí charláis tranquilas de vuestras cosas?

Ellas dejaron súbitamente de sobarse como lo estaban haciendo (porque no hay poesía que esconda eso: se estaban sobando de… ufff… mala manera). Me miraron sorprendidas y luego se volvieron hacia mí. ¿Estás… estás seguro?, me preguntó mi chica.
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Última edición por Hotwriter fecha: 10-ene-2018 a las 21:15.
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Antiguo 11-ene-2018, 16:48   #5
CHARON
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Interesante y muy bien relatado... thumbs up be erchug
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Antiguo 11-ene-2018, 17:15   #6
Azul Oscuro
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Verosímil, morboso, bien redactado y con estilo. Ya tienes un lector atento.
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Antiguo 12-ene-2018, 19:46   #7
Hotwriter
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III

Un halo de misterio intangible envolvió aquella noche ya perdida en el tiempo pero rescatada por mi memoria cada fría noche del olvido. Mis dos chicas, mi pareja y mi mejor amiga, se levantaron despacio del sofá para marcharse a nuestro sacrosanto dormitorio conyugal. Hoy, al paso de los años, recuerdo sus movimientos, apenas bañados por la voz centelleante de la pantalla de televisión, como un seductor juego estroboscópico: sus pies descalzos, sus vaqueros desabrochados, sus torsos desnudos, sus pechos libres, sus cabellos desbordándose con erótica provocación sobre sus hombros descubiertos… Y aquellos rostros enrojecidos a un noventa por ciento de excitación y un diez por ciento de pudor.

Y sus miradas buscando mi reacción.

¡Marchaos, marchaos! A ver si me dejáis ver la película tranquilo.

Y mi polla inhiesta palpitando bajo mi pantalón clamando libertad.

Pero no. Mientras las veía marchar, mi chica de la mano de Jota aún clavada a mí con una mirada de entrañable culpabilidad, me repetía que debía dejarles delantera. Si se sentían cómodas, si yo jugaba a ser el cómplice, habría muchas más posibilidades de que todo funcionase, y de que la diversión fuese aún mayor.

¿Qué sucedió entonces?

La mayor explosión de erotismo que jamás he vivido.

Sentado en mi sillón barato de Ikea, con un whisky en la mano cuyo hielo ya había derretido el calor de mi mano palpitante tiempo atrás, tenía los ojos clavados en una pantalla de televisión en la que se sucedían las imágenes en blanco y negro de un clásico del cine que hoy no alcanzo a recordar, porque tampoco entonces era capaz de atisbar. Todos mis sentidos, toda mi perspicacia, todo mi ser, estaban concentrados en lo que ocurría al final del pasillo, apenas seis metros a mi espalda, en nuestro dormitorio. Donde mi chica, mi mujer, siete años de novios y ocho meses de católico matrimonio, se lo estaba montando con nuestra mejor amiga. Como si en un superhéroe me hubiese convertido, parecía que me llegaban aumentados cada roce de sábana, cada tacto de piel, cada pellizco, cada beso, cada lamentón, cada jadeo…

La película proseguía. Llovía en la calle. Era de noche en mi ciudad. Y de día en alguna otra parte de mundo... Algo de todo ello me parece recordar, porque en realidad yo era ajeno a cuanto ocurría a mi alrededor, más allá de lo que estaba aconteciendo en aquel dormitorio, que yo era capaz de ver sin mirar, que yo olía sin estar cerca, y que escuchaba con precisión sin apenas poder oírlo.

De pronto, Eme apareció en el salón, desnuda, temblorosa, revuelto su pelo y al rojo su piel.

Vente, ¿no?, me dijo.

No, tranquila. Estad vosotras tranquilas, luego voy yo.

¿Estás seguro?

Seguro. Y la besé. Disfrutad, le susurré al oído, y el calor de su mejilla casi abrasó la mía.

Te quiero, me respondió. Vente, me dijo con la mirada mientras se alejaba.

¿Qué película sería la que estaban echando? En fin, da igual. Yo volví a clavar mis ojos en la pantalla mientras Eme volvía a la cama con Jota. Y entonces comenzó un recital de aspiraciones, gruñidos, súplicas, jadeos y lamentos como nunca creo haber escuchado. Y la humedad. El sonido de la piel mojada puede resultar tan demoledor como atronador el del silencio. Y aquella noche hubo mucha piel mojada en nuestro dormitorio. ¡Joder si la hubo!

Pero es curioso: yo no estaba cachondo. Estaba muy -repito: muy- nervioso, y excitado, pero venía resultando todo tan suave, tan cariñoso, que más que una situación salvaje en plan Nacho Vidal parecía una escena musicada por un saxo de jazz (¡Kenny G, fuera de mi historia, no me jodas!). Quería tanto a las dos chicas y tenía tantas esperanzas en que consiguiéramos algo especial, que estaba más interesado en ver cómo evolucionaba todo que en ver a dos tías comiéndomela. Para qué engañarnos, a aquellas horas de la madrugada, con la mezcla de alcohol y nervios, a saber qué carajo pensaba yo en realidad.

Pero de pronto me espabiló una tormenta del este, un maremoto indómito, cuando Jota, nuestra buena amiga, apareció en el salón desnuda, con sus jugosas caderas, sus pechos contoneantes y su abundante aunque cuidado vello púbico.

Anda, ¿por qué no te vienes? Que Eme no se siente bien.

No seáis tontas. Divertíos vosotras y ya iré yo.

Ella me miró, sonrió, creo que con gratitud por el gesto, y se inclinó hasta colocar su manos sobre mi entrepierna. No me cogió el paquete, ojo, ¿se entiende la diferencia? Solo la colocó encima.

A mí no me importa que te vengas, dijo.

Ya lo sé, respondí. Quizás más tarde. Ahora, pasadlo bien vosotras.

Y entonces ella se inclinó para besarme en la boca.

Tenía una boca pequeña, y unos labios suaves y cálidos, más carnosos que los de Eme, y algo más jugosos. Aún me excito al recordarlos.

Te esperamos, se despidió.

Y yo me precipité en el espectáculo de su culo mientras se alejaba.

¿Qué hora sería? ¿Las cinco de la mañana? La tercera película de la noche concluyó, y mis párpados ya no podían más.

Los sonidos habían cesado a mi espalda, en el dormitorio. Así que apague la tele y las luces y me fui a la cama.

La persiana levantada permitía a la luna iluminar los cuerpos desnudos entrelazados, y apenas tapados torpemente por la sábana. Estaban dormidas. Parecía. Mi mujer y mi mejor amiga. Dos cuerpos tan diferentes. Sus bocas, sus cabellos, sus pechos, sus culos, sus vientres… Estaban juntas en un lado, así que me fui al otro, me desnudé por completo y me tumbé despacio.

Me volví hacia ellas y las observé.

Aquellos cuerpos, el hecho de que estuviesen juntos aquellos dos cuerpos, comenzó a excitarme realmente por primera vez. Y comencé a masturbarme.

No dormían, claro. Y abrieron sus ojos. Y me observaron. Yo no las miré directamente, sentía cierto pudor, así que seguí haciéndome aquella paja. Y ellas quisieron colaborar. Poco a poco, Jota comenzó a colocarse encima de Eme hasta colocar sus grandes pechos sobre los pequeños de mi chica. Y empezaron a frotar sus pezones, suavemente, conscientes de que aquella noche reservaba para nosotros todo el tiempo de mundo. Lanzaron sus lenguas, como balizas de salvamento, hasta rescatarse mutuamente, punta con punta. Y no dejaban de mirarme. La polla me quemaba entre las manos. Entonces Jota comenzó a masajear los pechos de Eme mientras se iba deslizando, despacio, entre sus piernas, hasta enterrar su cara más allá de donde yo podía verla. Apenas arqueó Eme su espalda un par de veces ante los sabios juegos lingüísticos de Jota en su sexo, me corrí sin remedio, salpicando el brazo de mi amiga, el vientre de mi mujer y mojando las sábanas.

Lo siento, chicas, susurré.

Jota regresó de las profundidades de Eme y ronroneó: Mmmm… ya era hora.

Eme se inclinó y me besó. Y se volvió luego hacia Jota. Ambas sonrieron con complicidad. Jota vino entonces y me besó. Y fue genial sentir en su boca el sabor del coño de Eme.

¿Quieres que terminemos de jugar nosotras?, me susurró.

Por favor, me encantaría verlo, respondí.

Así que me eché en mi sitio, acomodándome, aún con la polla húmeda, expectante a ver cómo se hacían disfrutar mutuamente mi mujer y nuestra mejor amiga.

Me sonreí y me dije que por una vez había estado acertado. Haberles dado tiempo a ellas podía haber sido una buena decisión. A saber qué podía depararnos el día siguiente…
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IV


Aún hoy me pregunto cómo pudimos dormir ninguno de nosotros. Y sin embargo, qué bien lo hicimos. Aventurarnos a romper algunos de los tabúes sociales más firmemente establecidos y actuar tal y como lo sentíamos y deseábamos nos proporcionó una agradable y sorprendente tranquilidad. Aquella noches dormimos como bebés: apacibles, limpios y desnudos.

Cuando desperté habían dado ya las doce y media de la mañana, nada extraño si tenemos en cuenta que no decidimos doblegarnos al sueño hasta poco antes de amanecer. Junto a mí, mi mujer desnuda me cubría con su brazo. Junto a ella, nuestra mejor amiga estaba abrazada a su cintura. La luz que se colaba por la persiana me permitía admirar sus cuerpos desnudos. Aún me sentía como en la mejor y más inalcanzable de mis fantasías. Aquellas pieles suaves que olían a sexo y a deseo, aquellas cinturas perfectas para servir de asidero para disfrutar y hacer disfrutar a esos culos tan redondos, tan perfectos, tan deliciosos que casi podía paladearlos. Y sus pechos. Lo admito, soy un fetichista de los pechos de mujer, y me volvían locos tanto los menudos de pezones dulces de Eme como los desbordados de Jota, que anhelaba catar.

Me levanté con cuidado y me vestí. Conseguí que no se despertaran. Pensé en acercarme al supermercado para comprar algo rico y reparador que pudiese prepararles para comer.

Tardé algo más de veinte minutos en regresar. Entre los pasillos del supermercado, de la fruta a la carne, mi corazón latía acelerado deseando estar de vuelta cuanto antes, temeroso tal vez que el sueño se hubiese esfumado. Cuando mi mirada se cruzaba con la de otra gente, sentía a veces brotes de pudor, como si pudiesen leer en mi cara el indecoroso acto que estaba teniendo lugar en nuestra casa. Claro que las más de las veces se me escapaba una sonrisa y pensaba “sí, mazado de gimnasio, mírame mal, me da igual; tengo prisa por volver a casa para montármelo con dos mujeres impresionantes”.

Al volver abrí con cuidado la puerta de casa. Puestos a tener sueños eróticos, ¿por qué no desear pillarlas in fraganti? Y a veces, los deseos se cumplen. Dejé las bolsas en la entrada, muy despacio, y me descalcé. Lo hice después de escuchar ruidos que provenían del dormitorio, al final del apartamento. Me acerqué suavemente, arrastrando los pies, no tanto para que no me escucharan como por retrasar mi llegada y poder disfrutar de los sutiles jadeos, chasquidos de lengua, suspiros y roces de sábanas que provenían del sacrosanto lecho conyugal.

Al alcanzar la puerta, me detuve allí, aprovechando la ventaja que por unos segundos me proporcionaría la oscuridad que aún reinaba en la habitación. Jota estaba tendida bocarriba, las piernas estiradas en una tensión que parecía petrificarla desde el cuello hasta los dedos de los pies.

Rodeaba su grandes pechos con las manos. Los acariciaba. Los aplastaba. Pellizcaba sus pezones. Hacía todo eso mientras Eme, mi chica, mi apacible esposa, enterraba la boca entre el abundante -aunque cuidado- vello público de su sexo. A juzgar por la reacción de nuestra amiga, estaba siendo una comida de coño de las de ponerse en pie para aplaudir. Por un momento Eme se separo del cuelo para coger aire, parecía algo asfixiada, pero las manos de Jota corrieron raudas a empujar su cabeza de nuevo al trabajo, con la urgencia de quien muere sin el placer ya conocido. “¡Cómeme el coño, joder!”, fue lo que alcanzó a rogar antes de que, al abrir los ojos, se sobresaltase al verme bajo el dintel de la puerta.

¡Eh!, ¿qué haces ahí?, exclamó Jota con una expresión de sorpresa que no tardó en mutar a sonrisa traviesa.

Eme sacó entonces la cabeza de entre sus piernas y se volvió con una mirada de culpabilidad.

Ay, perdona, es que no estabas y entonces... nosotras... es que...

¡No, si a mí me encanta! -exclamé.

¿Te encanta? -repitió Eme.

Se volvió hacia Jota y ambas mantuvieron una conversación con sus miradas y sus sonrisas que creo que ya habían iniciado durante su ausencia.

Anda, ¿por qué no te desnudas y nos acompañas?, sugirió Jota tratando de normalizar una propuesta capaz de derretir los polos.

Así lo hice, me desnudé delante de dos chicas desnudas que me observaban con más curiosidad antropológica que erótica, y aquello, junto a la excitante novedad de la situación, hizo que mi virilidad dejara mucho que desear.

Eme, yo creo que habrá que trabajar un por “eso”, ¿no?, bromeó jota señalándome entre las piernas.

Algo podremos hacer, respondió Eme, recuperada ya del incómodo sobresalto inicial. Entre las dos me ayudaron a tenderme en la cama. Jota se echó a mi lado, dispuesta a ser, aparentemente, mera observadora, y Eme se colocó sobre mí. Dejó caer su cuerpo sobre el mío y me beso. Suave al principio, y más apasionadamente a continuación. Mientras, Jota nos observaba. Hasta que de pronto, lo dijo.

¿Puedo probar?

Nuevo intercambio de miradas entre ellas, nuevas sonrisas.

Eme entonces comenzó a bajar mi cuerpo mientras Jota se aproximaba. Y al tiempo que la segunda colocaba sus labios sobre los míos, la primera colocaba los suyos sobre mi polla, a estas alturas, en cuestión de segundos, firme como un soldado de guardia.

Mi chica empezó a hacerme una mamada tan tierna y suave como el beso que intercambiaba con nuestra amiga. Tenía unos labios gruesos y húmedos, diferentes a los más finos de Eme; ni mejores ni peores, solo diferentes. Y una lengua muy cálida. Entonces me armé de valor y comencé a acariciarla. Primero la cara, los hombros a continuación, hasta que no pude aguantar más y me fui a sus tetas. La polla se me puso tan dura que casi la sentía reventar, y hasta mi chica se percató de ello, que se la sacó de la boca para mirarnos.

¿Qué le estás haciendo, que la tiene como una piedra?, bromeo.

¡Nada! Es él, que me está metiendo mano, respondió Jota, inocente.

El pobre ha ido a hacernos la compra y a lo mejor no ha ni desayunado…, sugirió maliciosa mi mujer.

Entonces, mientras ella volvía a comerme la polla, nuestra amiga, con movimientos muy lentos y cuidadosos, se incorporó hasta poder sentarse a horcajadas sobre mi estómago. Se inclinó hacia delante, y el mundo desapareció para mí más allá de aquellos dos grandes aureolas sonrosadas y los enormes pechos que las sustentabas.

¿Por qué no me comes un poco las tetas?, me propuse.

Y aún creo saborearlas en mi boca.

Dada la situación y las suaves y cálidas caricias de la húmeda boca de mi chica, que me acariciaba el culo y masajeaba mis huevos mientras me la comía, no tardé en llegar al límite de mi resistencia.

¡Creo que no aguanto mucho más!, alerté.

Espera, me gustaría verlo, dijo Jota.

Así que se descabalgó de mí y volvió a echarse a un lado, apoyando la cabeza sobre su brazo doblado, como quien se acomoda para ver una serie en la tele.

Eme siguió chupando suavemente, con una mano agarrándome la polla y la otra agarrándome los huevos. Y no tuve que alertar, eran ya demasiados años juntos: en cuanto notó las vibraciones de mi rabo, se lo sacó de la boca y lo siguió pajeando a ritmo suave, hasta que me corrí, abundantemente debo decir, alcanzando mi vientre, mi pecho y la sábana casi hasta llegar a los pechos de Eme.

Nuestra amiga ronroneó como una gata recién cenada y alargó la mano para acariciarme el pecho. Nos miramos todos con picardía. Jota bajó entonces la mano y le pidió permiso en silencio a Eme para agarrarme la polla moribunda. Se mojó bien la mano del semen chorreante y la masajeó dejándola caer.

Tendré que probar yo un poco esto si me dejáis, ¿no?, dije, y los tres rompimos a reír.

Y vaya si lo probaría…
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